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Home ARTÍCULO, HISTORIAEl libro más extraño de la Guerra Guasu: cómo un diplomático estadounidense escribió propaganda lopista para salvar su vida y la convirtió en sátira.

El libro más extraño de la Guerra Guasu: cómo un diplomático estadounidense escribió propaganda lopista para salvar su vida y la convirtió en sátira.

February 28, 2026• byadministrador

Selecciones de La Historia secreta de Porter Bliss parte uno.

Por Thomas Whigham.

Este artículo fue publicado originalmente en El Nacional Cultura (Asunción) el 16 de noviembre de 2025, bajo el título «La “Historia secreta” de Charles A. Washburn, por Porter Bliss: Primeras páginas». Se reproduce aquí con autorización del autor y de la publicación. Puede consultarse la versión original en: elnacional.com.py

Quizás el libro más extraño —y, al mismo tiempo, menos conocido— producido durante la Guerra Guasu fue la Historia secreta de la Misión del ciudadano norteamericano Charles A. Washburn, cerca del Gobierno de la República del Paraguay por el ciudadano americano, traductor titular (in partibus) de la misma Misión, Porter Cornelio Bliss BA (¿Luque?: Imprenta Nacional, 1868). Esta obra, escrita por un miembro bien ubicado de la legación norteamericana en Asunción, pretende contar la historia de cómo el ministro de los Estados Unidos se confabuló con paraguayos desleales para derrocar al mariscal López durante las peores etapas de la campaña de Humaitá. Dado el carácter dramático de esta afirmación, no es de extrañar que la Historia secreta atraiga tanta atención por parte de los lectores de las generaciones posteriores, y esto a pesar de que no es un relato veraz.

Conozco bastante bien el libro. Hace unos seis años, consideré publicar una nueva edición anotada para que los lectores paraguayos pudieran decidir por sí mismos dónde encajaba la Historia secreta en su historiografía nacional. Desafortunadamente, se produjo una serie de contratiempos, uno tras otro, que arruinaron mi proyecto. Por un lado, me llevó tiempo conseguir una copia completa de la obra (el ejemplar en la Biblioteca Nacional está incompleto en aproximadamente un tercio); tuve la suerte de encontrar una versión entera en la New York Public Library, pero luego me llevó más tiempo fotografiar y transcribir los materiales. Posteriormente, una serie de problemas financieros inesperados afectaron gravemente a la editorial, seguidos del impacto catastrófico de la pandemia de Covid-19. Finalmente, por si todo esto fuera poco, el disco duro de mi computadora sufrió una falla grave; perdí una parte sustancial de lo que había copiado originalmente, junto con esas anotaciones, y una introducción biográfica que había escrito sobre Porter C. Bliss, el desafortunado autor de la Historia secreta.

Espero que los lectores me perdonen por haber decidido dejar el proyecto de lado ante lo que parecía ser una constante maldición contra mis esfuerzos por arrojar luz sobre esta importante, pero profundamente problemática, obra. Dicho esto, aún conservo algunos de los materiales que reuní en aquel entonces y que puedo compartir hoy con los lectores para que al menos puedan disfrutar de este peculiar libro.

Lo lograré recapitulando las primeras siete páginas, incluyendo mis anotaciones. Esto dará una idea tanto de lo que Bliss escribió como de la manera en que yo intenté explicar sus aspectos más complejos. Más adelante, si los lectores desean conocer más, puedo proporcionar más fragmentos, pero deben recordar que hoy solo conservo una parte de lo que una vez tuve a mi disposición. Para comprender mejor la Historia secreta, otros investigadores tendrán que dar un paso al frente para realizar el trabajo. Y espero que la maldición no los persiga.

Permítanme ofrecerles algunos antecedentes. Para 1868, el conflicto de la Triple Alianza había dado un giro dramático contra Paraguay. A pesar de las adversidades, el mariscal Francisco Solano López aún resistía, confiando en la lealtad de su ejército para, de alguna manera, triunfar. Sin embargo, era irracional que albergara un atisbo de optimismo. Un tercio de sus tropas había caído en Brasil y el norte de Argentina, y otro tercio había sido aniquilado desde entonces. Las fuerzas supervivientes estaban compuestas por los «heridos que caminaban», ancianos y adolescentes; ningún observador imparcial creía que semejante ejército pudiera prevalecer jamás. El honor había sido satisfecho; ¿por qué no podía reconocerlo y rendirse?

