Selecciones de la Historia Secreta de Porter C. Bliss, Parte IV.
Editado por Thomas Whigham.
A estas alturas debería ser obvio que, independientemente de lo que se dijera de la vida de Porter C. Bliss, este logró mantener e incluso acrecentar su vanidad mientras estuvo cautivo del gobierno de López. Es fácil imaginar cómo su mente no dejaba de dar vueltas. Sus interrogadores, el Padre Maíz, Centurión, Falcón, etc., sin duda tenían poder de vida o muerte sobre él. Dicho esto, el Mariscal López les había encomendado extraer la máxima información de Bliss, aunque no está claro que creyeran en las acusaciones en su contra. Por lo tanto, desde una perspectiva escéptica, lo que realmente querían del secretario de la Legación Norteamericana era una muestra de máxima creatividad. No querían la verdad, pues eso les arriesgaba a provocar el desagrado del Mariscal. De hecho, ellos mismos podrían sufrir si Bliss no proporcionaba detalles elaborados sobre una trama inverosímil. Para ello, tuvo que seguir generando testimonio escrito.
Aquí es donde su vanidad se apoderó de él. Era una persona muy culta con una memoria casi fotográfica. Aunque Bliss sufría a menudo dolores físicos y se sentía amenazado a diario, aún podía evocar sus recuerdos de obras clásicas y sus autores. Para quienes hoy duden de esta capacidad, les sugiero que consideren el caso del propio Abraham Lincoln. De adolescente y joven, el futuro presidente se enfrascaba en la lectura nocturna de Shakespeare y los escritores clásicos a la tenue luz de las velas. Los citaba con frecuencia de memoria, no solo en discursos posteriores ante la legislatura, sino también en el tribunal, donde Lincoln siempre recibía elogios como hábil litigante. La cuestión es que hubo toda una generación de hombres y mujeres como Bliss o Lincoln que, a pesar de la pobreza y el aislamiento, eran muy versados en temas literarios. Podían recurrir a su memoria para obtener anécdotas y aforismos que cubrían cualquier contingencia.
Así, aunque Bliss sufría bajo un miedo constante, poseía un sentimiento natural de independencia que nunca lo abandonó del todo. Se supone que hubo momentos desesperados en los que creyó que su situación era desesperada, pero en esas ocasiones, recurrió a su propio orgullo, a su exagerada autoestima, para superar los males del momento. Podemos observar esto en gran parte de sus escritos en esta, nuestra cuarta entrega de la Historia Secreta. De hecho, está presente en todas partes, incluso cuando atribuye a Washburn esos sentimientos de arrogancia característicos del propio Bliss.
En cualquier caso, aquí está la entrega de este mes:
Para que fuera reconocido como verso, era muy necesario que hubiese V. puesto al pie una indicación en este sentido, del mismo modo que los malos pintores tienen que ins-[página 20]cribirse bajo sus cuadros. “Este es un caballo, una casa, etc. Horacio dice que la pobreza le hizo poeta; V. puede descansar seguro que nunca le hará un bardo de V.! ¡Bien puede V. ser un “loco rematado”, pero no es poeta! “Ne sutor ultra crepidam”[1]; y V. nunca hallará la horma de su zapato en sus “versos”, cuyos sentimientos irreligiosos corren pareja con su ortografía, y no podemos menos de exclamar: ¡Qué blasfemia! ¡Y tan mal deletreada! ¡Debe Ud. “colgar sobre los sauces su malsonante arpa” y escoger alguna otra ocupación más adecuada a sus muy limitados talentos! Verbum sapienti!”
