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Home CUENTO, Septiembre 2025Un relato honesto, escrito desde el Paraguay: brutal, necesario e incómodo

Un relato honesto, escrito desde el Paraguay: brutal, necesario e incómodo

September 30, 2025• byadministrador

Hogar viene de fuego.

Por Ricardo Loup.

Hace poco un amigo que suele ir mucho al campo te contó que la última vez, mientras él preparaba sus bolsones, la mayor de sus hijas se le acercó y le dijo: «Papá, procurá no tardar tanto esta vez, porque cuando vos no estás, mamá demasiado mal nos trata». Te quedaste allí en silencio, solidarizándote con él en esa confidencia.

Conocés muy bien esa sensación. Como cuando casi todos los días llegás tarde a casa, y en lugar de apagar el motor y bajar inmediatamente, te quedás esperando en el auto a que termine una canción. Como preparándote para lo que pueda venir. Sabés que allí adentro están tu esposa y tus hijos, juntos desde la mitad de la tarde. Sabés que todo lo que traigas del trabajo, la fatiga, la frustración, deberá quedarse de este lado de la puerta. Termina la canción, apagás el motor, inhalás hondo, bajás, y abrís la puerta, armado con las ganas de abrazar a tus hijos.

Nderakóre, pensás, y al instante te sabés culpable de un pecado que no conocés.

No te gusta hablar de energías, esa mescolanza de misticismo y certidumbre que propalan los charlatanes y los libros de autoayuda. Lo que flota en el aire es otra cosa. Es más bien como una neblina penetrante, que lo descolora todo. Se siente en el abrazo desganado de tus dos hijos, en el vaivén apático de la colita del perro y en su mirada culposa, en el aspecto de los muebles que de algún modo se tiñen de un gris invisible.

Al fondo, el ceño fruncido, los resoplidos y el constante abrir y cerrar de los cajones de la cocina. Carmen todavía tiene el uniforme de la oficina, lo carga como una señal de que no ha parado en todo el día. Podés ver todos los contratiempos del día sedimentados en esa mirada de hartazgo. La saludás, temeroso, le preguntás lo obvio: ¿no te bañaste?, y al instante te arrepentís. La respuesta se eleva en un tono agudo, y varía diariamente entre tres posibilidades: Migue no quiere hacer, mi mamá no para de, mi trabajo es una mierda porque. Pero si alguno de estos motivos faltara, podría mutar en una infinidad de causas de malhumor. La mala atención de un call center, el retraso inusitado de un delivery, el precio del kilo de tomate, o esta puerta —la que vos compraste, instalaste y pintaste— es una cagada.

Podría ocurrir, también, el tiroteo materialista. Necesitamos esto, quiero comprar esto, vi que los vecinos tienen esto. El asunto para vos es que esto, esto y esto cuesta plata. Plata que no tenés, o que guardaste para pagar las cuotas.

Entonces le dirás: «Amor, andá a bañarte, yo les doy de comer». Más para proteger a tus hijos de ese aire venenoso, que por darle un descanso a tu agobiada mujer. Arriba el ruido de portazos, puertas de armario, el taconeo colérico. ¿Habrá encontrado su toalla? Un minuto después, el sonido apagado de la ducha. Abajo, calentarás la comida, servirás los platos, sentarás a los niños a la mesa. Los distraerás con preguntas de cómo estuvo el cole. Viendo que las respuestas son monosílabos, recordarás los consejos y harás mejores preguntas. Preguntas abiertas, que no se respondan con sí, no o bien. Oirás nombres de compañeros, nombres de profesoras, nombres que has oído mil veces, pero que aún sos incapaz de unir con rostros. Entretanto, quizás te ocurra, como te ha ocurrido varias veces, que sientas pena por tus hijos. Son varones, no saben. A pesar de tantos manuales de crianza, a pesar de tantos artículos en Google, a pesar de lo que digan las profes, sabés que ellos deberán aprender a callar. No quejarse, soportar. Porque quisieras decirles que durante su vida la gente les dirá que deben expresar sus emociones, mostrarse vulnerables. Bolapá. No lo hagan, quisieras advertirles, es una trampa. Porque desde el momento en que se muestran débiles, serán dejados. Ser débil es no ser querido. Ser débil es soledad y burla. Como en la Biblia, en que aun los que estaban con Él crucificados se le burlaban. Pero sabés que ni aun de estas cosas hay que hablar. ¿Qué blasfemia sería esa? ¿Un macho quejándose de su suerte? ¿Haciéndose de la víctima sobre su pedestal de diez mil años de privilegios con tanta desfachatez? Entonces de esto también callarás, y sabrás que tus hijos habrán de aprender por sí solos. Cuando sean grandes, hacer como vos. Juntarse con los amigos y embrutecerse con alcohol y reír de los reclamos de la bruja, porque hacer de esa congoja una comedia es la única manera que tienen de deshilvanar esa angustia tan apretada que has sabido reconocer en los demás. Hablarlo en serio, no saben, no quieren, no pueden.

