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Home ARTÍCULO, HISTORIALa nieta del Mariscal que escribió la novela que Paraguay casi no conoce.

La nieta del Mariscal que escribió la novela que Paraguay casi no conoce.

May 25, 2026• byadministrador

Don Inca: de Ercilia López de Blomberg.

Por Prof. Beatriz González de Bosio.

Hija del Ministro de Guerra y Marina, Venancio López y Manuela Otazú Machaín, nacida en 1865 en Asunción. Ercilia era nieta de Don Carlos Antonio López y sobrina del primogénito Francisco Solano. Por orden de este, a los tres años de edad, abandonó la capital paraguaya con su madre y sus hermanos Venancio V. y Carlos, para formar parte de aquel grupo de peregrinantes que se dio en llamar las Residentas, mujeres que marchaban a prudente distancia del ejército en el calvario patrio. Concluida la hecatombe, Ercilia recala en Buenos Aires donde estudia en un colegio particular de Miss Colclough y Mrs. Brenan. En esa institución aprende idiomas y recibe una educación esmerada. Ya en su condición de patriarca de la educación argentina, el ex presidente Domingo Faustino Sarmiento fue a examinar a las alumnas y al tener ante sí a la paraguaya, exclamó: “Es curioso que en el corazón de Sudamérica haya salido una niña de este color y este cerebro.” Era tan distinguido el porte de Ercilia que al conocerla don Eduardo Madero, personaje de relieve en la sociedad argentina, dijera: “pobrecita”, y ante la inquisitoria de la orgullosa niña, don Eduardo tuvo que contestar: “Porque si la rueda de la fortuna hubiera girado a la inversa, serías casi una princesa.” Nunca perdió contacto con su patria de origen al punto que, una vez fallecida su madre, doña Manuela Otazú Machaín, Ercilia pasó a residir en casa del General Benigno Ferreira al cuidado de su esposa doña Carmen Mora, descendiente directa del prócer Fernando de la Mora. Ercilia casó con el ingeniero Pedro Blomberg, argentino descendiente de suecos. De ese matrimonio nacieron seis mujeres y un varón, quien siguió la impronta de la madre y se convirtió en el ilustre poeta Héctor Pedro Blomberg, cuya obra refleja abundantes temas paraguayos. Ercilia se inició publicando artículos para el prestigioso periódico porteño La Prensa a partir de 1915, cubriendo variados temas, desde la educación hasta cuestiones cotidianas de la vida porteña. En 1921 llegó a publicar en la revista El Monitor de la Educación Común un extenso ensayo gramatical sobre el idioma guaraní, complementado con un trabajo inédito sobre los “guaraníes originarios”. Ella era reconocida por haber mantenido una fluida comunicación en el idioma vernáculo.

La obra cumbre de Ercilia fue titulada Don Inca, y lleva fecha de publicación en 1965, pero había sido presentada en Buenos Aires en 1942, para un Concurso de Novelas Americanas, y quedó inédita. Lleva prólogo de su nieta María Celia Velazco Blanco. La nieta dice: “Este relato fue escrito por mi abuela. En mi infancia me hablaba interminablemente del Paraguay, ‘su’ Paraguay. Yo conocí al Paraguay en esas tardes lejanas en que se iba plasmando ‘Don Inca’ en la mente de su autora.” “Supe de su perfume, de las alboradas frescas en las viejas estancias, de los tipoys y corales de sus mujeres decidoras, de las noches de terciopelo bajo constelaciones increíbles. También supe, pero oscuramente, porque el corazón se cerraba y el pensamiento se apartaba tenaz de esos recuerdos, de campos de batalla, de niños que morían de hambre junto a los caminos, de casonas familiares saqueadas… y de estirpes en que no quedaban varones… o solo quedaban sombras que el amanecer encontraba en las galerías claras de las casas de campo, con los ojos clavados en el horizonte del recordado horror…” “Y vi la entereza del pueblo paraguayo, su valor y reciedumbre, en aquella mujer que quiso escribir, para que se leyera cuando ella ya no estuviera, su alegato personal contra las guerras y las revoluciones americanas que han desangrado y esterilizado durante tanto tiempo a nuestros pueblos.” Apenas había pasado la tormenta y comenzaba a esbozarse una débil reacción nacional cuando mi abuela regresó al Paraguay. Iba con su madre, doña Manuela Otazú Machaín, viuda del que fuera hermano y Ministro de Guerra de Francisco Solano López, Venancio López. Este momento histórico, hacia 1880, es el que evoca Don Inca: una nación que empieza a ponerse de pie, vacilante en medio de las ruinas, para iniciar su reconstrucción con el mismo indomable valor con que había luchado quince años atrás. Mi abuela no permaneció mucho tiempo en su patria; hubo de volver a Buenos Aires y al colegio inglés donde se educaba. Aquí también se casó y fundó el hogar en que nació su hijo, el poeta argentino Héctor Pedro Blomberg. Pero el Paraguay vivía y latía en su corazón, más querido cuanto más lejano, envuelto siempre en la luz misteriosa de la juventud y de la nostalgia, y encontró el camino del arte en este relato escrito décadas más tarde.” Es una novela americana y, a pesar de aparecer en 1965, encierra la sensibilidad y el espíritu de otras épocas… Junio 1965. María Celia Velazco Blanco

