Charlotte Por Martín Venialgo.
“Las revoluciones comienzan por la palabra y terminan por la espada.” — Jean Paul Marat
El padre de Charlotte le agradeció a la monja de aquel monasterio de Caen el privilegio de que aceptaran a su hija en tiempos revolucionarios. La muerte de su esposa hacía que le resultara imposible cuidar de sus hijos, pero su origen gerondino y temeroso de Dios hacía que las religiosas aceptaran a Charlotte. Antes de despedirse, el padre hizo un aparte y le dijo:
—Mira, Charlotte, en este monasterio vive Dios, o por lo menos debería vivir, pero los jacobinos están en estos lados, incluso infiltrados entre los siervos de Dios, cuídate.
El padre la tomó de la mano y la dejó a las órdenes de Sor Yvonne, dio media vuelta y se alejó por la portada principal. Esa fue la última vez que Charlotte lo vio.
Los días pasaban entre oraciones y ayunos que servían para curar los pecados terrenales, pero las noticias que llegaban de la revolución eran inquietantes. Pese a que varios países se unieron para derrumbar la revolución, esta estaba triunfando y volviéndose más dura.
La hermana Yvonne reunió a todas las novicias y en un pizarrón escribió el nuevo calendario que la Asamblea Nacional había promulgado: ahora había trece meses que suplantaban a los doce meses del calendario gregoriano.
—Novicias, les comento que me llegaron noticias de que la Asamblea Nacional puede promulgar una ley por la cual van a cerrar todos los monasterios. Ante esta situación, deberían empezar a pensar adónde ir, esto va a suceder irremediablemente.
Charlotte fue a su habitación, acongojada, y se puso a llorar por las malas nuevas. En ese instante entró su compañera de cuarto, Loana, cuyo mayor mérito, según ella, era haberse acostado con varios hombres antes de entrar al monasterio. La miró fijo y le dijo:
—¿Por qué estás llorando?
—Dios nos ha abandonado, podemos terminar fusiladas.
Loana la tomó del cuello y la puso contra la pared, le gritó en la cara:
—Dios no tiene tiempo para perder con nosotras o con tu padre, que es un usurero; tiene cosas más urgentes que hacer en este país esclavizado por siglos.
—¡Él no nos puede abandonar así!
Loana volvió a la carga.
—Nos van a echar a todas a la calle y no sabemos hacer nada, solo rezar. Vamos a tener que chupar penes y vaginas para poder sobrevivir.
Charlotte se apartó de Loana y salió corriendo de la habitación, llegó a una puerta del convento y salió al patio; llovía intensamente. Fue hasta la capilla gritando, pero estaba cerrada. Se recostó contra la pared mientras la lluvia la mojaba. Así pasaron los minutos y ella se quedó dormida.
Charlotte abrió los ojos y se encontró con la mirada inquisidora de Sor Yvonne. Se levantó a duras penas; estaba toda empapada por la tormenta.
—Sor Yvonne, estoy pasando por una crisis: creo que Dios me ha abandonado.
Sor Yvonne la tomó del brazo y la condujo al granero; allí les ordenó a los empleados que esparcieran los marlos de maíz en un rincón. Le pegó una cachetada a Charlotte y le gritó:
—¡Dios está siempre con nosotras! Te vas a arrodillar sobre los marlos de maíz de penitencia y vas a rezar hasta que yo vuelva.
Charlotte rezó desesperadamente en busca de Dios, alguien que evidentemente no se hacía encontrar tan fácilmente. Al rato, Sor Yvonne hizo su entrada, pero iba con dos guardias de la revolución. Le ordenaron que se levantara y le preguntaron su nombre. Una vez que contestó, el guardia principal le informó que la Asamblea Nacional ordenó confiscar todas las propiedades de la Iglesia Católica y le puso la escarapela tricolor de los revolucionarios.
—A partir de ahora, usted es la ciudadana Charlotte Corday. Su obligación es defender a la revolución.
Salieron del granero y en el patio estaban las otras novicias con sus bártulos a cuestas. Ella fue a buscar sus pocas pertenencias y se unió a sus compañeras. Salieron a la calle y allí Loana le preguntó adónde iba a ir, a lo que Charlotte contestó que buscaría alojamiento en lo de su tía Gertrude. Loana le dijo que iba a un burdel del barrio bajo.