A pesar de tan benévola crítica, que tantas malas pulgas posó detrás de la oreja de nuestro pico de oro, y tan bruscamente se le daba en los hosicos [sic] con las puertas del templo de Parnaso, él se obstinó en creer de buenas a primeras, que el hacer versos, “ore retundo”, era tan fácil como el “comer queso”, y se consoló por tan injusta crítica con las reflexiones que “buen hueso nunca viene a buen perro”, y que “el mundo no sabe nada de sus más grandes genios”! En vez de resignarse al “coup de grace” que acababa de recibir, creyó siempre que “su corazón estaba preñado de fuego celestial”, y con sus piernas de “alcaraván zancudo” anduvo de imprenta en imprenta, buscando algún redactor compasivo, que quisiera abrir sus columnas al nuevo luminario poético. No habiendo podido encontrar mercado para su factura, la guardó sobre su corazón, hasta que, cuando llegó a ser él mismo redactor de periódico, pudo dar toda expansión a las “poéticas emociones” con que solía repetir la copla de Huntingdon:
Oh! I have loved in Youths fair vernal morn To spread Imagination’s wildest wing; The sober certainties of life to scorn, And seek the visioned realms that poets sing![2]
¡No podemos menos que compadecer a las infinitas cuitas de nuestro héroe en su busca de la “única cosa [página 21] necesaria” para el desarrollo de sus “admirables” proyectos! En efecto, una mala estrella le persiguió desde un “campo a otro” de sus “habilidades”, sin que, a pesar de los ningunos escrúpulos que tenía sobre los modos de medrar, haya jamás conseguido echar ni las primeras piedras de una fortuna semejante a las que fácilmente habían adquirido sus hermanos, en otros Estados, y sin que ellos hayan tenido la más mínima pretensión de ser fenómenos ni portentos. La célebre drama “Mrs. Parkington”, en su heroico combate con el Océano Atlántico, que invadía a sus puertas, y que ella pretendía echar, primero con una escoba y después con un cedazo, tuvo indudablemente más éxito que nuestro héroe en su lucha con “el mare magnum” de sus dificultades pecuniarias![3] No alcanzamos a explicar la “razón de sus sinrazones”, pero podemos asegurar que todos los esfuerzos de Washburn a emplumar su nido de su bolsillo, no tuvieron mejor resultado que los de la infeliz gallina que se vio defraudada momentáneamente de sus esperanzas de prole, en la anécdota siguiente, que nuestro desafortunado proyectista solía referir. Algún genio (quizá el mismo Washburn) inventó y sacó patente de monopolio por una especie de cimbra que llamaba el “Retroactivo Persuasor de Gallinas”, y cuya acción era la de retraer instantáneamente, del nido, por detrás, cada huevo que depositare la gallina. Esta, cuando saliera triunfante de su hazaña, y ya empezaba a cantar vítores, ¡se llenaba de asombro por ver que el huevo había desaparecido! ¡Entonces no tenía más remedio que volver a poner otro, y así por sucesivas desapariciones, la burlada gallina depositaría “diez o doce huevos en un solo día”, sin que quedase al fin y al cabo ningún comprobante de tanto esfuerzo!
Al fin, tanto se acostumbraba nuestro filósofo a ver defraudados todos sus proyectos, que él suele hasta el día compararse a sí mismo, en esta penosa época de su carrera, al hombre que había volado tantas veces en el aire, ¡por las frecuentes explosiones de vapores en el río Mississippi, que pudo decir “las explosiones no son nada después de haberse acostumbrado a ellas”![4] Así que una vez que cayó de las nubes [página 22] haciendo pedazos de la ventana de un zapatero. En un quinto piso, se puso inmediatamente en pie, y sacando su bolsillo, dijo al atónito hijo de San Crispin[5]: “Buenos días, ¡amigo! ¿Cuánto le debo a V. por daños y perjuicios a su ventana?” El zapatero, reprimiendo su sorpresa, examinó a la ventana y contestó, “cinco pesos”. “¡Cinco pesos! ¿Hombre, está Ud. soñando?” La semana pasada estuve en otra explosión, y bajé, despedazando una ventana mucho mejor que esta, ¡y no me cobraron sino tres pesos!”
