Seis historiadores que conocí (I) Por Guido Rodríguez Alcalá
Nota de la redacción: Este artículo es reproducido con autorización del autor y fue publicado originalmente en El Nacional (elnacional.com.py) el 25 de enero de 2026.
Este libro me ayudó a comprender a personas que de algún modo conocía, porque todo el mundo se encuentra con todo el mundo en los limitados círculos literarios de Asunción, si bien ese conocimiento a medias puede conducir al desconocimiento. Me refiero a Carlos R. Centurión (1902-1969), Josefina Pla (1903-1999), Antonio Ramos (1907-1984), Carlos Pastore (1907-1996), Rafael Eladio Velázquez (1926-1994) y Alfredo Seiferheld (1950-1988).
Nunca llegué a mantener una conversación con Carlos Centurión (1902-1969), aunque sí lo había visto y sabía quién era, por ser pariente o amigo de amigos comunes y, sobre todo, porque había comprado su Historia de la Cultura Paraguaya al módico precio de seis mil guaraníes a finales de la década de 1970.
A ese libro se lo ha criticado por contener una enorme cantidad de datos sin debida apreciación crítica pero, por otra parte, contiene información indispensable para seguir el desarrollo de la cultura paraguaya, con sus logros y sus deficiencias. Como ha señalado Ricardo Scavone, ésta ha sido en gran medida una literatura de periódicos y de revistas que han desaparecido o han quedado olvidados en bibliotecas o archivos particulares. En un capítulo dedicado a la prensa, la Historia nos ofrece una lista muy larga y muy necesaria, porque entonces no había registros electrónicos y esa lista nos da la posibilidad de saber qué publicaciones había. Leyéndola, se pueden ver dos cosas: que el periodismo estaba menos centralizado, pues no se publicaban periódicos solo en Asunción o Villarrica, la ciudad culta, sino en otras localidades del país; y que había publicaciones en idiomas extranjeros y en guaraní.
Una de ellas merece atención, Ocara poty cue mi (Florecillas campesinas de ayer, título que recuerda a las flores o colecciones de romances españoles), revista de poesía publicada a partir de 1922 y que llegó a tener una gran popularidad durante la Guerra del Chaco (1932-1935). La señora Trujillo, propietaria de la imprenta editora, me dijo allá por 1990 que, durante la guerra, Ocara tiraba diez mil ejemplares, y hasta treinta mil en casos excepcionales. Lo cual me lleva a lo siguiente: que en la década del 30 existía una literatura popular en guaraní, poesía y teatro. Aquí debo mencionar al colaborador más destacado de Ocara, el poeta Emiliano R. Fernández, y también al dramaturgo Julio Correa, que creó una compañía que representaba obras teatrales en guaraní.
Si mal no recuerdo, Josefina Pla me hablaba de unas doscientas piezas de teatro escritas entre 1910 y 1960 aproximadamente; no sé cuántas se habrán representado en el Teatro Municipal, hoy decaído pero que llegó a ser “el primer coliseo nacional”; la represión de Stroessner se centró en el control del teatro y los medios de comunicación, siendo más indulgente con la novela y el ensayo, algo que Centurión no llega a analizar porque no podía hacerlo.
Pero volvamos al escritor: cuando él era estudiante en el Colegio Nacional, ya se había percatado de que la historia del Paraguay no podía limitarse a los acontecimientos militares y políticos, pues debía incluir también los culturales. Años después, a mediados de la década de 1920, comenzó a investigar en distintos archivos y bibliotecas, a tomar notas y acumular material para la que sería su obra mayor: la Historia de las Letras Paraguayas, publicada en 1947, en el exilio de Buenos Aires. Para entonces, le explicaba Centurión a un amigo, ya había padecido destierros, confinamientos y detenciones, y había tenido el honor de compartir una celda con diecisiete homicidas.
La persecución se debió a que Centurión pertenecía al Partido Liberal, apartado del poder y disuelto por el general Higinio Morínigo, quien se retiró de la presidencia en 1948, dejando en el puesto al Partido Colorado, que le ayudó a sofocar el alzamiento de los liberales, febreristas y comunistas en 1947. En los primeros momentos de su régimen militar, Morínigo mandó al destierro a numerosos historiadores liberales: Centurión, Antonio Ramos, Carlos Pastore y Julio César Chaves, mencionados en este libro. Con el triunfo de Morínigo en la Revolución del 47, millares de paraguayos (doscientos mil según estimaciones) migraron a países vecinos, en especial a la Argentina, incluyendo poetas de la Generación del 40: Elvio Romero, Óscar Ferreiro, Hérib Campos Cervera.
Me refiero a la segunda edición, a la titulada Historia de la Cultura Paraguaya, publicada en 1961, cuando el autor ya había vuelto del exilio. Este título me parece más adecuado, porque no abarca solamente las llamadas bellas letras, sino también otras manifestaciones del espíritu (pintura, música, investigación científica), el periodismo y la educación, el momento histórico en que se dieron, aun con mucha prudencia en los comentarios sobre la política paraguaya de los años recientes.
