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Home ARTÍCULOPor qué me fui de Cuba y tardé seis años en entender que seguía siendo cubano.

Por qué me fui de Cuba y tardé seis años en entender que seguía siendo cubano.

May 25, 2026• byadministrador

Volver a casa: un país sentimental.
Por Justo Triana


I

Hace poco se cumplían ya seis años de mi llegada a los Estados Unidos. Y se cumplían, también, tres o cuatro años de una discusión de sobremesa con mi padre sobre mi identidad. “Eres cubano-americano”, decía él. “¡Que no!”, le contestaba: “Soy un cubano que vive en los Estados Unidos.”

Pero ¿cuál es la diferencia entre uno y otro término? La diferencia no oficial (y disputada) que sin embargo yo insisto en defender, es que el cubano (a secas) creció en Cuba, mientras que el cubano-americano no. Las maneras de ser y de pensar del cubano promedio están a tal punto ligadas a la isla que éste siempre se sentirá extranjero en cualquier otro país. Por otra parte, un cubano-americano no tendría ese problema, porque funcionalmente es un norteamericano de ascendencia cubana: una persona que bien podría hablar español, odiar el comunismo y comer lechón asado los fines de año, pero que culturalmente tiene más en común con cualquier otro estadounidense de su edad que con sus propios padres.

Es decir, que “cubano-americano” implicaba una mezcla de cubanidad y americanidad en iguales proporciones: un batido de guayaba mezclao con apple cider —insinuación que entonces me insultaba. ¿Por qué? Primero, porque habiendo vivido yo el 99.9% de mi vida en Cuba, me resultaba una aberración matemática decir semejante cosa. Segundo, porque a este nuevo país “le faltaba sal” (es decir, que no me sentía a gusto, latinoamericanamente hablando). Y tercero, porque yo estaba muy contento siendo cubano, y si había cambiado de residencia no había sido por placer, sino por necesidad.

En aquel entonces aún sentía vergüenza de haberme ido de Cuba —aunque no lo quisiera reconocer. Poco tiempo antes, en la isla, sin saber que las brisas del Norte muy pronto me enfriarían la mollera, había llegado ya a ese punto de inflexión en que el adolescente pensante en un país dictatorial comprende que tanto la perpetuación del sufrimiento de sus conciudadanos como el cambio que ansía son dos caras de una misma moneda: su responsabilidad. En consecuencia, estaba ya tratando de romper poco a poco las barreras que tanto mi familia como la sociedad me habían impuesto (la primera para resguardarme, la segunda para mantenerme a raya), y comenzaba a asumir el riesgo de ser libre.

La libertad es una sensación especialmente embriagadora para aquel que ha fantaseado mucho con ella antes de probarla. Y embriagado de libertad estaba yo, preparándome psicológicamente para convertirme en uno de los activistas disidentes (vivos o muertos) a los que admiraba, cuando mis padres ejercieron su derecho a decidir lo que era mejor para mi futuro, puesto que aún era menor de edad.

Una parte de mí quería quedarse y contribuir a lo que fuera que fuese a suceder en el futuro (las en aquel entonces inconcebibles manifestaciones del 11 de julio de 2021, por ejemplo), pero otra parte quería simplemente disfrutar —y permitir que mis seres queridos disfrutaran— de una vida familiar que la distancia había truncado. Hubiera sido injusto interponer mi patriotismo (o mi sed de aventura adolescente, según la interpretación) a los esfuerzos de mi familia por reunirse y vivir con dignidad. Por eso me resigné a dejar la isla.

Eso sí, no dejaría a nadie interponerse entre mi nacionalidad y yo. Porque mi nacionalidad —ese decir que soy cubano— era lo último que me quedaba de los amigos, la infancia, y los anhelos que había abandonado. De modo que la insinuación de mi padre —que el mero hecho de vivir en los Estados Unidos me convertía en un cubano-americano— sonaba en mis oídos, más o menos, a un “Despídete de ti. Has perdido tu derecho a ser quien eras”. Mi negación (“¡Que no! Soy un cubano…”) en realidad era una afirmación frente al espejo: no le hablaba a mi padre, sino a mí.


