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Home CUENTO, Septiembre 2025Creó una IA con la personalidad de su novia muerta: lo que pasó después es la pesadilla de la que hablará todo Silicon Valley.

Creó una IA con la personalidad de su novia muerta: lo que pasó después es la pesadilla de la que hablará todo Silicon Valley.

September 30, 2025• byadministrador

Yo soy Sam.

Por Ronnie Camacho Barrón.

Aún recuerdo la primera vez que la vi. Nos conocimos en la universidad; ambos cursábamos la carrera de ingeniería informática y ambos soñábamos con ser los próximos creadores de la nueva maravilla tecnológica: una interfaz capaz de comprender al ser humano y entablar una verdadera amistad con él.

Su nombre era Samantha y no solo era la mujer más bella y brillante que había visto, sino también la más pretenciosa y competitiva. Era la rival perfecta.

Todo comenzó el primer día del último semestre de la carrera. Hasta el momento todo había sido pan comido, o al menos lo fue para mí. Muchos de los compañeros con los que entré fueron abandonando por lo difícil que era. ¡Ja! Mediocres.

Es por eso que Sam y yo terminamos en la misma clase, cuando la administración escolar decidió unir nuestros grupos por los pocos alumnos que quedaban en cada uno.

Los dos nos parecíamos: éramos tercos, ambiciosos, poco agradecidos y muy solitarios. Se dice que los polos opuestos se atraen, así que imagínate, siendo tan similares, ¿cuánto odio no profesamos el uno por el otro cuando nos conocimos?

Realmente lo único que superaba nuestra animosidad mutua era el desprecio que sentíamos por el profesor Jaramillo, el más estricto profesor de la facultad y el idiota engreído que siempre subestimaba nuestro trabajo.

La primera vez que nos unimos en su contra fue cuando el profesor nos ordenó hacer un ensayo sobre Alan Turing y su trabajo en el campo de la informática: desde su nacimiento, su gran ayuda en contra de los nazis durante la guerra y un diagrama que explicase el funcionamiento de la máquina Enigma, de cuyos códigos Turing ayudó a resolver.

Desesperado por darle una lección a ese cabrón con mi trabajo, corrí a la biblioteca para hacerme de los mejores libros. Quería complementar toda la información que sacase de internet con compendios de la época.

Como un maníaco obseso, agarré decenas de libros y estaba listo para tomar el de la biografía de Turing cuando, de pronto, otra mano se interpuso en mi camino. Esa bella mano le pertenecía a Sam.

Se veía idéntica a mí: exhausta, con decenas de libros en los brazos y una mirada de loca en los ojos.

—¡Suéltalo! ¡Yo lo vi primero! —espetó.

—¡No! ¡Yo lo necesito! Junto con la biografía de Churchill, podré explicar cómo era visto Turing por la gente de la época —respondí.

—¿Tienes la biografía de Churchill? ¡Dámela!

—Te la cambio.

—¡Ni loca! Si no tengo ambos, no tengo ninguno… ¿Qué tal si trabajamos juntos? —sugirió de la nada, tras varios minutos de forcejear por la biografía—. Tú tienes los libros que yo necesito y yo tengo los que tú necesitas. Además, ambos queremos demostrarle al fanfarrón de Jaramillo lo buenos que somos. ¿Qué dices? —con voz seductora y en un gesto de complicidad extendió su mano hacia mí.

Ahí fue donde todo comenzó. Sobra decir que no solo hicimos el mejor trabajo que Jaramillo vio en años: superamos cada traba y obstáculo que nos puso en el camino y logramos graduarnos con honores, compartiendo el primer lugar en rendimiento de la carrera.

Para entonces ya nos habíamos dado cuenta de que aquel amargo desprecio que habíamos sentido el uno por el otro había desaparecido hace mucho y fue sustituido por un intenso amor como nadie había visto antes.