A veces, quisieras que alguien te preguntara cómo estuvo tu día. ¿Qué hubo de nuevo en la fiscalía? Pero sabés que ahí pasan cosas demasiado sórdidas para contárselas a tus hijos. Y ninguna pregunta ocurrirá al acostarte, cuando ya tu esposa esté en su lado de la cama, de cara a la pared. Pero morís de ganas de compartir ese tipo de cosas con ella.

Hoy, por ejemplo, en que ya casi cuando estaba terminando el turno, recibieron una llamada de la policía. Supiste, al instante, que una vez más llegarías tarde a casa. Un hombre muerto con arma de fuego en una vivienda ajena. Presunto suicidio. Llamaste a la fiscala, la fiscala te dijo: “Andá vos, yo te alcanzo”. Estaría en alguna merienda. Tomaste tu agenda y subiste a la camioneta con Nacho, el chofer. Una garúa persistente rayaba la vista. Escueleros salían del turno tarde y bromeaban en las veredas, y algunos oficinistas caminaban hasta sus paradas, demasiado desabrigados para ese rotundo cambio de clima. Las luces de patrulleras siempre te sorprenden. Eran dos, estacionadas sobre la vereda de una casa vieja, pero en buen estado, frente a la cual solías pasar a menudo cuando querías cortar camino hasta casa. En el patio, una mujer lloraba, y un policía anotaba cosas. Bajaste y el suboficial Marecos te saludó. Te preguntó cómo andaba todo, le preguntaste cómo salieron el fin de semana. “Perdimos 2 a 1”, te dijo. “¿Eliminados?” “No, todavía queda el partido de vuelta”. Sonrieron y aprovechaste para preguntarle qué había. Sujeto de sexo masculino, identidad a confirmar, aunque sería Darío Fidel Ferreira Álvarez, cuarenta y nueve, hallado con un disparo de arma de fuego en una de las habitaciones por la hija de la dueña de casa. Supiste que la mujer que lloraba junto al policía era la hija. Tendría treinta y cinco, treinta y seis años. Te acercaste, vos también con tu agenda. Te presentaste. Se presentó. Verónica. Vive ahí, con su mamá y su hijo de dieciocho años. Mamá soltera. El muerto era su pareja. No pareja estable, venían saliendo desde hace un tiempo.

Poco a poco, entre los sollozos y las inconexiones de su declaración, fuiste entendiendo. Verónica se había puesto de pareja con Darío desde hace unos nueve meses. Darío era divorciado, un tipo que hacía algunos negocios en Ciudad del Este, compraba mercadería y la vendía a plazos. También había heredado algo de plata de su mamá. Un tipo con recursos, medio raro, pero que le cumplía sus caprichos a Verónica. Y sobre todo a su hijo, Junior. Le compraba botines, camisetas de fútbol, lo llevaba a las fiestas y se quedaba con él.

—¿Un tipo de cincuenta años en fiestas de mitaí?