—Estás invitada si quieres venir, muchas novicias me van a acompañar.
Charlotte agradeció el convite, pero lo descartó. Se despidió y fue al barrio de su tía, llegó a la casa y en el frente había un cartel: LA REVOLUCION ES ETERNA.
Golpeó la puerta con desesperación. Cuando le abrieron, vio a su tía con cara de sorpresa.
—¡Charlotte! Bienvenida.
Pasó raudamente a la estancia; su tía le trajo un vaso de agua.
—Tu padre se fue a los Estados Unidos de América, no sabemos nada de él.
Tomó despacio, de a sorbos, el agua.
—Tía, no tengo dónde quedarme, quería ver si lo puedo hacer aquí.
Su tía le dijo que sí, pero que había que ganarse el sustento en tiempos tan difíciles y sobre todo ella, que enviudó hacía una década. Charlotte le dijo que iba a ayudar en el mercado, donde ella proveía alimentos de granjas.
Todavía no amanecía, pero ya Charlotte y su tía estaban viendo las mercaderías que un proveedor había traído de su granja.
—Ciudadanas, tengo huevos silvestres de codorniz, pescado de arroyo y este porcino Landrace, un verdadero pura sangre.
La tía le recordó al granjero que los títulos reales se habían eliminado aun para los porcinos y le regateó el precio. Finalmente, llegaron a un acuerdo y ellas cargaron su carro y enfilaron para el mercado central. Al llegar, un aroma de frituras excéntricas inundaba el lugar. Al rato llegó un contingente de guardias revolucionarios que llamó a que los mercaderes se acercaran.
—¡Ciudadanos! Les voy a leer una proclama del ciudadano Marat.
La proclama daba la lista de los que iban a ser guillotinados el domingo en la plaza central y arengaba a que todos delataran a los contrarrevolucionarios. Charlotte y su tía se miraron y comprendieron que la revolución se iba radicalizando.
Pasaron los días y el sufrimiento aumentaba; nadie se sentía seguro. Una noche, Charlotte se sentó y escribió una esquela para su tía. Allí le explicaba que se iba una temporada a París para ver si Dios estaba allí porque en Caen no estaba. Dejó la esquela y silenciosamente salió de la casa con alguna muda de ropas, miró hacia el cielo y vio una estrella fugaz que la invitaba a su travesía.
En el camino a París se encontró con el ejército revolucionario que había derrotado a los prusianos, algo que no estaba en los cálculos de nadie. Vio a los prisioneros prusianos en fila, con sus vestimentas elegantes que contrastaban con los harapientos revolucionarios. Desde una carreta con mujeres, la invitaron a subir.
—¿Van a París? —preguntó Charlotte.
Las mujeres respondieron de manera afirmativa; todas estaban con la escarapela de la revolución en el pecho y sus fusiles, cuyos caños brillaban por el sol del mediodía.
—No me explico cómo se les ganó a los prusianos; es el mejor ejército de Europa.
Una revolucionaria de nombre Margot respondió:
—Ellos luchan por un rey y nosotros luchamos por el pueblo, no hay ejército que pueda vencernos.
La caravana victoriosa siguió su camino. Antes de llegar a París, encontraron un convento ardiendo, en cuyas afueras había colgados varios sacerdotes. Las revolucionarias celebraron descargando sus fusiles al aire.
Charlotte se ubicó en un bodegón cerca del centro de París y esa noche, hasta tarde, escribió una extensa carta a Jean Paul Marat pidiéndole una audiencia para darle nombres de traidores a la revolución en Caen. Sumamente cansada, se quedó dormida en el escritorio. Por la mañana, la despertó alguien que golpeaba la puerta. Sobresaltada fue a ver quién era y se encontró con el fontanero.
—Ciudadana, dentro de un rato habla el ciudadano Robespierre en la Plaza de la Concordia, supongo que a usted puede interesarle.
Ella asintió, se acicaló y se dirigió a la plaza, donde había una multitud. Mientras se abría paso hacia el palco, un soldado de la revolución la tomó del brazo y la detuvo: de una canasta quitó un gorro frigio y se lo puso a Charlotte en la cabeza. Ella siguió su camino hasta quedar frente al palco y en ese instante apareció en escena Robespierre, acompañado por Danton y Saint Just. La multitud estalló en aplausos y loas y ella buscó en el escenario a Marat, pero no lo encontró. Robespierre pidió silencio y comenzó un discurso. Al final, Saint Just le entregó una proclama: eran los traidores que iban a ser guillotinados al día siguiente.
