Paz infinita
Por Delfina Acosta
Junto a la sombra de una escultura funeraria, un sepulturero de rostro viejo como la Tierra me observó. Con voz fatigada me preguntó a dónde vamos cuando morimos. «¡Ya cavaste la tumba, ahora afuera! Que caigan en ella los distraídos, el esqueleto del tiempo, la osamenta anónima, la hojarasca barrida por el viento; a disfrutar aprisa del resto del día», le ordené. Insistió como quien naufraga en el abismo de la reflexión: «¿A dónde vamos cuando morimos?». «A la paz infinita», le dije y me dirigí hacia la salida del recinto para no ser contagiada por su tristeza. Un jazmín giró en el aire de la media tarde y trazó una rúbrica divina.
Visited 2 times, 2 visit(s) today