Te respondió que sí. Te dijo que ella mucha bola no le daba, la verdad. Solo se juntaban a veces, viajaron a Río de Janeiro, después pasaban mucho tiempo sin verse, y así. Pensaste que ella más bien lo usaba, pero no dijiste nada. Hablando de relaciones humanas, has visto de todo en tus años de fiscalía. Te contó que el fin de semana, Darío llamó a Junior, le dijo que pasaría a buscarlo para salir por ahí. Junior, contento, pensando que iba a recibir algún regalo, aceptó. Sin embargo, a medida que iban alejándose, llegando casi al puente Remanso, Darío le contó para dónde iban. Junto a la mamá de sus hijos, a dejarle algo. Junior se sintió un poco incómodo, porque le olió a drama en el que nada tenía que ver. Llegaron a una casita, y Darío le dijo: “Esperame acá”. Junior se quedó en la camioneta y vio que atendía el timbre una señora de rostro endurecido, argel de entrada. A su lado, un niño y una niña de no más de diez años salieron a saludar fríamente a Darío. Como cuando los niños saludan al tío lejano, sin ganas, por obligación. Junior supo que esos eran los hijos de Darío. La mujer los mandó adentro de la casa, mientras los padres se quedaban charlando en el patiecito. Junior sintió algo de vergüenza, porque, pese a que no alcanzaba a distinguir las palabras, el tono de reclamo era inconfundible. Darío hacía muchos gestos con las palmas de las manos hacia abajo, como de “ya, ya, ya, cálmate”, y eso parecía tener el efecto contrario en la mujer, porque también los gestos de ella se hacían más amplios, más enérgicos, y ya Junior conseguía oír —porque hacía esfuerzo en enterarse del chisme— palabras sueltas como “no me alcanza”, “tus hijos”, “vos sos su papá”, “ellos son criaturas todavía”, y lenguaje por el estilo. Y por último, como queriendo darle un corte final al asunto, Darío sacó del bolsillo de su campera un sobre de papel madera y se lo puso en las manos a la mujer. Ella miró su contenido y abrió los ojos de sorpresa. Y Junior no vio, pero supo que en el sobre había plata, porque la furia se volvió una especie de compasión y Darío le dijo “chau”, se dio la vuelta y volvió a la camioneta, dijo “vamos”, y fueron a una estación de servicios para comprar algo de comer. Y mientras se comían un par de sándwiches de verduras, Darío le preguntó a Junior algunas cosas sobre su mamá. Si andaba saliendo mucho sola, si volvía tarde a la noche, si andaba con el celular en la mano más de lo habitual. Junior, un poco lerdo para entender, a todo decía que sí. Y cuando la pregunta que lo concluía todo llegó, Junior no pudo decir otra cosa. “¿Tu mamá anda saliendo con otro tipo?” Sí.

Darío dejó a Junior en su casa. Verónica no estaba. Al rato, cuando Verónica terminó varios turnos con sus clientas, porque sábado es el día que más trabajo tiene, encontró nueve llamadas perdidas de Darío. Ni siquiera miró los mensajes. El tipo se estaba poniendo demasiado intenso. Como solía hacer, lo bloqueó. Pensaba tenerlo así un par de días, para que reflexionara.

Lo siguiente ya fue el lunes. Verónica, que no solía trabajar los lunes de tarde, ese día tomó sus cosas y fue a maquillar de favor a una amiga que le comentó que tenía un evento. Volvió a su casa como a las seis de la tarde, cuando ya estaba anocheciendo.

El celular vibró en tu bolsillo. Recibiste un mensaje de texto. Lo miraste. Tres palabras: “traé pan felipe”. A veces sentís que ese es tu verdadero nombre: el señor Traepán. Respondiste “ok”, y le pediste a Verónica que continuara, por favor.

Contó que apenas al entrar a la casa, percibió algo raro. No es que encontrara nada diferente; sus hijos estaban con la abuela paterna, todas las cosas estaban en su lugar. Sin embargo, algo parecido a un olor, pero que no era un olor, le chocó. Fue hasta el fondo y vio que por el ventanuco de la cocina había entrado toda la lluvia de aquella siesta. Eso sí le pareció raro, porque estaba segura de haber cerrado todo antes de salir. Suspiró, porque tendría que cambiarse y buscar el repasador para secar.

Caminó hasta su pieza. Fue ahí que se sobresaltó. La puerta, entreabierta, dejaba ver que, sobre la cama, su cama, un hombre, al que no veía, pero enseguida supo quién era, tendido como desparramado, con las piernas cruzadas de cualquier forma, y sangre, mucha sangre, esparcida sobre la colcha y el piso. Y lo peor de todo no era el medio cuerpo sin rostro ensangrentado y tirado como un muñeco. Lo peor de todo es que el hombre seguía respirando, fuerte, como un rinoceronte en agonía.

Verónica te contó que no se animó a entrar. En shock, llamó primero a su hijo, a Junior. No se le ocurrió que podía ser demasiado fuerte para un adolescente. No pensaba. Junior, por teléfono, le dijo que ya iba, pediría un Bolt. Fue él quien llamó al 911. Verónica se quedó viendo esa franja de espacio dejado por la puerta, espantada y a la vez fascinada por el espectáculo de un poco más allá. Tampoco se le ocurrió auxiliar al herido. Estaba demasiado asustada. Cuando oyó llegar a Junior, corrió a echársele a los brazos y lloró sobre su hombro como una cerda. Entre mocos y sollozos, le dijo a Junior: “todavía respira”. Junior le dijo: “Esperame acá”, y entró a la habitación. Verónica creía que estuvo allí apenas unos segundos y volvió hecho papel a decirle: “ya no, ya no respira”.