La respuesta es bastante sencilla: la guerra continuó porque el mariscal López había convertido a Paraguay en una República de la Mente. Sin importar cuántos hombres y niños murieran, si lograba que sus tropas paraguayas ajustaran su forma de pensar, aún podrían ganar. Por lo tanto, lo único que podría obstaculizar su victoria sería que su propio pueblo pensara negativamente. Los «macacos» brasileños y sus lacayos, a pesar de todas sus ventajas materiales, no podían ganar solos. López se convenció de que necesitaban la ayuda de los traidores paraguayos.

Fue precisamente en ese momento que López se enteró de una conspiración para eliminar a su régimen. Esta trama, que casi con certeza nunca existió, supuestamente involucraba a Charles Ames Washburn, el ministro de Estados Unidos en Asunción, a varios altos funcionarios y militares paraguayos, y a Benigno, el hermano menor del mariscal, quien, según se creía, deseaba la presidencia. La falsedad de esta historia era evidente incluso en ese momento, pero la realidad en el Paraguay lopista a menudo podía distorsionarse de forma surrealista. Más concretamente, Bliss había sido detenido por el padre Fidel Maíz y otros inquisidores que ya habían cumplido con su brutal deber en los «tribunales de San Fernando» y se sentían perfectamente dispuestos a centrar ahora su crueldad en Bliss, si el mariscal así se lo ordenaba.

Bliss, quien previamente había trabajado para el gobierno paraguayo en preparar una historia estatal del país, se liberó de los malos tratos al aceptar escribir un informe florido, aunque imaginario, sobre las intrigas criminales de Washburn. Publicado originalmente como una serie incompleta en El Semanario, este informe se expandió posteriormente a un libro de 323 páginas, que se publicó como Historia secreta y se difundió en múltiples ejemplares en la prensa estatal, probablemente en Luque.

Incluso quienes creen en una conspiración pueden reconocer la inconfundible influencia de la coerción en esta obra.[1] Bliss dedicó tres meses a redactarla, calculando que cuanto más se dedicara a la tarea, mayor sería la posibilidad de que el ejército aliado lo rescatara. Durante este tiempo, fue acosado a diario por Maíz, quien, aunque nunca sometió al norteamericano a torturas, le dejó claro que las cosas podrían salirle mal si no escribía según lo prescrito. En un tono de sarcasmo melancólico, Bliss explicó más tarde a los miembros del Congreso de Estados Unidos que Maíz «había estado encarcelado durante tres años acusado de haber encabezado una conspiración anterior y… se creía que era la persona más adecuada para perseguir a quienes participaban en nuevas conspiraciones».[2]

Fueron dichas muchísimas tonterías sobre la Historia secreta, sobre todo por historiadores de salón que jamás han examinado documentos de archivo y que conocen muy poco de la historia y la cultura de Estados Unidos en el siglo XIX. No me interesa entrar en polémicas fútiles con estas personas, pero creo que los paraguayos contemporáneos deberían conocer más de cerca esta peculiar publicación. A continuación, las notas al final ofrecen mis propias anotaciones informativas, mientras que la indicación N. del A. (o sea, «nota del autor») identifica a Bliss como quien proporciona la información complementaria.

Examinemos las siete páginas iniciales, empezando por la portada. Al final de esta, Bliss proporciona a sus lectores un eslogan o epígrafe en latín, cuya inclusión era una práctica bastante habitual en la literatura culta del siglo XIX. Este es un buen punto de partida para nuestra cobertura de las primeras páginas de la Historia: «¡Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra!» (Cicerón).[3]

Y aquí comienza el texto propiamente dicho, es decir, sus primeras siete páginas (respetando su redacción y su grafía):

Charles A. Washburn, últimamente Ministro de los Estados Unidos de América en la República del Paraguay, es un personage que, por desgracia suya, figurará tanto en los anales de cuatro países de Sud-américa, que algunos detalles sobre su biografía no podrán menos de interesar a todos los aficionados a la historia contemporánea.