Identidad de los personajes que figuran en la novela DON INCA. Genoveva: La autora Mónica: Su prima Juanita Fernanda: Manuela Otazú Machaín de López, madre de la autora. Chepi: Inocencia López de Barrios, hermana del Mariscal López Rosalía: Rafaela López de Bedoya y en segundas nupcias de Acevedo Pedra. Narváez: Coronel Mesa Gabriel: Jesús María Carrillo Felipe: Manuel Augusto de Acevedo Pedra, segundo esposo de Rafaela. Froilán: Gral. Bernardino Caballero.

Con sus verdaderos nombres figuran: Dr. Stewart, médico Estigarribia: médico Don Baltasar: Estanciero Arué: Estanciero Conde D’Amelot, científico, y su esposa, amigos de la familia.

La novela comienza con la partida a la casa de campo antes de la salida del sol, faldas almidonadas y pies descalzos de las criadas que iban y venían. Valijas, canastos y candelabros de plata con velas encendidas. Todos bajaron y salieron a la acera, la ciudad sumida en solemne silencio. En la calle, delante de la casa, esperaba un extraño vehículo semejante a una pequeña habitación de madera con puertas y ventanas abiertas, montada sobre enormes ruedas y tirada por una yunta de bueyes; al lado del carretón había dos caballos ensillados. Los conductores de la carreta, provistos de largas cañas con puntas aguzadas, iban y venían en torno a los bueyes. Algunos subieron al carretón y se sentaron en sillones fijos de cuero labrado; dos jovencitas montaron en los caballos. Se oyeron despedidas y recomendaciones murmuradas en voz baja. Doña Ramona, la bizarra mulata, cerraba los portones. El carretón vaciló en una brusca sacudida, las pesadas ruedas hicieron crujir la arena y los bueyes emprendieron lentamente la marcha, acompañada del quejumbroso chirriar de las ruedas. Sobre la dormida ciudad se extendía un cielo oscuro constelado de estrellas rutilantes. Vibrante rumor de insectos y el aire saturado de un perfume penetrante que parecía el hálito de la vieja ciudad de Asunción. Luego de un tiempo de marcha, los viajeros vieron desaparecer las últimas casas de la ciudad y se internaron en la avenida que corría paralela al río.

De pronto alguien exclamó: “Téllez-cué.” Sugestionados por la tétrica fama de la “casa de los duendes”. El viaje continuaba al paso cansino de los bueyes, con un silencio solemne y una oscuridad profunda. De pronto empezaba a clarear y las estrellas comenzaron a palidecer. La avenida terminaba cortada por un arroyo angosto y profundo, y un concierto de pájaros saludaba la magnífica alborada. Sobre el fondo de árboles altísimos, detrás de los cuales se veía una loma alejada coronada de palmeras, se extendía el largo corredor enladrillado de un antiguo edificio bajo y enorme. En el corredor, junto a uno de los pilares que sostenían el techo, había un sillón de cuero labrado y una mesita sobre la que se veía un rosario de oro y un reloj de señora. Buenos días, Loi! ¡Cómo has crecido! ¡Casi no te reconozco! ¿Y la tía Rosalía? —preguntó Genoveva. De pronto salió a su encuentro una señora que la abrazó emocionada. Y aquella le dijo: la bendición, madrina.