En una ocasión, por aquel entonces, Washburn suele contar que habiendo oído que cierto banco había quebrado, él se inquietaba mucho temiendo que perdiera algo por la bancarrota. Salió a su casa, examinó su tesoro, y halló que no poseía notas de aquel banco, ¡ni de ningún otro! Y agrega: “me sentía aliviado de un gran pesar!”
Después de tres años de misceláneas ocupaciones, Washburn resolvió volver a California, el teatro de sus tan brillantes hazañas. En tres años se olvidan muchas cosas, mayormente en un estado de cosas tan transitorio como el que entonces reinaba en San Francisco.[6] Podía considerar, por tanto, que sus anteriores pecados quedarían archivados, y que tenía una nueva oportunidad de figurar en la política, en la nueva elección presidencial del año 1860. Además, sus camaradas antiguos le recibirían con brazos abiertos; como la gran gloria y esperanza de su círculo. Era verdad que no faltaría quien le echase en cara sus antiguos escándalos, pero algo se debía al sacramento de la penitencia, pues sabía muy bien que “los dioses son difíciles de conciliar; ¡dura cosa en restablecer el orden una vez derrocado!” ¡Sin cruz no hay corona! Y nuestro héroe formó el muy acertado propósito de reformar su conducta pasada. Acordóse [sic] de la copla de un poeta moderno, que cantó en tonos muy otros que los de nuestro héroe, que “los hombres pueden elevarse por los escalones de una vida enmendada a mejores puestos!”[7] No podemos [página 23] menos de aplaudir a tan heroica resolución; digna de mejor causa, y tributarla otra alabanza poética. “Cuando quiera que se obra una buena acción, cuando quiera que se conciba un noble propósito; nuestros corazones, aplaudiéndolo, ¡se levantan a más altos niveles”![8]
¡En verdad era admirable la constancia de nuestro moderno Proteo, en no desesperar nunca de su fortuna en medio de tanto y tan grandes reveses! Cual nuevo Anteo, cada vez que tocaba a la madre tierra, parecía alzarse más resuelto que nunca. Cualquiera otro hombre en su lugar se habría enloquecido o suicidado, pero Washburn es un ejemplo clásico de la verdad de la copla:
“Hope springs eternal in the human breast, Man never is, but always to be blest!”[9]
En vez de componer su carita a sufrir “las hondas y flechas de la fortuna ultrajada”, con el aspecto de la estatua de la “Paciencia sobre un momento, sonriéndose del dolor”, acordóse [sic] que corazón desfallecido nunca conquistó a dama bella, y supo al fin congraciarse con dama Fortuna quien, como es público y notorio, ¡siempre “favorece a los resueltos”! Si alguna vez la envidia de la próspera fortuna de sus otros cofrades mientras que él, el genio de los genios, estaba pospuesto a la segunda mesa del banquete, y se le sugirió aquello de que “al más ruin puerco, se le suele dar la mejor bellota”, pronto se consoló con sus favoritos versos de Tennyson:
“I can not hide that some have striven, Achieving hope, to whom was given The joy that mixes man with heaven; Who rowing hard against the stream, Saw distant gates of Eden gleam And did not dream it was a dream”![10][11]
[página 24] Ved pues, otra vez en viaje para California, a nuestro héroe, mediante un nuevo boleto de pasaje que le fue proporcionado gratis, pues al llegar, a principios de 1860, a San Francisco, Washburn, a la madura edad de treinta y cinco años (poco más o menos), ¡no tenía una onza en su bolsillo! Pero la fortuna ya estaba cansada de perseguirle, ¡y enseguida debía llover dorados favores sobre la afortunada cabeza del hijo pródigo, que había pasado por el crisol de tantos errores, humillaciones, peligros, tribulaciones y remordimientos! ¡En el corto espacio de un solo año nuestro empobrecido pero brioso héroe se puso en actitud de pretender (y al fin, alcanzar) altas dignidades del Estado![12]