El autor de esta biografía ha gozado de muy especiales ventajas para el cumplido desempeño de la ímproba tarea que se ha propuesto. Además de su conocimiento, sobradamente personal e íntimo, de todo lo referente a la última y más importante época de esta extraña y multiforme historia, ha escuchado infinidad de veces, de boca de su mismo héroe, la relación de las travesuras de su niñez, de las escapadas de su adolescencia y de la tan incalificable cuan innumerable serie de aventuras de su edad provecta!! –las hazañas de su incansable carrera en busca del campo de sus peculiares aptitudes; –y le cabe aquí al autor, para el debido realce del valor de su obrita, expresar su opinión, que su héroe, en el ejercicio de la noble profesión de la caballería andante, ha dejado muy atrás a los [página 2] más nombrados «campeones de la mesa redonda»,[4] y al insigne «desfacedor de agravios y enderezador de entuertos», cuya auténtica historia se halla escrita por el inmortal Cervantes. Después de leídas las presentes páginas, el lector debe relegar a un secular olvido las afamadas crónicas de «Jaleta en busca de su Padre» y de «Cœlébs en busca de una esposa», pues como «a la salida del sol, la luna y todas las estrellas menores ocultan sus avergonzadas cabezas», de hoy en adelante nuestro héroe será el tipo de su profesión; –quedando archivado el Caballero de la triste figura, y con grado de jubilación Ercoles con la insípida cuenta de sus doce trabajos![5] ¡Toda la anticuada pacotilla de héroes no hace mejor figura al lado de nuestro insigne diplómata, que (según el feliz paralelo de un Gaucho de las Pampas) «una insignificante y menguada paloma al lado de un avestruz!»

No ha sido solo por el halagüeño bosquejo a acuarela, que solía hacer nuestro héroe de su esbelta figura, que el autor ha podido apreciar sus relevantes méritos, pues ha tenido otros datos biográficos, que son contestas —como el Viejo y Nuevo Testamento— con los relatos de Washburn; con la sola diferencia que estos deben entenderse «en sentido Pickwickiano».[6] Con tales antecedentes, harénos una breve y compendiosa reseña de la vida y milagros de Washburn, que pondrá al lector en aptitud de apreciar la reciente conducta del eminentemente neutral Ministro Residente de los Estados Unidos de América, acreditado cerca del Gobierno de la República del Paraguay.

Nació Washburn en el Estado de Maine, cuarenta y tantos años há. Es uno de los menores de siete hermanos, de los cuales los mayores, desparramados por varios Estados, han medrado en fortuna e influencia, hasta tal grado que tres de ellos han llegado a juntarse en la sala del Congreso en Washington, en representación de tres distintos Estados; –circunstancia a que se debe el que Charles haya podido también tomar cartas en la política.[7] [página 3]

¡En tan respetable grey, nuestro héroe era el carnero negro! —el verdadero Jonás del navío! Entre las demás cualidades preciosas que adornaron a esta esperanza de la familia, y que causaron seria inquietud a sus padres era una inhabilidad constitucional de distinguir entre «meum et tuum» (el mío y el tuyo), ¡lo que motivó una consulta al médico del pueblo, quien dio el benévolo fallo «que era una enfermedad orgánica conocida en la profesión por el nombre científico de Kleptomanía! ¡¡Y que quizá podía curarse por la dieta y el asiduo uso del heroico remedio de sendos rebencazos!! Probáronse los remedios indicados, pero sin mayor resultado, y es penoso tener que agregar, que nuestro héroe todavía padece de menudos achaques de «Kleptomanía»![8]