Charlotte se abrió paso para volver a su bodegón. Frente a una iglesia que estaba tapiada por los revolucionarios, se sentó en la escalinata y se largó a llorar. Se dio cuenta de que Dios no estaba en Caen y tampoco en París.
Las calles tenían la monotonía de un día cualquiera y Charlotte iba rumbo a la imprenta de Marat. Al llegar al lugar vio gran movimiento de los obreros que se dedicaban a la impresión del tabloide revolucionario. Ella entró al recinto y miró para todos lados, sin poder divisar a Marat, hasta que una señora le preguntó que estaba haciendo allí. Ella le contestó que quería hablar con Marat, a quien había escrito una esquela con nombres de enemigos de la revolución. La señora le contestó que iba a ser imposible hablar con el revolucionario, ante lo cual Charlotte alzó la voz diciendo que tenía información vital para la revolución. Al instante se escuchó una orden proveniente de una habitación contigua. La señora fue hasta allí y volvió:
—Pase, tiene cinco minutos para conversar con el ciudadano Marat.
Al entrar, vio a Marat en su bañera, donde pasaba la mayoría del tiempo debido a su enfermedad de la piel; usaba una tabla como escritorio.
—Ciudadana Corday, he leído su esquela. Le prometo que se impondrá el castigo correspondiente a esos traidores.
—Pero hay que hacerlo rápido —dijo Charlotte—, los contrarrevolucionarios están preparando un golpe.
Marat le hizo un gesto para que se acercara: tenía una duda con respecto a un nombre en la esquela de Charlotte. Ella se acercó hasta una distancia corta, sacó un cuchillo y se lo clavó en el pecho a Marat. Él pegó un alarido y los obreros entraron a ver el escenario sangriento. Charlotte permanecía imperturbable al lado de la bañera y los obreros se abalanzaron sobre ella, que no opuso resistencia. La llevaron hasta un destacamento militar y los guardias la encerraron en la cárcel donde estaban los enemigos de la revolución: la Bastilla.
El juicio de la Asamblea Nacional fue breve y lapidario: Charlotte iría al día siguiente a la guillotina. Ella se mostró tranquila en todo momento; sentía que había hecho una acción en pos de la libertad y la pacificación del país. Al otro día fue sacada de la prisión y, al pasar por el corredor, los presos la felicitaban y la insultaban. Los guardias de la revolución la subieron a un carro descubierto; allí fue paseada frente a la multitud que la insultaba y le tiraba escupitajos, tomatazos y todo lo que tuviesen a mano. El día estaba espléndido y la Plaza de la Concordia rebosaba de gente, una multitud pocas veces vista.
Los guardias la bajaron del carro entre los insultos de la gente y el verdugo oficial de París, Charles Henri Sansón, hizo un gesto para que la subieran a la tarima. Al estar frente a la multitud, miró hacia el cielo como buscando algo y no lo encontró. El verdugo le dijo:
—Ningún sacerdote se ha presentado para darle la extremaunción, así que, si tiene algún último deseo, me lo dice.
—Quiero que guarde mi cabello para dárselo a mi tía Gertrude, si lo reclama.
El verdugo cortó la coleta de Charlotte y se la mostró a la multitud, que rugió pidiendo que se apurara la ejecución. En ese instante, Charlotte gritó con toda su fuerza.
—¡Dios mío! ¡No me abandones en este momento en el que tanto te necesito!
El grito retumbó en aquel espacio y pareció rebotar contra los edificios públicos. La multitud guardó silencio por un instante como aturdida, pero pasado ese momento inexplicable pidió que la ejecución siguiera. Los guardias la pusieron cabeza abajo en la tabla móvil y pusieron su cabeza en el lugar exacto donde caería la guillotina; ella trató de distinguir algo que se empezaba a ver en el cielo, pero la cuchilla terminó con su visión.
El verdugo se presentó a Robespierre para entregar el informe de la autopsia de Charlotte Corday y el líder revolucionario le consultó si había algo extraordinario.
—Hay un dato interesante que contradice muchas especulaciones: era virgen.