¡Que Dios te bendiga! —exclamó la madrina—. Venimos todos: tía Rosalía, Mamá y tía Chepi con Lorenza, Mónica, Gabriel y yo hemos venido a caballo. Genoveva cuenta que ayer había estado Estigarribia, el médico, a ver a su madre. Este es un caso de mucha trascendencia literaria porque el Estigarribia médico actual había sido esclavo del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, quien tenía como médico de cabecera al Dr. Estigarribia original, un médico naturalista que atendió al Supremo Dictador hasta su lecho de muerte. El esclavo, en un caso de admiración e identificación, decidió dar continuidad al nombre y a la tarea del médico en cuestión. Asumió su nombre y la profesión del paradigmático personaje.

Si bien Ercilia era una eximia escritora de una capacidad lingüística notable para ir describiendo un ambiente del que se separó física pero nunca espiritualmente, sus descripciones son certeras y reflejan la época y el gran conocimiento de todo lo ocurrido. Permite al lector revivir aquellos días de la inmediata posguerra, con todos los particularismos que incluían la presencia de fantasmas en casonas señoriales como Téllez-cué, y otros donde la realidad y la fantasía conviven alegremente en un zigzag de emociones y episodios. En algún momento expresa: “Me encanta. Todo es interesante y extraño aquí; mis amigas de Buenos Aires no me creerían si yo les contara cómo se vive en casa de tía Rosalía. Solamente a una de ellas y a uno de mis profesores les hablo de estas cosas. Los dos comprenden.”

¿Y las personas, Genoveva? Como las casas, parecen tristes y con cierto misterio. También encuentro que este modo de vivir de mis tías es señoril y aristocrático. Aquí no veo ningún detalle mezquino: ni pequeñas compras, ni reprimendas al servicio, ni preocupación de los detalles.

¿Así es que todo te parece bien? No, todo no. Ni aquí ni allá. Hay detalles que no me gustan. Por ejemplo, en una casa de la categoría de la tía Rosalía no deben andar descalzas las sirvientas. Mira a Lorenza y Queli, siempre tan esmeradas y bien vestidas, con alhajas y chales de seda, ¡y descalzas! Si no fuera por eso serían perfectas. También la falta de comodidades para ir de un lado a otro. Dice tío Felipe que ha encargado dos coches: uno grande y otro chico, un break y un tilbury. ¿Y de qué se reían tanto anoche? Porque yo decía que aquí no se necesita ningún dinero, como que nunca se compra nada y siempre hay todo lo necesario. En Buenos Aires se compra algo cada vez que se sale a la calle. ¿Y tú qué compras? Cintas, guantes, pañuelitos, perfumes, libros, útiles para el colegio. Ambas quedaron calladas mirando las palmeras que balanceaban pesadamente sus abanicos en lo alto de la loma. Genoveva saltó al suelo y avanzó algunos pasos por entre los filodendros, apartando las grandes hojas con las dos manos cubiertas por largos guantes de hilo. ¿Qué hacemos ahora? —preguntó. Si quieres, podemos seguir el arroyo por esta orilla —repuso Mónica, poniéndose en pie—. ¿Y cómo volveremos? Volveremos aquí a cruzar el arroyo debajo de los sauces. De pronto llegó a los oídos un agudo silbido; se volvieron y vieron a Gabriel que se acercaba diciendo: ¡Buenos días! ¿En viaje de exploración, señoritas? Sí. ¿Vienes a pie? No, he venido de Asunción con Narváez. El coronel siguió a casa; yo até a mi caballo, que Loi vendrá a buscar. ¿Quieren regresar?

Sí, pero por el camino más largo, dijo Mónica. El paraje, muy agreste, era evidentemente poco frecuentado. No se veía ningún sendero. Es mejor volver al camino. Aquí ha de haber víboras.

Al oír pasos y voces, las víboras huyen; me lo ha dicho Tana. Y por precaución nos pusimos botas altas. De pronto oyeron una voz ronca que narraba en guaraní un cuento soez, y luego un coro de risotadas.