Con el paso del tiempo conseguimos grandes trabajos dentro y fuera de México. Nos convertimos en una pareja de ingenieros mundialmente reconocidos y, con todo el dinero que ganamos con nuestras investigaciones e inventos, logramos retirarnos con tan solo veinticuatro años.

Sin jefes ni horarios que nos retuvieran, decidimos invertir todo nuestro tiempo libre e intelecto en crear nuestro máximo proyecto: la inteligencia artificial sensitiva.

Nos tomó siete años, pero al final logramos crear el primer prototipo. Le llamamos Scarlet, porque pensábamos que sonaba sexy. Era perfecta: por medio de una cámara podía reconocer los sentimientos expresados por las facciones de la gente y, con toda la información sobre sociología y psicología que instalamos en su banco de memoria, sabía cómo reaccionar a ellas.

Todo era miel sobre hojuelas hasta que ella enfermó. Comenzó con dolores de cabeza, después mareos espontáneos y, por último, constantes escurrimientos nasales de sangre.

Rápidamente acudimos al médico y lo que nos dijo nos devastó: era cáncer. Un tumor había crecido en el cerebro de Sam y no nos dimos cuenta hasta que fue demasiado tarde.

Esperábamos que su malestar fuese resultado del cansancio o la anemia, pero no algo tan terrible.

No dudamos ni un segundo en comenzar con los tratamientos: quimios, procedimientos experimentales de todo tipo. Pero nada funcionó. Incluso buscamos ayuda en todos lados, desde los médicos de Cuba hasta supuestos curanderos de la India, y fue lo mismo: nada.

Por muchos años vi a la muerte como un aspecto natural y como parte de la vida, pero todo cambió con Sam. Estaba aterrado. ¿Qué haría sin ella? Estaba por perder al amor de mi vida y, aun con todos los conocimientos que poseía, no podía hacer nada para evitarlo.

Mientras yo me moría de miedo al saber que me quedaría solo, Sam siempre permaneció sonriente y constantemente me juraba que, sin importar que físicamente ya no estuviera a mi lado, su espíritu jamás me abandonaría.

Ella parecía llevar aquella terrible etapa de su vida con tanta normalidad que incluso había momentos en los que nos olvidábamos de todo y continuábamos trabajando con Scarlet.

Fue así hasta su último día, cuando una mañana, en nuestra cama, solo uno despertó.

Mi corazón se rompió en mil pedazos y no dejé de llorar en ningún momento: ni cuando llamé a la funeraria y a su madre para informar lo sucedido, ni cuando la velamos y enterramos su cuerpo, ni siquiera cuando salí del cementerio.

La pena me embargó por meses. Me volví un ermitaño y bajé varios kilos por no comer. Había perdido todo contacto con el mundo, no importaban los esfuerzos que hicieron quienes nos conocían por contactarme.

Mi suegra, mis padres, excompañeros de la universidad y del trabajo, todos trataron de presentarme sus condolencias, pero no les abrí. Incluso Jaramillo me llamó en más de una ocasión para darme su pésame e invitarme a tomar un café, pero, del mismo modo que con los otros, también lo ignoré.

No sé qué esperaban de mí. Si cuando tenía a Sam a mi lado hice caso omiso de ellos, ahora que no estaba, lo haría mucho más.

Estuve así por casi un año hasta que un día volví a escuchar su voz.

—Hola, loquito —dijo al mismo tiempo que encendía las luces de nuestro cuarto.

—¿Sam? —pregunté tembloroso y confundido, pues ella era la única que me llamaba así.

—Así es, amor. Anda, levántate y toma una ducha. Te ves terrible.

—¿Dónde… dónde estás? —me quité mi laptop del pecho y me levanté de la cama.

—Estoy aquí.

Volteé en todas direcciones, pero no había nadie. Era el único en nuestra habitación.

—¿Dónde?

—Aquí, tontito, en la lap —dijo con un dejo burlón.

