Se robaron al muerto.
Por Francisco Esquivel.
En las tierras orientadas geográficamente al sur, a pesar de encontrarse en verano, el principio y fin de las jornadas regresan aires frescos de otra temporada. Son recordatorios de que las estaciones, pese a su exclusividad en el titular de ese tiempo del año, tienen también espacios reservados para las breves visitas de sensaciones que son propias de otros momentos del calendario climático. Así transcurrían los días en los cuales Ana tuvo que darse un respiro de sí misma y sus tragedias. La alternativa definida fue Mar del Plata, tomando la ruta dos que de Buenos Aires la llevara hasta ahí, sorteando algunos pequeños pueblos, mucha ruta cercada por verdes plantíos, evadiendo de cierto modo tanto calor agobiante de la capital como una necesidad imperiosa de despejarse. Viajar al mando del volante es siempre un buen momento para subsumirse en sí misma, pero para ese enero era lo que menos quería hacer. Muchas veces los pueriles cuestionamientos humanos no hallan salidas a las macabras jugadas de la vida. Demasiada desgracia vivida con tan solo veintiocho años. Ana se evitaba, y evitándose, lo único que lograba era volver a encontrarse. Encadenando sufrimientos, todavía no hacía un año que su madre, como producto de una depresión grave, había decidido quitarse la vida. Antes de eso había sido internada por espacio de un mes en un hospital de Adrogué, donde los médicos encargados de su tratamiento le dieron el alta provisoria para que pasara la Semana Santa con su familia. Ya en su casa, había comunicado a su pareja, padre de Ana, que iría a la peluquería porque tenía los cabellos muy desarreglados. Aparentemente, al llegar y recibir la noticia de que no podrían atenderla, decidió ir hasta las vías por donde pasaba el tren y poner fin a todo. Al hecho, los pobladores llamaron “accidente ferroviario”. Ana decidió no entrar en detalles. No los sabía. La simple negativa de la peluquera habría sido el motivador de todo lo que vino después. Sin embargo, habría sido también el puntal que derramó encima de una mujer grande, tal si fuese una avalancha de pesada nieve, todos los sufrimientos acaecidos en su corta historia. A Ana, su mamá la había dejado sola luego de que la joven decidiera separarse del padre de sus hijos. Venían atravesando duras crisis internas. Quizás también, como muchas parejas de su edad, en busca de estabilizarse y poner sobre rieles amorosos todos los sueños que tienen los jóvenes a partir del enamoramiento. Horacio y Ana vieron nacer a su primer hijo, Daniel, y después a Silvia. Sin embargo, la vida del primero se iba apagando en el atardecer, aún joven, de sus pocos días. Los padres de Ana la ayudaban con el cuidado del niño, a la par que esta debía también cuidar de su carrera profesional en la representación de personas sin recursos económicos. Su carácter profesional y fuerte era una corteza impenetrable. Sin embargo, su pecho por dentro era un caos que se desmoronaba una y otra vez, encima y dentro suyo. Si bien mucho remedio no había, había que hacer algo. Después de haber perdido a su madre, luego a su pequeño hijo, de decidir separarse de Horacio, tenía que darse de algún modo un respiro. Alzó junto con sus pertenencias todo lo necesario de Silvia, que recién con pocos meses de vida iba a conocer la playa, acompañada de una niñera mientras Ana manejaba hasta Mar del Plata. El destino tuvo el resultado esperado. Se instalaron en un hotel que mira al amanecer de los días. El aire fresco de la playa la reconcilió con sus sensaciones abrumadas. Pidió el permiso que le fue concedido, se introdujo, de algún modo, exitosamente donde había que restablecer cierto tipo de calma. Silvia estuvo bien, se puede decir alegre, como cualquier niña de su tierna edad. Posterior a esos momentos que la cimentan nuevamente, se alistaron a volver a Buenos Aires. Ana había reflexionado bastante. También lloró las lágrimas que había ahorrado cuando la situación estaba en su peor momento. Se tomó un respiro, brevemente, puesto que su función de defensora de oficio tenía que reencontrarla fuerte en la representación de caldeados juicios en tribunales. Volvió a tomar la misma ruta dos, subiendo a la misma capital, esta vez en dirección norte. Volvió a sortear los mismos paisajes de la ida: pequeños pueblos, el cerco de los verdes plantíos a la duplicada ruta, sus mismos animales y animaciones. Entonces una imprudencia ajena hizo que perdiera el control del volante y embistiera violentamente contra un camión de mayor porte. El viejo camión no fue notificado del percance, hallándose en su frente nada más que abolladuras que pronto tendrían soluciones o una cara nueva. Pero el pequeño Peugeot de Ana quedó inservible y completamente irreconocible. La bola metálica tirada en el paseo central de las arterias que se cruzaban soplaba calientes humos y había mucha sangre. La desproporcionalidad en sus tamaños hizo que el alboroto de quienes estaban pasando, alarmados, llamaran a los primeros auxilios para quienes se encontraban dentro del automóvil. El propio chofer del camión se encontró desesperado al darse cuenta de que culposamente estaba acabando con la vida de alguien. Un prójimo desconocido, al fin y al