¿Y si son algunos malevos?

Nos respetarán porque le temen a tío Felipe. Y si son soldados, también nos respetarán porque lo quieren a Gabriel.

Desde allí se veía el río, con sus pequeñas olas cabrilleando al sol, sus verdes islotes, y a lo lejos, cerrando el horizonte, la oscura línea sinuosa de las copas de los árboles en las selvas del Chaco.

¡Qué paraíso! —exclamó Genoveva—. Al regreso el camino será largo y al sol. Ya es hora de ponernos en marcha, murmuró Gabriel. Apartaban las ramas bajas para abrir paso a las niñas, y les pasaban las manos para ayudarlas a saltar entre las lianas traidoras. Mientras avanzaban, cambiaban unas que otras frases, comentando el terreno que recorrían y la suave temperatura otoñal.

En la calle Ibiray, Gabriel y sus primas se despidieron. ¿Y quién es ese señor? —preguntó Mónica. No sé, dijo Gabriel; no parece ni español ni argentino ni uruguayo; habla como los del Pacífico. Ha de ser chileno.

Peruano, he oído decir. ¡Ah, con razón! Se parece a los tipos americanos de los libros de geografía. ¿Verdad que se parece a un Inca? ¿Has visto un grabado que representa a Atahualpa con la mano levantada, ofreciendo a los españoles llenar de oro y plata una enorme sala, si les devolvían la libertad? Bueno, es el Inca Atahualpa el que me hace acordar a este señor.

Los Incas eran los emperadores del Perú, antes de que los españoles conquistaran América. Atahualpa fue muerto por los españoles. El conquistador Pizarro se casaría posteriormente con la hermana de Atahualpa, generando un mestizaje biológico cultural.

Mónica soltó el brazo de su prima y subió al corredor de la casa. Niñas, dijo Rosalía, pronto será hora de sentarse a la mesa y el paseo las ha desaliñado. Cada época tiene sus bienes y sus males. ¡Bien dicho, Fernanda! Dicen los hombres de estudios que estamos aprendiendo a ser libres, y ese aprendizaje se paga caro, así parece, replicó Narváez, volviendo a su jovial serenidad habitual.

Después de una pausa continuó: ¡Sí, señora! Nos habíamos acostumbrado a aquel respeto de la propiedad de los viejos tiempos del Primer Presidente y echamos de menos aquellas seguridades. Pero también aquellos tiempos tenían sus cargas, y no tan livianas. Tenemos que recordar eso para ser justos. ¡Aquellos estancos! ¿Y los diezmos a la Iglesia? Mi hermano era rematador de diezmos y ganaba muy buenas comisiones. El Narváez de la novela hizo luego una curiosa descripción de la vida de los viejos tiempos anteriores a la guerra: “Cuando el Primer Presidente me mandó con una beca a estudiar a Inglaterra, ese mundo nuevo que yo veía me hizo querer doblemente a esta Patria que estaba tan rezagada todavía. A la muerte de mi padre, Ud., que era su amigo y su albacea, liquidó y me remitió el producto de sus bienes, que aquí parecía mucho y allá no era nada. Pocos meses después estallaba la guerra. Era imposible llegar hasta aquí cruzando los países enemigos. Me quedé allá. Ya no teníamos becas los estudiantes que habíamos sido olvidados por don Francisco, el Mariscal. Viví, estudié y viajé como pude, con mi pequeño haber, y ayudé a los compatriotas cuando era necesario, pero tuve ocasión de ver y aprender muchas cosas, pues esa fue época importante en Europa también. En cuanto fue posible regresé a la Patria. ¡Ah, lo que encontré aquí! Era el año 1871.” El Narváez de la novela, en la vida real, era el coronel Mesa. María Josefa, con su espíritu de inflexible equidad y su criterio justo pero estrecho, solo admitía que había leyes protectoras de la propiedad y se negaba a reconocer las dificultades de su aplicación. Su carácter petulante sufría con las frecuentes derrotas que le ocasionaba su no muy sabia administración. Su marido, valiente y leal, había sido poco afortunado al frente de su bravo regimiento y cayó en desgracia. Al tener la evidencia de su fracaso, se había suicidado. Al saberlo, Chepi sufrió una conmoción cerebral. En cuanto pudo, se puso en viaje. Fue citada ante el Tribunal de Sangre, que no guardaba consideraciones. Partió con su hijito, que tendría la edad de Genoveva, y dejó a Mónica al cuidado de Rosalía, que también acababa de perder a su marido. El niño enfermó de sarampión durante el viaje y murió a la intemperie en brazos de la pobre madre.