La Historia comienza con la era colonial; aunque Centurión no lo diga, yo me permito decir que entonces no podía haber literatura a causa de las restricciones a la libertad de expresión, el aislamiento, la pobreza y el analfabetismo predominante en la provincia del Paraguay; y aquello no cambió mucho después de la Independencia, con los gobiernos del dictador Francia (1814-1840), Carlos Antonio López (1841-1862) y Francisco S. López (1862-1870), cuyos últimos años corresponden a la sangrienta Guerra de la Triple Alianza (1865-1870), que asoló el país.
La reconstrucción fue lenta y penosa. Tres décadas después, surgió la Generación del 900, integrada por autores que comenzaron a publicar alrededor del final del siglo. A los novecentistas me permito llamarlos “intelectuales comprometidos” o engagés, aunque ellos no se llamaran a sí mismos de ese modo porque más que a las bellas letras, su interés se dirigía a la historia paraguaya, buscando en ella la respuesta de lo que el país había sido y de lo que debía ser; no pretendían evadirse de la realidad sino conocerla, buscar las raíces o la esencia de la nacionalidad.
En aquella búsqueda, había distintos enfoques. Juan E. O’Leary trataba de recuperar el pasado heroico de los presidentes Carlos A. López y Francisco Solano López, como un modelo para el futuro; Cecilio Báez trataba de crear conciencia del despotismo decimonónico para superarlo abrazando los ideales cosmopolitas del liberalismo. Otros autores notables del 900 fueron Manuel Domínguez, Manuel Gondra, Fulgencio R. Moreno, el ya citado Garay, el argentino Martín Goycoechea Menéndez, los españoles Viriato Díaz Pérez y Rafael Barrett, llegados al Paraguay en los primeros años del siglo XX.
Mientras que los paraguayos, como el resto de los iberoamericanos, buscaban la identidad nacional, recibían la influencia del modernismo de Rubén Darío, Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Reissig. Darío consideraba la belleza como el propósito exclusivo de la literatura, al margen de cualquier cuestión ética o didáctica. Por otra parte, el esteticismo modernista no excluía por completo el interés en las cuestiones políticas y sociales; esto se ve en la poesía de Rubén Darío (p. e., su “Oda a Roosevelt”).
Utilizando el concepto de Ángel Rama, pienso que el inicio de una literatura paraguaya se dio con la Generación del 900, cuando el país contaba con un grupo de autores que escribían para un público determinado sobre ciertos temas, como la polémica entre lopistas y antilopistas comenzada en 1902 y que se mantiene hasta hoy, si bien con menos fuerza, a causa de la inmigración y de la globalización.
Se considera que el modernismo terminó en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, aunque todas las periodizaciones sean limitadas. Pero el movimiento sigue vivo en el Paraguay, años después, con la aparición de las revistas modernistas Crónica (1913) y Juventud (1922); sobre ellas y sus colaboradores, Centurión nos da datos muy útiles, porque las dos publicaciones son muy difíciles de conseguir y se sabe poco de sus autores, no faltos de talento, pero que no dejaron una obra considerable por su temprana muerte, las dificultades económicas, el abandono de la escritura.
Pienso que la mayor dificultad de los autores de Crónica y Juventud fue que Asunción no tenía la densidad urbana de Montevideo o Buenos Aires, favorables al surgimiento de un Julio Herrera, un Leopoldo Lugones, creadores de nivel superior. Los diarios de Buenos Aires pagaban bien, y por eso Rubén Darío pudo vivir en la ciudad con relativa holgura, ya que ningún dinero le alcanzaba al bohemio nicaragüense, entre 1893 y 1898, intimando con Leopoldo Lugones y Ricardo Jaimes Freyre, convirtiéndola en una suerte de cuartel general modernista.
La excepción fueron Julio Correa y un grupo de poetas en guaraní. Correa, por otra parte, se sublevó contra el modernismo, que consideraba decadente, alejado de la realidad que él denunciaba con su teatro político. Tanto él como otros escritores populares fueron afectados por las restricciones a la libertad de prensa impuestas después de 1940.
Y, sin embargo, por aquellos años apareció la Generación del 40, que puso al día la escritura poética, y liquidó los resabios modernistas. A ella pertenecen Josefina Pla, Hérib Campos Cervera, Óscar Ferreiro, Elvio Romero, Augusto Roa Bastos. Campos Cervera y Ferreiro se exiliaron a la Argentina, mas no a causa de sus ideas, sino de su participación en el alzamiento de 1947. Ferreiro estuvo en el ejército sublevado; Romero en la radio rebelde de Concepción; Campos Cervera, en un grupo que fabricaba bombas en Asunción. Porque la policía no lo supo, pudo llegar a Buenos Aires, donde vivió y publicó hasta su muerte.
Al terminar el libro, he sentido tristeza por la gran cantidad de escritores malogrados que encontramos en sus páginas. Al mismo tiempo, he sentido respeto por el hombre que, con tenacidad y a despecho de las dificultades políticas y económicas, quiso dejar una crónica honesta de la cultura de su país.
Guido Rodríguez Alcalá es escritor, historiador, periodista y crítico literario. Asesor del CCR Cabildo y colaborador en diversos periódicos locales y extranjeros, ha publicado obras en casi todos los géneros, siendo sus novelas más conocidas Caballero (1986), elaborada en torno al personaje histórico, y El peluquero francés, obra sobre la relación entre Elisa Lynch y Solano López con la que obtuvo el Premio de Novela Lidia Guanes en 2008.