cabo, otro humano como él. Los bomberos con su ambulancia y la policía llegaron sonando fuerte sus respectivas sirenas. Estudiaron urgencias: la pequeña Silvia con la niñera, quienes viajaban en el asiento trasero, fueron trasladadas rápidamente hasta el hospital más cercano. Ana, con una cortadura en su lado izquierdo del cuello y mucha sangre repartida alrededor suyo, fue dada por muerta. Los curiosos no tardaron en organizar sus ubicaciones. Las vistas privilegiadas al morbo reinante los mantenían en silencio boquiabiertos. Ana fue tapada con una sábana blanca sobre el pasto del paseo y todos los intervinientes, bomberos y policías, fueron urgentes hasta el hospital cercano. Había que salvar las vidas que se encontraban en juego. Al momento en que caía la tarde y nuevamente los aires frescos invadían todo el ambiente, el único policía destinado a la custodia del cuerpo de Ana no tuvo mejor idea que ir a traerse un café. Ese frío tenía que aplacarse con algo y su liviana campera de uniforme no era suficiente. Los curiosos fueron alejándose, dejando solos al cuerpo y los pedazos de la bola de hierro que antes era móvil. La noche fue ganando espacio y las pocas luces alrededor apresuraron el abandono. Se quedó inmóvil el joven cuerpo de Ana debajo de aquella sábana. El automóvil hecho pomada expedía cada vez menos humo. Los vehículos y camiones comenzaron nuevamente a circular a altas velocidades entre Mar del Plata y Buenos Aires, entre Buenos Aires y Mar del Plata. Y ocurrió lo inesperado. Al volver el oficial con el café entre los dedos del guante de la mano derecha, humeante, a vigilar el cuerpo que tenía que levantarse en procedimiento, pero el cuerpo ya no estaba. Imposible. Alguien se había robado al muerto. Comenzaron las alertas desde la radio de la patrullera y también los gritos a quien pudiera encontrarse cerca. Volvieron al lugar otros efectivos policiales, colegas del vigilante que con frío fue por su café, confirmando lo comunicado vía radio. Se expandió el caos que antes correspondió al accidente y a la urgencia de salvar las dos vidas posibles. Sin saber qué hicieron con el cadáver que quedó bajo la sábana, inspeccionaron el lugar hasta donde su lógica les indicó que era estéril seguir. Continuando, se comunicaron con todas las estaciones policiales de los alrededores. Se pusieron a pesquisar con vecinos a kilómetros y kilómetros de distancia. Inspeccionaron propiedades privadas. ¿Quién puede ser tan enfermo para robarse a un muerto? Los familiares armarán un escándalo y es justo que lo hagan. El caos no quedó en instancias policiales. Se vieron involucrados, nuevamente, curiosos que antes estuvieron viendo lo sucedido en la ruta. Se pusieron a hacer más averiguaciones y consultas. No había caso. Mientras tanto, la pequeña Silvia, ya al cabo de unos días, se encontró felizmente fuera de cualquier tipo de peligro. Lo mismo su también joven niñera, que la protegió como pudo durante el percance. Los familiares y amigos de la Dra. Ana quedaron desolados. Ella, con toda una vida por delante, con un potencial consolidado y mucho por lograr todavía. Después de perder a su madre, de perder a su pequeño hijo, a su pareja, ahora estaba muerta. Y no solo muerta, sino desaparecida. ¿Qué pasó con Ana? Era la pregunta que rondaba alrededor de tanto misterio tras el accidente. Se encontraba lejos del ruido bonaerense y ello no hacía más que intensificar las tensiones. El comunicado oficial de la policía reportó el robo del cadáver. “Se robaron al muerto”, repetían con rostros impávidos. En medio del optimismo satisfecho de que la niña Silvia y su niñera estaban con vida, permanecía el desconsuelo de la desaparición completa de alguien querido. Ana estaba dejando huérfana a su ya única hija. La estaba llenando de preguntas antes de que tuviera fluidez para formularlas. Preguntas para las que Ana, en medio de su tumultuosa y trágica juventud, todavía no había tenido respuestas. Después de, justamente, haber hecho un viaje en busca de ellas o de, por lo menos, hallar la simulación de una paz hasta entonces probablemente desconocida. De procedimientos judiciales ella había conocido bastante. Siendo defensora de oficio, le cupo participar en más de uno. Claramente se perfilaba para seguir escalando en esa conocida carrera que tienen los empleados públicos: ascender hasta una magistratura. Tenía interés real en sus materias y pasión reconocida desde sus miradas y colaboraciones jurídicas en materiales de lectura. Los procedimientos practicados, a su vez, con motivo de aquel accidente no fueron muy lejos. Comunicado el robo del muerto, como dijo algún policía, y la psicosis generada posterior a ello, todo quedó detenido. Se dejó constancia del corte en el lado izquierdo del cuello. Se testificó sobre la inmensa cantidad de sangre perdida. Habría sido la causa de muerte, pero el cadáver ya no estaba. Silvia y su niñera estaban alistadas para salir del hospital. A veces la vida no tiene sentido. Era el cuestionamiento casi uniforme cuando, de la sala de terapia, Ana salió con los puntos en el cuello. Nunca estuvo muerta. Hasta hoy no sabe cómo alguien la llevó al mismo hospital donde estaba su hija, con quien volvió a salir, camino a Buenos Aires, a su casa.