En medio de su dolor, María Josefa tuvo que hacer ante el Tribunal de Sangre la defensa de su marido, injustamente tachado de cobarde y traidor, y en medio de una frase se sintió acometida de una intensa fiebre y fue preciso retirarla delirante y sin conocimiento. Llegó la noticia de que el enemigo avanzaba y hubo que levantar campamento. María Josefa fue abandonada y olvidada. Unas pobres mujeres consiguieron llevarla cerca de la estanzuela de don Baltazar Gamarra, donde fue atendida y quedó hasta que la guerra hubo terminado.

La casa de campo, propiedad de Rosalía, era la residencia de verano de ambas hermanas, y en Asunción la casa de alto edificio, amplio y señorial y relativamente moderno, de propiedad de María Josefa, era la residencia de invierno. María Josefa carecía de pequeñez. ¿Y la campaña, quedará así, abandonada a los forajidos? —preguntó. Por ahora. Hay que admitir que, al fin de cuentas, no son tantos ni tan graves los desmanes como se podría temer, dadas las circunstancias, dijo el coronel.

¿Le parece a usted que es cosa poco grave para mí la ruina de San Joaquín? Mandaremos algunos caballos a Ñu-Ibaté, dijo Felipe, cambiando una mirada a su mujer. Vamos a la mesa, dijo el dueño de casa, poniéndose en pie al oír las campanadas del mediodía en el reloj del comedor.

Mientras almorzaban, el coronel preguntó a las niñas cómo les había ido el paseo. Muy bien, replicó Mónica, aunque Genoveva tuvo miedo de los vagabundos y de las víboras.

En las barrancas nos hemos encontrado con el señor que vive en Téllez-cué. Vi al cónsul inglés conversando con un señor en el corredor. A ese señor lo vieron en el tren con el Conde de Amelot. He encontrado aquí naturalistas, misántropos, artistas y aventureros de toda clase. Tengo entendido que se trata de un misántropo.

Felipe, en Ñu-Ibaté, tanto como en la casa de campo y en su residencia de Asunción, había recibido hospitalariamente a todo extranjero educado que hubiera venido al país. Y entre sus amigos extranjeros distinguía principalmente a dos que se habían radicado en el país; uno era austriaco a quien hirió, casi en la vejez, un drama de familia. Se fue desesperado a Trieste a embarcarse en el primer vapor que zarpara. Llegó a un puerto de Italia, volvió a embarcarse al azar y llegó a Buenos Aires y, posteriormente, llegó a Asunción. La realidad descripta incluye también los tristes episodios de posguerra: saqueos y robos de casas particulares, oficinas gubernamentales, templos y sepulcros. El texto nos traslada a aquella era donde aparecen todos los personajes significativos en un ambiente que había superado los desencuentros de la guerra para hacer emerger un futuro de concordia y entendimiento, nada mejor retratado que en el matrimonio de Rafaela López Carrillo con el coronel Acevedo Pedra. También incursiona en el relato con el seudónimo de Froilán el personaje central de toda la Reconstrucción, Bernardino Caballero, quien, sin renegar de su pasado guerrero, aceptó los nuevos tiempos de mayor libertad, ya en un ambiente republicano imperfecto pero efectivo, donde la ciudadanía ya no era víctima de opresión por parte de caudillos.

El enigmático personaje Don Inca es el dueño de un establecimiento en el cerro Téllez, y su comportamiento, así como sus características étnicas, lo presentan como un originario de estos parajes. Y para cuya ventura en el futuro se expresaban las esperanzas de un nunca más a la guerra ni a los enfrentamientos violentos. Esta era la tesis central de la novela que, revirtiendo a la narrativa del pasado violento, aspira y pregona un porvenir de mayor armonía.

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