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Home CUENTOUn cuento que no es para niños: la bruja del barrio cobra su venganza con azúcar y malicia.

Un cuento que no es para niños: la bruja del barrio cobra su venganza con azúcar y malicia.

February 28, 2026• byadministrador

Dulce venganza.

Por Ronnie Camacho Barrón

Mudarse a una nueva casa nunca es fácil; no solo se trata de volver a empezar tu vida en otra escuela o trabajo, sino también de las dificultades que esta conlleva, siendo un problema habitual en cada una de nuestras mudanzas el tener que lidiar con los vecinos molestos que no aprueban nuestro estilo de vida, pero pronto eso dejará de ser así.

—Cariño, ¿sabes qué es lo más importante a la hora de hornear unos buenos hombrecitos de jengibre? —me pregunta mamá mientras se pone el delantal sobre su suéter navideño.

—No lo sé, Ma, ¿el amor?

—No, mi vida, aunque el amor es clave —acaricia mi mejilla mientras dice eso—. Lo más importante son las proporciones; un buen hombrecito de jengibre no debe ser ni muy crujiente ni muy endeble; se debe encontrar un punto medio para que cada mordida sea una potente y agobiante experiencia.

—Entiendo, ¿qué es lo que necesitamos para prepararlos?

—Ok, si no mal recuerdo, ocupamos huevos, mantequilla sin sal, azúcar morena, dos cucharaditas de jengibre molido, sal y nuez moscada —responde, y uno a uno depositamos los ingredientes en un tazón de cristal para luego comenzar a batirlos.

El resultado es una mezcla color café cartón que desplegamos sobre una bandeja de metal hasta cubrir el último rinconcito, para después darle forma con los moldes. Dándonos un total de doce hombrecitos que metemos al horno, y cuando termina el proceso de horneado, los separamos: diez para merendar después y dos que serán parte de nuestro plan de venganza.

—Muy bien, mi niña, es hora de comenzar con el ritual.

Mamá lleva las dos galletas seleccionadas a la ventana frente al fregadero, desde la cual tenemos una vista perfecta de la sala de estar de los Núñez, los vecinos que nos han hecho la vida imposible desde que nos mudamos.

—¿Estás lista?

—Desde el día en que nací.

—Excelente, escoge el que tú quieras.

Me da a elegir entre los anteojos del señor Núñez o el labial de su esposa.

—Yo quiero el labial de la señora; sigo enojada con ella por arrojar los excrementos de su perro a nuestro jardín.

—Sí, también estoy molesta con ella, pero al menos ataca de frente, no como el hablador de su marido. ¿Solo porque es el jefe de la comunidad de vecinos pensó que no le iba a cobrar la lectura de cartas? No me ha bajado de bruja desde entonces, pero ya verá lo que una bruja enojada puede hacer.

Mamá saca de un cajón los materiales que necesitamos: un lazo y una vela.

—¿Aún recuerdas la oración para el hechizo?

—Sí.

—Muy bien. Pon la vela sobre el marco de la ventana y corta dos tiras de lazo, entregándome una, y con ella enredo el labial de la señora en uno de los hombrecitos que horneamos, mientras recitamos el siguiente sortilegio:

“Con el alma humilde y el corazón abierto, convocamos a los espíritus de las hermanas caídas, las cazadas y las perseguidas para suplicar su favor; permítannos atar las almas de los que nos hieren a estas efigies, que lo que les pase a ellas lo resientan ellos, que su agonía perdure hasta que mendiguen perdón.”

Apenas terminamos de pronunciar el hechizo, un fuego verde enciende la vela, siendo la señal de que la atadura ha surtido efecto.

Para probarlas, mamá llena un vaso de leche y deja caer su hombrecito dentro. Es entonces que el señor Núñez, que estaba viendo muy tranquilo la televisión, se levanta de su asiento para comenzar a escupir borbotones de leche.

—¡Gordo, ¿qué te pasa?! —grita su mujer, quien intenta auxiliarlo, pero al ver que nada puede hacer, juntos salen de la casa para pedir ayuda.

—¡Haz que se calle! —ordena mamá, y de un tallón borro la boca de mi galleta, haciendo que se cierre la de la señora Núñez, impidiéndole seguir gritando.

—Muy bien, es hora de terminar con esto.

Salimos de la casa para ir con ellos.

—Veo que tienen problemas, vecina —dice mamá haciéndose la desentendida, y como respuesta la señora Núñez asiente desesperada.

—¿Quiere que terminen?

El miedo en los ojos de la señora es sustituido por confusión, y para explicarse, mamá saca la cabeza de su galleta de la leche y al instante el señor Núñez deja de escupir el blanquecino líquido.

La señora lo entiende y, aun con los labios pegados, su voz ahogada pronuncia la palabra “¡bruja!” antes de arremeter contra nosotras, mas la detengo al romperle una de las piernas a mi hombrecito, haciendo que el daño surtido se refleje en ella.

—Se los vuelvo a decir, si quieren que el sufrimiento termine, lo único que deben hacer es pedirnos perdón y jurar respetarnos a nosotras y nuestro hogar. ¿Qué dicen?

—¡Per… perdón, juro que jamás volveré a hablar mal de ustedes! —se apresura a decir el señor Núñez.

—Está perdonado.

Mamá vuelve a dejar caer su galleta en la leche, pero en esta ocasión no le ocurre nada al hombre; la disculpa ha roto su atadura.

—¿Qué hay de usted? —pregunta a la señora, la cual responde entrecruzando sus manos para suplicar perdón.

—¿Lo ve? No fue tan difícil.

Mamá la ayuda a levantarse.

—Gra… gracias, vecina —dice la mujer temblorosa apenas recupera su voz.

—No lo agradezca, para eso estamos los buenos vecinos, y para que vea que dejamos todo rencor de lado, le obsequiamos esto.

Con un movimiento de cabeza, mamá me da la señal.

—Aquí tiene —le entrego a la señora Núñez mi hombrecito.

—Tómenlo como una muestra de buena voluntad. Después de todo, si esto vuelve a repetirse, sin problemas podemos hornear muchas más —amenaza mi madre con una amplia sonrisa.

—No será necesario, se lo prometo —asegura el señor Núñez.

—Eso espero. ¡Feliz Navidad, vecinos!

Tras despedirnos, regresamos a casa satisfechas, pues ahora tenemos la certeza de que nunca más tendremos que volver a mudarnos.

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