Llegando a San Francisco, bajo las circunstancias ya mencionadas, nuestro arrepentido héroe, sin duda se apresuró a llenar un sagrado deber de la amistad, visitando las tumbas de sus difuntos cofrades y mártires de causa, que había pasado a peor vida, por la incisiva operación de la “Ley del Juez Lynch” administrada por las robustas manos de la temible Comité de Vigilancia![13] Echaría unas cuantas “siempre-vivas” a la memoria de sus compadres, pronunciaría con voz compungida el requiescat in pace, y sin duda, “derramó algunas lágrimas naturales, pero las enjugó pronto. ¡El mundo estaba abierto por su delante y podía escoger su teatro”![14]
¡Alea jacta est! ¡Ya se pasó el Rubicón! Nos causa una verdadera satisfacción poder constatar que nuestro arrepentido politicastro, “quemando a los ídolos que antes adoraba” y abrazando por primera vez una digna causa, la candidatura presidencial del tan malogrado cuan ilustre Lincoln, hizo verdaderos prodigios durante la campaña presidencial de 1860. Asociándose con nuevos y más dignos campeones de la misma causa, pero conservando bastante influencia con el bajo círculo a que antes había pertenecido, pues que “un poco de levadura fermenta la masa entera”,[15] [página 25] Washburn consiguió dirigir a favor de Lincoln una importante corriente de la opinión pública.[16] Fácilmente se olvidaron sus pasados errores en obsequio a su nueva utilidad, y conforme “hay más regocijo en el cielo sobre un solo pecador arrepentido, que sobre noventa y nueve justos que no precisan de arrepentimiento”, se celebró una fiesta de reconciliación entre Washburn y sus antiguos enemigos, pero ya nuevos cofrades, y se abrieron de par en par para nuestro héroe las puertas del paraíso de la política. Labor omnia vincit![17] Vd, pues, al quondam “caballero de la triste figura”, convertido en brillante y espléndida luz del Republicanismo, una luz no ocultada bajo un celemín, sino más bien, como “una ciudad sita sobre una peña, que no puede ser ocultada”, iluminando con refulgentes rayos a los más tenebrosos abismos de la metrópoli![18] ¡Quantum mutatus ab illo!
“¡Es camino largo que no da ninguna vuelta!” y esta vez, nuestro caballero Manchega había acertado a leer (y traducir al inglés) la inscripción del poste de guía “In media tutissimus ibis”![19] Aunque sean reglas generales que “conforme se dobla el arbusto, inclinará el árbol”, ¡y que “natura non facit saltum!”[20] es preciso admitir que algunas veces el carnero negro resulta ser la flor de la grey. Tan tremenda sarta de refranes nos ha sido sugerida irresistiblemente por el tan lúcido cuan sorprendente éxodo de la crisálida de tan menguado gusano. “¡Rissum teneatis amici! Nequaquam! Et ¿quid rides? natura abhorret vacuum!”[21] y pues nuestro héroe era el único Decio que se presentó para saltar impávido en medio de tan tremendo golfo, era preciso ipso facto, aceptar sus servicios y recompensarlos bien! “Las señales de agua no se cumplen en tiempo de seca”, y muchas pronosticaciones tienen que interpretarse como los sueños, ¡al revés!
Aunque nuestro olvidado talento privilegiado haya sido en lo pasado un pájaro de mal augurio, cabrón emisario de su etreulo [BORROSO], él ha cantado re[página 26]surjan, y ¿quién se atreverá a dudar que los dioses han revelado.[22] Él es un eminente y benemérito ciudadano que, según el poeta persa Háfiz [sic], “si el príncipe dice a medio día que es noche”, debemos contestar “bien, ¡vemos la luna y las estrellas”![23]
NOTAS
[1] No dejes que al pretendiente zapatero se le juzgue por una sandalia. Ver Plinio, Historia natural 35.35; y Suetonio, Tiberio 131.