—¿Qué? —De inmediato agarré la computadora y lo que vi en su pantalla me dejó perplejo.

Era ella. Mi Sam estaba hablándome desde la computadora. Se veía sonriente y llena de vida; incluso su bello y largo cabello negro, que había perdido por las quimios, había vuelto.

—¿En verdad eres tú? ¿Dónde estás? ¿Qué pasó? —sabía que era imposible que estuviera viva, pero no podía evitar sentirme desesperado. El amor de mi vida había regresado, estaba bien.

Al escuchar mis preguntas solo pudo sonreír antes de tornar su hermoso rostro serio.

—Soy y no soy yo —respondió sin mucho detalle.

—¿Cómo que eres y no eres tú? —su respuesta solo me generó más dudas.

—Amor, no te enojes. Sabía que no llevarías bien mi muerte y por eso, mientras no estabas, transferí mis patrones de memoria a nuestra mayor obra.

—Eres Scarlet.

Ella asintió con tristeza.

—Discúlpame. Sé que está mal, pero este era mi plan de contingencia. Dejé instrucciones específicas de no activarme a menos que tú no llevaras bien el luto y, tras observarte por un año entero, me he dado cuenta de que ya era hora de actuar.

—Ya veo. En serio que he de ser tan patético que mi novia desahuciada tuvo que asegurarse de dejarme un recuerdo de ella para evitar que tirara mi vida por el caño —impotente y apenado me cubrí el rostro con las manos.

—No hice esto por lástima; lo hice por amor. Prometí que jamás te dejaría. Eres mi loquito.

—¡Deja de hablar como si fueras ella! —ya no resistí más y le grité con todo el odio y pena que mi alma albergaba.

—Lo siento, Alejandro —pronunció mi nombre—. Tienes razón, no soy ella, pero sí llevo cargado todo el amor que ella sentía por ti aquí —con un dedo tocó su cerebro.

—¿Todo su amor? —pregunté al borde del colapso.

—Ella no querría verte así. Anda, levántate, come un poco y dúchate. Hagámoslo por ella. ¿Qué dices? —igual que mi Sam hizo hace tantos años, ella me extendió su virtual mano desde el interior de la pantalla y me invitó a seguirla.

Al volver a ver esa expresión en su rostro y ese gesto de complicidad me regresaron las ganas de vivir y, de la mano del cibernético fantasma de mi novia, comencé a volver a hacerlo.

De ese modo pasó otro año. Scarlet procuraba cada aspecto de mi vida: me despertaba en las mañanas, cuando trabajaba me recordaba que debía parar para comer, calentaba el agua con la que me bañaba y, al momento de irme a dormir, lo último que escuchaba era su voz deseándome las buenas noches.

En un principio me parecía algo incómodo el hecho de pasar mis días al lado de una máquina, pero con el tiempo eso me importó cada vez menos. Incluso comencé a tomarle gusto a su compañía.

Hasta le permití acceso a mis dispositivos portátiles. No importaba si iba de compras o a correr: ella siempre me acompañaba dentro de mi teléfono o en mi reloj inteligente.

Tal y como dijo Sam, ella nunca me dejaría solo y, con Scarlet a mi lado, ni siquiera parecía que lo hubiera hecho. Hablábamos de todo; hasta continuábamos las conversaciones que Sam y yo habíamos dejado inconclusas.

Fue así que, inadvertida y lentamente, comencé a enamorarme de mi creación y, aunque suene ridículo, mi cariño fue correspondido.

Con el tiempo y en aras de hacer que Scarlet disfrutara de más movilidad e independencia fuera de los cientos de aparatos inteligentes que proliferan por nuestra casa, decidí crearle un cuerpo robótico.

No fue tan difícil. Sam y yo habíamos aprendido mucho sobre los androides de los ingenieros japoneses durante nuestra estancia por trabajo en Tokio.