Otra de las prendas de Carlitos era una inquietud no menos orgánica y radical. Jamás pudo estar tranquilo por un momento, y su genio inquisitivo, entrometido y hasta insolente, apenas permitía un momento de paz a su familia, así que, en una temprana edad, fue mandado a un pueblo lejano para su educación.[9] Habiendo encontrado así la ocasión de dar libre freno a su travieso espíritu, Carlitos hizo muy en breve, ilimitado progreso en todos los ramos de la educación, ¡¡–menos las letras!! En este tiempo adquirió extraordinario desarrollo otro rasgo característico de nuestro héroe; su fecumdia [sic] como visionario e incansable progresista! ¡¡Era entonces que hizo el gran descubrimiento de que él era un genio —un talento privilegiado!!— y empezó aquella infatigable busca del «campo de sus aptitudes», a que hemos aludido; ¡era entonces que se dio a conocer a su rededor, como «aprendiz a todas cosas y bueno a ninguna» y como él ha contado últimamente al autor, recibió el halagüeño diploma de «único carnicero de gatos!» en el pueblo![10] En medio de tan diversas distracciones, Carlitos dedicó bastante tiempo a forjar doradas ilusiones de su futura grandeza, ¡y creyó haber descubierto que los Dioses le habían predestinado [página 4] para el rol de conquistador! Escogió muy seriamente la carrera militar, y durante el resto de su adolescencia fue constantemente acompañado en su camino por tan espléndida visión hasta que, como hombre, la vio derretirse y disiparse en las menos vívidas luces del desengaño. Su familia le destinó para el Ejército, y habiendo conseguido por interposición de un miembro de Congreso, un nombramiento de Cadete en la Academia Militar de West Point, él pasó a la edad de diez y nueve años, a aquel punto para entrar en el curso de estudios que debían hacerle un Grant! o un Napoleón![11] Pero, cuál no sería la sorpresa y vergüenza de su respetable familia, cuando al cabo de algunos días, vieron regresar, cabizbajo, al supuesto futuro conquistador y gloria militar de su estirpe; por no haber podido pasar el examen previo a su admisión en aquella escuela, donde se han educado los héroes de la última guerra civil!! ¡Qué bochorno! Era una cruel desgracia para el joven que tanto había soñado con las palabras sacramentales de «¡adelante! ¡marchen! ¡a paso de vencedores! ¡armas al hombro! ¡carga apresurada! ¡apróntense! ¡apunten! ¡fuego!» y era, como él solía decir, el mayor trastorno de su vida! [página 5]

Convencido por tan penosa prueba que «no todo lo que brilla es oro», y que le faltaba más de un punto de ser el genio universal, el «admirable Crichton», que se había creído[12]; el conocedor de omnibus rebus et quibusdam aliis13 Trató entonces de corregir algún tanto los defectos de educación que habían hecho naufragar sus esperanzas de gloria militar, mediante un curso de estudios en el Colegio de Bowdoin en su Estado natal. Preciso es admitir en obsequio de la verdad, que adquirió nuestro talentudo adolescente algunos tintes de latinidad, pues hasta ahora suele ensartar algunos resabios de ella en sus conversaciones con los peritos en el idioma de Cicerón; pues como dicen, «un tonto no puede ser tontísimo sin saber algo de Latín»! Pero de lo que se llama propiamente humanidades, salió de manos de sus profesores con las mismas opacas luces con que vino, ¡pues que entró por una puerta y salió por otra! [página 6] ni le pudieron haber aprovechado en tal sentido, todos los estudios de cuarenta universidades! El principal provecho que sacó nuestro erudito héroe de sus estudios universitarios, era el haber leído entonces unos cuantos libros muy misceláneos, sobre los cuales todavía descansan sus limitados conocimientos en la literatura. Leyó entonces los dramas de Shakespeare de cuyo uso, en una época reciente, tendremos que dar cuenta en el curso de esta biografía, y a los «Ensayos de Elia», alias Charles Lamb, en los que su favorito era la famosa «Disertación sobre chancho asado»!, —y llamó mucho su atención la no menos célebre «Disertación sobre los inconvenientes de ser ahorcado»!!![14] Si a pesar de esta última circunstancia, la futura carrera de nuestro bien aconsejado y prevenido aventurero, le conducirá más de una vez, hasta los mismos escalones del patíbulo, puede explicarse el enigma, recordando que los ojos fascinadores de ciertas serpientes atraen irresistiblemente, hasta a las personas que perfectamente comprenden su peligro. Pero el libro que le ha servido de oráculo, o de mecum y manual de todas las ciencias, artes y habilidades, es el afamado «Libro de Chistes» de José Miller, un autor inglés antiguo, de quien nuestro héroe suele decir, «lo que él no sabe, ¡no vale la pena de aprender»![15]