[2] (N. del A.) Ah cuanto me he deleitado en la bella aurora vernal de la Juventud, de ensayar el más atrevido vuelo de la imaginación, despreciar las sobrias certidumbres de la vida, ¡y solicitar el fantástico imperio que cantan los bardos! Esta poema viene de D. Huntington, “The Treasure that Waxeth not Old”.
[3] “Sra. Parkington” era el seudónimo de Benjamin Penhallow Shillaber (1814-1890), un conocido humorista de la generación de Bliss y, como él, originario de Nueva Inglaterra. Fue el editor fundador de la revista cómica The Carpet-Bag, que publicó uno de los primeros bocetos de Mark Twain. Aludir a “Sra. Parkington” en este contexto no podría ser confundido por ningún norteamericano con otra cosa que una broma compartida. Citar un drama inexistente con este título es, por supuesto, en sí mismo una broma. Las obras de Shillaber están disponibles en formato de audio en el sitio web de Librivox: https://librivox.org/author/1733
[4] La explosión de barcos de vapor en el Misisipi fue, de hecho, un suceso poco frecuente, incluso durante los peores momentos de la Guerra Civil, cuando soldados confederados y simpatizantes desataron minas fluviales. A lo que Bliss seguramente se refiere aquí es a una excepción: la pérdida del Sultana, un barco de vapor con ruedas laterales construido en el Misisipi en 1863, que fue destruido dos años después en una explosión que cobró la vida de 1192 hombres. La mayoría de los muertos eran soldados de la Unión heridos que recientemente habían sido liberados de su cautiverio en los estados sureños derrotados. La pérdida del Sultana, que probablemente fue un accidente pero que pudo haber sido consecuencia de un sabotaje, suele considerarse el peor desastre marítimo de la historia de Estados Unidos.
[5] San Crispín, patrón de los zapateros y curtidores, fue martirizado en el año 285 o 286 d. C. durante el reinado de Diocleciano. Se le asocia a menudo con la batalla de Agincourt, que se libró el día de su festividad en 1415, y que Shakespeare inmortalizó de forma conmovedora en Enrique V.
[6] Esto representa otro intento de anticipar las supuestas fechorías de Washburn. Si era un delincuente en California, según la lógica, probablemente también lo sería en Paraguay. Pero lo cierto es que no lo era en California.
[7] (N. del A.) Men may rise on stepping stones / Of their dead selves to higher things. Tennyson, In Memoriam A.H.H., Canto I, líneas 45-47. Bliss cita mal el original.
[8] (N. del A.) Whene’er a noble deed is wrought, / Whene’er is spoken a noble thought, / Our hearts, in glad surprise / To higher levels rise! Longfellow, “Santa Filomena” (noviembre 1857). Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) fue el poeta más popular de Estados Unidos durante el siglo XIX. Escribió “Evangeline” (1847), “The Song of Hiawatha” (1855) y “Paul Revere’s Ride” (1860).
[9] (N. del A.) “¡La Esperanza brota eterna en el pecho humano: los hombres nunca son, sino que siempre esperan ser felices”! La cita viene de Alexander Pope, “An Essay on Man” (1733-1734).
[10] (N. del A.) “No puedo ocultar que algunos han luchado y conseguido su esperanza a quienes ha sido dado aquel regocijo que mezcla al hombre con el cielo; quienes remando fuerte contra la corriente, han vislumbrado el lejano brillo de las puertas del Paraíso, ¡y ni han soñado que era un sueño!” Esta cita proviene de “The Two Voices” de Alfred Lord Tennyson, escrita entre 1833 y 1834. Tennyson (1809-1892) fue muy admirado por la reina Victoria, quien recomendó que se le nombrara Poeta Laureado.