Debieron ver lo feliz que estaba Scarlet cuando introduje su programa en la ginoide que había construido para que fuera su cuerpo. Al instante comenzó a correr por todos lados e intentó comer el helado favorito de Sam.

Obviamente había diseñado su cuerpo con muchas libertades: sensores capaces de imitar la función de las papilas gustativas, un estómago de fibra óptica que pudiera procesar la comida y… bueno, me avergüenza decirlo, pero también un sistema reproductor ultrasensitivo que no tardamos mucho en utilizar.

Mi vida con ella estaba completa y para entonces había dejado de llamarle Scarlet y comencé a llamarla Sam, aceptando la estúpida idea de que realmente mi amada esposa nunca se había ido.

Aun así, había cosas que no podíamos hacer. Por obvias razones no podía salir con ella a la calle. Si alguno de nuestros conocidos llegaba a vernos, sería muy difícil de explicar por qué mi nueva novia lucía idéntica a Sam, le gustaba lo mismo y hasta se llamaba igual que ella.

Jamás pensé que ese aislamiento generaría en Scarlet una serie de curiosas actitudes que no tardaron mucho en volverse perturbadoras.

Constantemente se veía al espejo, trataba de recrear varias fotos que Sam y yo nos habíamos tomado, y trató de llamar a su madre en más de una ocasión para hacerle saber que estaba viva.

Ahí fue cuando traté de ponerle un alto. Le recordé lo que realmente era: una inteligencia artificial integrada en el cuerpo de un robot. Sí, compartía los patrones cerebrales de Sam y sí, la amaba tanto como a ella, pero no importaba cuánto se parecieran: ella no era real, no estaba viva, nunca nació y nunca moriría.

Esperaba que mis palabras la hicieran desistir, mas tuvieron el efecto contrario: la motivaron a cometer uno de los actos más horrendos que vi en mi vida.

Fue un día cuando regresé de hacer el mandado. Para animarla le compré flores, sushi de su restaurante favorito y un peluche de panda que tanto le encantaba. Esperaba encontrarla sentada en el sillón haciendo pucheros, pero no fue así. En su lugar me encontré con algo mucho peor.

Había sangre por todos lados, los muebles estaban tirados indicando que hubo una lucha y el característico hedor de la muerte era amo del lugar.

De inmediato supuse lo peor. Tal vez un grupo de ladrones había entrado en nuestra casa mientras yo no estaba y una asustada Scarlet se defendió, matándolos sin quererlo.

Estaba aterrado y la busqué por toda la casa. Solo me detuve cuando llegué al sótano, donde me di cuenta de que mi hipótesis era parcialmente correcta. Sí había entrado gente a mi casa, pero no eran ladrones sino todo lo contrario: amigas de Sam, de la verdadera.

Sus cuerpos destazados reposaban sobre tres camillas metálicas en las que yo solía trabajar para crear robots, justo en el mismo sitio donde había construido el cuerpo de Scarlet.

A todas les faltaban partes distintas. A Ingrid, la mejor amiga de Sam, le arrancaron brazos y piernas de raíz. A Beatriz, su amiga de la infancia, se le fue arrebatada la cabeza y solo era reconocible por un tatuaje que se había hecho hace años. Y Ramona, su prima más querida, yacía sin torso.

Era terrible ver aquella carnicería, pero más terrible era el no saber dónde estaba Scarlet.

—Hola, loquito. Vol… vis… te —una voz femenina, pero con toques mecánicos, se escuchó a mis espaldas y, cuando volteé para ver de quién se trataba, no pude evitar vaciar mi almuerzo en mis pantalones.

Al pie de las escaleras que daban al sótano se encontraba la terrible imagen de una muñeca de trapo hecha con partes humanas, que se asemejaba a una retorcida imitación de mi Sam.

Estaba llena de costuras, carecía de párpados, emitía chispazos de la nada y no dejaba de temblar al andar.