Con esta misma proporción, nuestro héroe procuró formar su estilo literario, pero lo único en que acertó era en adquirir cierta facilidad con la pluma, que, es preciso convenir, le ha servido de mucho. Los rasgos de supuesta elocuencia en sus temas y disertaciones enternecieron a sus profesores, hasta el punto que, según él mismo ha referido, en una ocasión el catedrático de Retórica devolvió a su brillante alumno, una de sus teses, escrita en estilo excesivamente bombástico y exagerado, con el siguiente consejo muy acertado: —«Tomad su tema y revisadlo con mucha prolijidad, y cuando encuentre algún rasgo que le parezca muy sublime y elocuente borradlo!!!— y entonces quedará mejor su escrito!!» Este sagaz consejo podía todavía servir admirablemente a nuestro fértil escritor diplomático, y es penoso que no lo haya aprovechado como regla, en la corrección de todas sus [página 7] obras, cuyo estilo es tal, ¡que solo habría podido pasar revista antes de la invención de la ortografía y de la sintaxis!

Los adelantos que hizo por entonces nuestro aspirante, en el espinoso estudio de la lógica, le han proporcionado un modo de raciocinio, cuyas deducciones nos recuerdan la anécdota del silogismo que empleó cierto viajero para pedir hospitalidad en una casa donde llegó al entrar la noche. «¿Tendrá Usted la bondad (preguntó al dueño de casa) de darme un vaso de agua? ¡Pues tengo tanta hambre que no sé dónde podré dormir esta noche!»[16]

Causa verdadera lástima al autor, el tener que constatar que su erudito héroe no salió de sus estudios con honores académicos, ¡¡pues un incidente misterioso cortó sus alas!! La causa de esta nueva desgracia no está perfectamente aclarada, y era uno de los asuntos sobre los que él guardaba siempre un silencio significativo, pero la explicación que suministra el rumor es que el incidente no era del todo ajeno a la desaparición de ciertas cucharas de plata de la mesa del comedor académico!![17] Si tal fuera cierto, el prudente lector no debe atribuir esta pequeña circunstancia a falta de honradez de parte del pundonoroso héroe, sino a su consabida enfermedad orgánica o cleptomanía!!

Después de este penoso episodio en su gradus ad Parnassum, nuestro héroe descubrió una nueva aptitud en la enseñanza de las primeras letras, y con aquella proteana [sic] habilidad que tendremos tantas ocasiones de admirar, en un momento se convirtió de estudiante disoluto, en pedagogo concienzudo y honrado, ¡asiduamente ocupado en «enseñar a la joven idea a brotar»! Sin duda había sido de aquellos insignes maestros, a la vez ornamentos de su profesión y luminarios de la juventud, que suelen exclamar «¡Cuando yo digo ¡Brrr! tiembla la infancia y gime la adolescencia!» Durante su corto preceptorado también ojeaba uno o dos libros de leyes americanas, y enseguida, se hizo admitir a la práctica de la profesión legal, aunque jamás se ha ocupado posteriormente de tal ramo, y en el día, sus estudios legales se hallan completamente olvidados.[18] [página 8]

Así termina la séptima página de la Historia secreta. Los lectores notarán de inmediato la curiosa mezcla de hechos, mentiras, exageraciones, arcanos y delusiones paranoides que constituye el libro. Si desean leer más, tengo más material para compartir con ellos, pero, con esta advertencia: las extrañezas del texto superan cualquier otro factor. Si esperan información más reciente o impactante sobre Washburn y sus supuestos colaboradores, sin duda se sentirán decepcionados. El libro es extraño y curioso de principio a fin, y no se aclara con varias lecturas.