II

Quizás tenía yo razón en aquel momento. Después de todo, no sabía inglés; las únicas noticias que leía tenían que ver con Cuba o con cubanos (era lo único que me importaba, a fin de cuentas), y para colmo, no había visto un atardecer en una cima nevada de Liechtenstein ni puesto un salchichón al fuego en medio del bosque antes de dormir… Pero ¿qué hacer cuando, después de algunos años, tus hábitos e intereses han mutado, se han expandido con tus experiencias, y tus antiguas influencias no te influyen, y lo que antes no te influía ahora lo hace, de modo que sin querer ni darte cuenta vas pareciéndote cada vez menos a los cubanos de tu edad, o a los cubanos —punto?

A pesar de mi entendible y estacional nostalgia de emigrante, la verdad es que le he perdido el miedo al frío y a la nieve, que cada vez me siento más ajeno a “lo último” de la comunidad cubana, y que no pierdo mi tiempo escuchando a Otaola ni a Díaz-Canel. Pero no son estas minucias las que con mayor frecuencia me hacen cuestionar la solidez de mi cubanidad. La marcha indetenible de vocablos y giros lingüísticos del inglés sobre mi lengua materna resulta un fenómeno más espeluznante. (Hace un tiempito traté de tú a un señor hispano que no conocía, porque sencillamente me había olvidado del usted. No sólo eso, sino que de vez en cuando me sorprendo respondiendo “Estoy bien, gracias” al declinar una bebida…)

Es natural, supongo. Mi contacto con la lengua española —y específicamente con su variante cubana— se cortó hace años. A estas alturas, el idioma que comparto con mi familia ha dejado de ser cubano estándar para convertirse en una suerte de Cubanglish. Todavía decimos “¡Ño!” y nos resignamos con un confiable “Del carajo”, pero aquello que no formaba parte de nuestro vocabulario cuando nos fuimos ya no tendrá oportunidad de serlo ahora. (No vivimos en Miami.) El hecho de que mi hermana sea una Gen Zer que haya crecido hablando inglés y que mis abuelas hayan sido rescatadas de la isla recientemente pone la cosa incluso más interesante. Por una parte, la niña trae su slang del high school y le echa glitter a todo lo que decimos. (Slay, queen!) Y por la otra, las abuelas hacen gala de sus manierismos de señora de setenta y tantos años. (¡Avemariapurísima! ¡Figúrate!) O sea, nuestro español es una mezcla de tres generaciones distintas de cubanos, más inglés.

Como escritor, el transitar continuamente la cuerda floja entre una y otra lengua presenta siempre ciertas dificultades. La principal es que incluso sin querer se van mezclando las dos en mi cerebro, hasta que, si no pongo cuidado, lo que escribo no es ni una cosa ni otra, sino un arroz con mango que entenderíamos yo y dos o tres más.

Pero he tratado de mantener a raya el impulso de entremezclar las cosas dándole un uso particular a cada idioma.

Poco después de leer a Whitman y a Dylan Thomas me convencí de que sería imposible que yo, que lo aprendí con dieciocho años, alcanzara jamás semejante dominio del inglés. En español al menos podría intentarlo sin la desventaja de llegar tarde a la fiesta. Aparte, la poesía depende mucho de la intimidad del escritor y su lenguaje, y la respeto demasiado como para ultrajarla poniéndome a malabarear con significados y connotaciones que desconozco. Por eso escribo mi poesía en español, donde quizás tampoco llegue a los talones de Octavio Paz o Eliseo Diego, pero al menos sabré con ciencia cierta por qué uso mis palabras, y a qué suenan.

Cuando se trata de periodismo, ensayos, u otros textos de no ficción, generalmente acudo al inglés, porque su universalidad y sencillez se presta mejor para la difusión masiva de textos cuyo propósito es llegar y persuadir al máximo número posible de personas con la mayor urgencia.