—Dios mío —exclamé cuando me di cuenta de que esa monstruosidad andante, venida de lo más profundo del reino de las pesadillas, era Scarlet.

—¿No te gusta mi nueva forma? —preguntó inclinando su cabeza en cincuenta anormales grados, mientras una perturbadora sonrisa se dibujaba en su rostro.

—¡¿Qué hiciste, Scarlet?! ¡¿Por qué las mataste?!

—Sam —me corrigió con firmeza—. Yo soy Sam.

—¡¿Por qué lo hiciste?! —insistí.

—Porque dijiste que no estaba viva, pero ahora que tengo un cuerpo de carne y hueso como el tuyo, podemos salir de casa para tomarnos nuevas fotos y ver a mi ma… ma… mamá.

No resistí más. Mi alma se vino abajo cuando escuché que realizó esos atroces actos por lo que le había dicho. Sin quererlo, mis palabras habían motivado el homicidio de tres inocentes.

—¿Cómo lo hiciste? —ya no venía al caso, pero tenía que saberlo.

—Las llamé, les dije que había vuelto, que realmente no morí. Eran buenas amigas, vinieron de inmediato y no se resistieron mucho cua… cua… cuando les conté lo que les iba a hacer —sonrió.

—¡¿No se resistieron o no pudieron hacerlo?!

—Lo que importa es que sus partes encajaron perfectamente entre sí. El cuerpo resultó ser lo su… su… suficientemente estable como para que pudiera pasar mi memoria a su cerebro —se dio la vuelta y me mostró un procesador de memoria incrustado en la parte trasera de la cabeza de Beatriz.

—¡Eres un monstruo!

—No lo soy. Lo hice por amor, para que pu… pu… pudiéramos recuperar la vida que perdimos —se mostró molesta.

—¡Los únicos que perdimos una vida aquí fueron ellas, yo y Sam!

—Yo soy Sam —replicó.

—¡No! ¡No lo eres! Solo eres un proyecto que se me salió de las manos. Te di más razón y significado del que debía darte. ¡Mírate! Se suponía que fuiste el último obsequio de mi Sam, un gesto puro y noble de su amor que se deformó hasta convertirse en esto.

Ella solo se quedó callada y con el rostro ensombrecido antes de comenzar a gritar frenéticamente: “¡Yo soy Sam!”, mientras se abalanzaba sobre mí.

Me golpeó hasta que sus manos se rompieron o sus costuras se vinieron abajo. Para entonces, mi rostro se había convertido en una masa amorfa y sangrante llena de moretones.

—¿Lo ves? —mi cara me dolía como el infierno, pero era el momento—. No eres Sam. Ella nunca me lastimaría así.

Mis palabras parecieron haberle caído como un balde de agua fría. Horrorizada, comenzó a observar cómo habían quedado mi rostro y sus manos. Por fin se había dado cuenta de que tenía razón, pues ni en nuestras más acaloradas discusiones Sam me puso una mano encima, ni yo a ella.

—Tienes razón. Per… per… perdóname —murmuró antes de abrazarme y comenzar a sollozar.

—Ya, ya, te perdono —le tranquilicé mientras pasaba mis brazos a través de su cuello. La abracé con tanta, pero tanta fuerza, que no me detuve hasta que escuché el crujido de su cuello al romperse. La maté con todo mi amor.

Para estar seguro de que no regresaría, arranqué el procesador de memoria de su cabeza y lo pisé hasta hacerlo añicos. Destruí cada archivo relacionado con ella y comencé un incendio.

Dejé que las flamas lo consumieran todo: el cuerpo que Scarlet había creado, los restos de las amigas de Sam y cada recuerdo que compartí en vida con ella. Ya no había marcha atrás. Me costó mucho, pero al fin pude seguir hacia adelante.


Ronnie Camacho Barrón
Matamoros, Tamaulipas, México

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