Notas

[1] Richard Burton se refirió a la Historia secreta como «un cúmulo de disparates indigestos, que arrastra a las señoras Harris y Partington, citando todos los idiomas de Europa y a todos los poetas, desde Gray hasta Tennyson; su único objetivo es insultar al señor Washburn, describiendo su ‘ciego rencor contra el mariscal presidente’… este “antiwashburnismo” fue debidamente remitido a todas las potencias de Europa; vi una lista de ellas en los propios escritos del mariscal presidente. Nada podría ser más simple, más propio de un avestruz, que acusarse así mediante un documento que lleva en su cara los signos de la compulsión». Ver Richard Burton, Letters from the Battle-Fields of Paraguay (Londres: Tinsley Brothers, 1870), pág. 129. Burton escribió una traducción clásica del árabe del Libro de las Mil y una Noches, 10 vols. (Benarés: Sociedad Kamashastra, 1885); y El jardín perfumado del jeque Nefzaoui. Manual de erotología árabe (siglo XVI) (Londres y Benarés: Sociedad Kamashastra, 1886).

[2] Ver «Testimony of Porter C. Bliss (Washington, 24 de abril de 1869)», en el Congreso de los Estados Unidos, Report of the Committee on Foreign Affairs on the Memorial of Porter C. Bliss and George F. Masterman in Relation to their Imprisonment in Paraguay. House of Representatives, May 5, 1870 (The Paraguayan Investigation) (Washington: GPO, 1870), pág. 146 [énfasis en el original], y passim. Finalmente, como hemos visto, el «folleto» alcanzó las 323 páginas e incluyó una biografía ficticia de Washburn y tantos poemas y «chistes ridículos» como Bliss pudo recordar («creyendo que esta publicación caería inevitablemente en manos de los Aliados y sería interpretada correctamente por ellos, decidí convertirla en el medio para informarles a ellos y al mundo entero sobre las atrocidades cometidas por el presidente López»).

[3] Si tomamos la palabra de Bliss al pie de la letra cuando nos dice que llenó su texto de absurdos fácilmente reconocibles para personas fuera de Paraguay, entonces claramente hizo esfuerzos limitados al respecto cada vez que se permitía citas en latín, pues el Padre Maíz y otros estaban familiarizados con ese idioma y habrían detectado cualquier artimaña. En esta primera ocasión, los lectores contemporáneos deberían tomar nota del autor clásico citado, pues la inclusión de Cicerón podría interpretarse como un desprecio implícito por la dictadura, contra la cual el orador romano (106-40 a. C.) luchó durante la Segunda Conspiración Catalina. Cabe señalar, en este contexto, que las cartas y los diálogos filosóficos de Cicerón fueron la lectura preferida por escritores de Nueva Inglaterra como Ralph Waldo Emerson (1803-1882), quien vio en él a uno de los primeros defensores del discurso civilizado en política. Los latinoamericanos de los siglos XVIII y XIX, en cambio, tendían a seguir el ejemplo de sus abuelos, quienes, al leer en latín, optaban por escritores religiosos como Agustín o autores de epopeyas como Virgilio. Estos últimos glorificaban la confrontación y el sacrificio humanos, mientras que los preferidos por los habitantes de Nueva Inglaterra generalmente abordaban la política y la ética como abstracciones.

[4] Se refiere aquí a Galahad, Lancelot y otros héroes de las leyendas del rey Arturo, como datan del siglo XI o XII.

[5] Ya en este punto debería ser obvio que uno de los objetivos de Bliss es abrumar a sus lectores con detalles pedantes e irrelevantes, que de hecho pueden haber halagado la vanidad de quienes se creían más cultos de lo que realmente eran, pero que tienen poco o nada que ver con Washburn. En este caso, Bliss enumera toda una camarilla de héroes improbables con los que comparar al ministro estadounidense, desde Coelebs en busca de su esposa (basado en una novela homónima de 1809 de la moralista cristiana británica Hannah More) hasta Hércules, encargado de sus doce trabajos.

[6] (N. del A.) Pervertido. [«Pickwickiano» se refiere a Samuel Pickwick, el protagonista ficticio de la primera novela de Charles Dickens, The Pickwick Papers, publicada en 1836. Esta obra, que narra una serie de pintorescas desventuras en la campiña inglesa, fue muy popular a ambos lados del Atlántico. En apariencia física y fisonomía, el personaje de Pickwick se asemeja claramente al difunto Jerry W. Cooney, uno de los primeros académicos norteamericanos del siglo XX en destacar la riqueza de la historia paraguaya. Pickwick, como bien sabía Bliss, no podía considerarse en ningún sentido un pervertido y (al igual que Cooney), se le entiende mejor como un investigador felizmente excéntrico de lo «pintoresco y curioso» que como un villano. Por lo tanto, cualquier comparación con el Washburn conspirativo que la Historia secreta pretendía construir sería absurda.]