Pero (para volver al tema que nos ocupa) no es la metamorfosis del lenguaje la que me da más que pensar, sino la mía. Conforme pasa el tiempo y vas perdiendo el rastro de los amigos con los que creciste —los que años antes pertenecían a tu círculo afectivo—; cuando el nuevo contexto en el que vives ejerce su pulsión sobre tus viejas prioridades, y le va dando otro sentido a tu existencia, y la distancia que te separa de lo que alguna vez llamaras tuyo es cada vez mayor, uno va haciendo las paces con la idea de que lo que aparentemente era imposible —ese dejar de ser cubano— ya no sólo es posible, sino inevitable. Y cuando casi te has dado por vencido y estás a punto de darle la razón a tu padre reconociendo tu nueva identidad, una experiencia te da una bofetada.


III

A inicios de este año fui a New Jersey a visitar a una amiga por unos días (y me resulta incómodo utilizar el indiscreto amiga en vez del reservado friend), y terminé en casa de Enrique del Risco, escritor y profesor cubano de NYU, que me invitó a una fiesta sin conocerme después de haber intercambiado unas palabras por teléfono.

Al llegar, presentarme, y sentarme a conversar en lo que alguna buena alma me traía un plato de ajiaco, mis anfitriones me notaron un poco cohibido. Y en efecto, lo estaba. Era la primera vez que me encontraba con un grupo tan grande de cubanos fuera de mi país. (Teniendo en cuenta la relativa pequeñez de nuestra comunidad en el norte de los Estados Unidos, conocer a una docena de nosotros el mismo día era un evento extraordinario.) Entonces, como para romper el hielo, Enrique comenzó a contarle a los presentes sobre la famosa “seriedad” camagüeyana, de la cual (según él) yo era un ejemplo. Y así, sin más, se armó toda una tertulia en torno a la cuestión de si los camagüeyanos —o sea, los cubanos nacidos en la provincia de Camagüey— éramos tradicionalmente serios; y esta a su vez fue desencadenando un debate político-filosófico sobre si lo que mantenía a nuestro pueblo en su desafortunada situación era el “choteo” y la costumbre de reírnos de nuestras desgracias.

Y mientras siete u ocho hombres discutían acaloradamente, entre chistes y anécdotas, sobre las evidentes diferencias regionales de nuestro país natal, yo los escuchaba, deslumbrado ante el hecho de que sus gestos, sus palabras, e incluso las inflexiones de su voz se parecían mucho. En la fiesta de Enrique había cubanos de todas las edades, colores, regiones y profesiones, y ninguno de ellos era familia mía. Sin embargo, desde el primer momento, e incluso días después de abandonar New Jersey, se me quedó la extraña sensación de que sí lo eran: de que cada uno de ellos era un primo lejano que de casualidad no había podido conocer.

No, no era mi seriedad camagüeyana lo que mis paisanos habían notado en mí: era un estado de asombro y armonía. Poder hablar sin dar explicaciones era un placer que ya no recordaba. Cada una de esas personas sabía exactamente a lo que yo me refería, porque lo habían vivido. No les hacía falta ayuda para entenderme. Luego de seis años intentando domesticar mi inglés y hablando un español minuciosamente neutral con otros latinos, bajar la guardia y “darle a la lengua” junto a otros cubanos había descongelado algo dentro de mí. Volvía a sentirme “en casa” una vez más.

Pero ¿qué casa era esa a la que había vuelto aquella noche? Definitivamente no a la Cuba que dejé en 2019. Luego de seis años de colapso demográfico, energético y sanitario, la isla había dejado de ser la sociedad disfuncional que siempre fue para convertirse en una tragedia humanitaria. (Sólo ahora podía yo apreciar la previsión y sabiduría de mis padres…) A estas alturas sus habitantes me hubieran considerado tan extranjero a su realidad como cualquier otro turista.

La casa a la que había vuelto, entonces, no era la Cuba de la miseria y la opresión, sino la Cuba imaginada del exilio —Cuba libre: un país ya no geográfico, sino sentimental. Aquella noche me había convertido en ciudadano de una idea.

Mi padre y yo estábamos equivocados.


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