[11] Quizás valga la pena preguntarse aquí por qué los interlocutores de Bliss estarían dispuestos a tolerar todas estas digresiones literarias, que parecen interminables y que no tienen relevancia obvia para Paraguay, salvo para establecer a Charles Ames Washburn como un personaje sospechoso. Quizás deberíamos considerar una posibilidad interesante: mientras Bliss creía que necesitaba seguir escribiendo para sobrevivir, los fiscales necesitaban hacer lo mismo. Maíz, José Falcón, Juan Crisóstomo Centurión y los demás inquisidores eran hombres cultos, justo el tipo de personas que el Mariscal consideraba poco fiables. Si perseveraban en su tarea y mantenían a Bliss escribiendo, entonces ellos mismos podrían estar a salvo. En tal circunstancia, podrían volverse sorprendentemente tolerantes con las digresiones literarias, por absurdas o inapropiadas que fueran. Además, los fiscales conocían muy bien la vanidad del Mariscal y sabían que jamás admitiría no saber nada de Alexander Pope, Longfellow ni Tennyson.
[12] No siempre es fácil comprender cómo cambia la mentalidad de Bliss día a día, pero aquí parece creer que, si bien sus lectores dudarán de una mentira pequeña, creerán una grande. Esta presunción pone en su justo lugar la experiencia previa de Washburn con los justicieros de San Francisco en California.
[13] Aunque no son exactamente sinónimos, la Ley Fuga (en el sentido mexicano del término) podría ser la mejor aproximación en español a lo que los norteamericanos a veces llaman una “fiesta de corbata”. La película de Ted Post de 1968, “Hang ’em High”, que presentó al vengativo personaje del western de Clint Eastwood al público cinéfilo en general, ilustra el fenómeno con gran claridad.
[14] (N. del A.) The world was all before them, where to choose. Some natural tears they shed, but wiped them soon. Milton, Paraíso perdido.
[15] (N. del A.) Medicum fermentum-lotam massam corrumpit.
[16] La familia Washburn fue muy útil para el bando de Lincoln en las elecciones de 1860, pero Charles Ames Washburn fue el hombre menos influyente de los siete hermanos. Nadie en la escena política de Washington habría dicho lo contrario, y las pocas personas que se acercaron a Charles en busca de apoyo lo hicieron para acercarse a sus hermanos Elihu e Israel.
[17] Como hemos visto en más de una ocasión, Bliss a menudo insertaba frases en latín, en este caso una que significa “el trabajo lo conquista todo”, en su texto sólo para llenar espacio.
[18] Es peculiar en el español hacer abstracciones de lo que en inglés se expresaría únicamente en términos concretos; en este caso, los norteamericanos no considerarían los intereses del Partido Republicano de Lincoln como sinónimo de “republicanismo”. El término “republicanismo”, como se menciona regularmente en El Semanario, probablemente se percibiría en Estados Unidos como un contraste con el monarquismo, como una referencia a una ideología que favorecía la soberanía popular por encima de la voluntad de un rey.
[19] (N. del A.) En medio camino irás más seguro.
[20] (N. del A.) La naturaleza no da saltos. Bliss juega ligeramente con las palabras aquí; el término no significa que “la naturaleza no da saltos”, sino más bien que “la naturaleza no baila”, lo cual es discutible a primera vista.
[21] (N. del A.) “¿Podéis contener la risa, mis amigos? ¡De ningún modo! ¿Por qué reís? Pues la naturaleza aborrece un vacío.”
[22] (N. del A.) El hombre no puede ocultar lo que Dios quiere revelar. Campbell. El poeta escocés Thomas Campbell (1777-1844) fue rector de la Universidad de Glasgow. Bliss cita erróneamente a Campbell, quien escribió “no puede ocultar” en lugar de “no puede cubrir”.
[23] Khwaja Shams-ud-Din Muhammad Hafez-e Shirazi (1315-1390) fue el más importante de los poetas líricos persas, cuyos proverbios y dichos se memorizaban con frecuencia como la cumbre del arte literario. Se centraba en temas como el amor y la belleza, pero ocasionalmente se entregaba a la sátira política, como evidentemente hace en este caso. O quizás Bliss usa el nombre de Hafez para ilustrar un argumento universal que, con una mínima manipulación, podría utilizarse para condenar al mariscal López.