[7] Como corresponde al enfoque general de Bliss sobre el aspecto biográfico de este relato, muchos de los hechos que presenta son ciertamente precisos, como en este recuento de la línea familiar de Washburn, pero esta atención general a la verdad adormece a los lectores —y presumiblemente a Maíz y sus otros interrogadores— haciéndoles pensar que lo que seguirá será igualmente preciso, y es entonces cuando Bliss pretende lanzar una flota de absurdos.

[8] La cleptomanía es un trastorno del control de los impulsos que se caracteriza por la incapacidad de abstenerse de robar, generalmente objetos pequeños que no se necesitan para uso o beneficio económico. Incluso en la época de Bliss, ningún profesional médico serio consideró que la cleptomanía fuera producto de una enfermedad orgánica que pudiera tratarse con dieta o remedios herbales. No hay constancia alguna de que Washburn sufriera este trastorno (aunque la escritura del ministro claramente tenía su lado obsesivo).

[9] Washburn provenía de la pequeña aldea de Livermore Falls, estado de Maine, que, sin duda, carecía de amplias instalaciones para la educación secundaria. Por lo tanto, no es sorprendente (aunque no necesariamente seguro) que lo hubieran expulsado de sus estudios. La insinuación de que esto se hizo para expulsar a un miembro insolente de la familia es insostenible, ya que todos los hijos de Washburn recibieron su educación en otros lugares.

[10] (N. del A.) Y que su mano no ha perdido su habilidad en este punto, puede probar el hecho que, durante los primeros tres meses, desde la evacuación de la capital, se han matado en la Legación Americana, bajo los auspicios del mismo Washburn, ¡¡¡más de doscientos gatos!!! [En un texto que abunda en historias extrañas, este relato del joven Charles Ames Washburn ganando fama en su ciudad natal como asesino de gatos seguramente representa un punto bajo. Dicho esto, las masacres periódicas de gatos no eran acontecimientos desconocidos en muchos lugares y en muchos momentos. Robert Darnton dedicó un capítulo completo a esta práctica en la Francia prerrevolucionaria. Ver The Great Cat Massacre and Other Episodes in French Cultural History (Nueva York: Basic Books, 1984). En Asunción, a principios de la década de 1980, se decía comúnmente que los perros atrapados en las calles de la ciudad eran llevados a las fincas de los lugartenientes del general Stroessner, donde servían como blancos móviles para guardaespaldas armados con pistolas que necesitaban practicar tiro.]

[11] En la mentalidad paraguaya, el éxito en una academia militar como West Point marcaría la cúspide de la carrera de un individuo, mientras que el fracaso en dicha institución equivaldría a una maldición personal irrecuperable. Sin embargo, en Estados Unidos, tal apego a la institución militar antes de la Guerra Civil habría sido inusual, salvo para las familias provenientes de los estados del sur, donde la tradición del servicio militar estaba bastante arraigada. En los estados de Nueva Inglaterra, donde Washburn nació y creció, las familias con buenos contactos casi nunca enviaban a sus hijos al ejército, generalmente asignándoles carreras como comerciantes, abogados o clérigos. De los seis hermanos de Washburn, solo Cadwallader (1818-1882) vistió uniforme militar y se unió a los Voluntarios de Wisconsin. Aunque ascendió al rango de mayor general, Cadwallader no se consideraba un militar profesional, y prácticamente al terminar la guerra, renunció al Ejército de la Unión y se dedicó a los negocios (y a la política), destacando por fundar una empresa harinera que con el tiempo se convertiría en General Mills. Charles Ames Washburn nunca fue a West Point, ni tampoco ninguno de sus hermanos. La mayoría asistió al Bowdoin College en Maine. Un hermano menor, Samuel Benjamin (1824-1890), hizo carrera en la Marina de los Estados Unidos, llegando a comandar un buque de guerra, pero él también se retiró del servicio activo después del conflicto (aunque en su caso debido a las heridas).