Verónica no supo precisar en cuánto tiempo llegó la policía. Pudo ser diez minutos como media hora. Lloró tanto que perdió la noción del tiempo. No sabía cómo haría para volver a dormir en esa cama. Pudo darte a vos y al policía el nombre de la hermana del muerto. Solo entonces se le iluminaron los ojos y dijo lo que era una obviedad desde el principio, lo que ya todos los policías venían murmurando en voz baja. “Darío entró a matarme”, dijo, y lloró más fuerte. Pensaste: para nosotros, la tóxica es un dolor de cabeza, para las mujeres, el tóxico es un peligro de muerte. Le diste las gracias y entraste.

El personal de criminalística bromeaba cerca del cadáver, tendido con los ojos abiertos y una postura un tanto graciosa, como quien se hace del muerto. Solo que este no se hacía. Presentiste que te costaría dormir esa noche, que tu mente evocaría a cada rato aquella escena inmunda, que no te enseñan a soportar en la facultad. Supiste desde entonces que buscarías porno en el celular, para tratar de apartar esa carga indeseada. Pensás en sexo para olvidarte del mundo; tu esposa, en cambio, necesita olvidarse del mundo para pensar en sexo. Desencuentro irremediable y corrosivo que terminará un día por acabar con tu matrimonio. Como llevado por ese pensamiento, sacaste el celular del bolsillo. Otro mensaje: “y no te olvides el remedio de Pipo”. No sabrías decir desde cuándo tus conversaciones con Carmen eran puramente administrativas. Comprar, llevar, buscar, choferear. De todos modos, sabés que es ella quien tiene tres agendas. La suya, la de Migue, la de Pipo. Y a vos solo te toca ser el brazo ejecutor, como, en este caso, comprar el remedio prescrito por el pediatra en la consulta a la que vos no fuiste. Así que te tocarían dos paradas, supermercado y farmacia, llegarás más tarde y te recriminará por eso. El policía te hablaba y te decía que encontraron la billetera del difunto. Ahí están todos sus documentos, datos personales, no hay nota de suicidio, pero el arma permanece a su lado, sobre la cama.

—¿Plata no había? —preguntaste, iluso.

—Nada de plata no había, doctor.

Vos sabés, pero decidís hacerte del desentendido. Llamaste a la fiscala y le explicaste la situación. Comprendió y te indicó que esperaras a que llegase el forense. “Doctora”, le dijiste, “¿será que me podés liberar nomás? Tengo un temita”. “No. Esperale al forense”.

Llegaste a tu casa con el pan y con el remedio. Llegaste y ya es noche cerrada. Diste de comer a los niños y soportaste el afilado silencio de tu esposa que siguió al tiroteo de reclamos. Es difícil tratar como una reina a quien te atormenta con sus quejas. Tampoco esto se lo dirías. De alguna manera, vos sos responsable de su situación. Tiene una fórmula. “Es que”. “Es que nadie me ayuda en esta casa”. “Es que no sos capaz de recoger la mesa”. “Es que no puede ser que no encuentres las cosas donde te dije que están”. “Es que ya te dije cien veces que esta no es la marca del pan”. “Es que ¿vos qué te pensás? ¿Que a mí me gusta vivir reclamando?”

Por un segundo quisiste contarle lo que viste. El muerto, los policías como si nada, la mujer espantada. Desististe. ¿Para qué? No te entendería. Solo le decís que todo bien en el laburo. Cuando salís de la ducha, ella ya está en la cama, haciéndose la dormida de cara a la pared, evitándote. Antes lo hablabas con ella, le tratabas de transmitir, bien o mal, lo duro que se sentía. Ahora ya estás resignado. Dejás las cosas como están en esta relación zombi, que está muerta, pero camina. Te acostás, mirás el techo a través de la penumbra. Recordás la Biblia. “Eloí, Eloí, lama sabactani”. Que traducido significa “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Ves la hora varias veces. Avanza, lentamente. Cuidás de no despertarla con el brillo del celular. Ves las redes sociales, estupidizándote un poco más. Cuando sabés que está dormida, te acomodás y ponés porno. Hay que olvidar. Mañana será otro día.


Ricardo Loup – 2025

Glosario:

  • Nderakóre: (guaraní) expresión de lamento o tristeza
  • Bolapá: (guaraní) mentira, falsedad
  • mitaí: (guaraní) niño, niña
  • argel: (guaraní) de mal humor, malhumorada
  • Eloí, Eloí, lama sabactani: frase aramea citada en los evangelios, palabras de Jesús en la cruz

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