[12] La referencia a «The Admirable Crichton» es otra broma que Bliss supuso que sus interlocutores paraguayos no podrían comprender. James Crichton (1560-1582) fue un erudito escocés, conocido por sus logros en las artes y las ciencias, que fue asesinado por un rival romántico a los veintiún años. Gran parte de su reputación proviene de un relato romántico de su vida escrito en 1652 por Thomas Urquhart, quien proporcionó todo tipo de pruebas dudosas de la brillantez de Crichton. Es en este sentido que Bliss lo menciona aquí, como un hombre cuyos logros son materia de hipérbole póstuma. En 1902, J.M. Barrie publicó una obra teatral cómica titulada «The Admirable Crichton», en la que un aristócrata y un mayordomo intercambiaban lugares (y estatus social) mientras eran náufragos en una isla desierta. La referencia de Bliss a «naufragar» en la siguiente oración equivale entonces a una broma involuntaria y anacrónica: otro ejemplo (de una multitud) en la Historia secreta.

[13] (N. del A.) ¡De todas las cosas y algunas más!

[14] Los ensayos de Charles Lamb, publicados por primera vez en 1823 (y ampliados extensamente en ediciones posteriores durante los siguientes doce años), se encuentran entre los más famosos en el idioma inglés. Su «Disertación sobre el cerdo asado» es una apreciación entusiasta y humorística de los chicharrones de cerdo supuestamente extraída de un manuscrito chino (otra anticipación involuntaria de la enciclopedia ficticia de Borges, El emporio celestial del conocimiento benévolo). Véase Clarence S. Dike, «El humor del cerdo asado», The English Journal, 11:5 (1922), 288-292. «Sobre los inconvenientes resultantes de ser ahorcado», que apareció en 1835, es otro ejemplo del humor escandaloso de Lamb, tomando como ejemplo, al parecer, a Jonathan Swift. En el ensayo, Lamb elogia la destreza mecánica de la guillotina, a la que ensalza por hacer innecesaria la necesidad de maltratar al condenado: «Tener a un tipo con manos de verdugo manoseando tu cuello, ajustándolo como tu ayuda de cámara te ajustaría la corbata, valorándose por su destreza servil [pinta una imagen bastante repugnante]». Que Bliss, en sus circunstancias, bromee sobre las ejecuciones sugiere una sorprendente sangre fría o un esfuerzo deliberado por disminuir, o al menos tolerar, el estrés del momento.

[15] Joe Miller’s Jests or, the Wits Vade-mecum being a Collection of the Most Brilliant Jests; the Politest Repartees; the most Elegant Bons Mots, and Most Pleasant Short Stories in the English Language (Londres: Read, 1739), por John Mottley, era un delgado folleto de un chelín que recopilaba 247 de los chistes más groseros atribuidos a Joseph Miller (1684-1738), actor británico conocido por la comicidad de sus actuaciones teatrales en Londres. Un ejemplo típico de su humor ligero sería la broma 148: «Alguien le preguntó a Lord Bacon qué pensaba de los poetas, y él respondió: “Creo que son los mejores escritores después de los que escriben en prosa”». Que Bliss afirme que Washburn tomó a «Joe» Miller como modelo literario es como argumentar que Nicanor Duarte Frutos aprendió sus lecciones más importantes sobre el arte de gobernar de los Compadres.

[16] Este silogismo merece ser incluido en alguna compilación moderna de koans del budismo zen.

[17] Esta referencia a la desaparición de cubiertos probablemente proviene de una falacia dirigida al general de la Unión Benjamín Butler (1818-1893), gobernador militar de Luisiana durante la Guerra Civil. Cuando Butler visitó un restaurante en la Nueva Orleans ocupada, periodistas sureños lo acusaron de haber robado varias piezas de cubiertos de plata y metérselas en los bolsillos. Este acto le valió el insultante apodo de «Cucharas» Butler. Independientemente de si el general fue culpable de algún pequeño saqueo, Washburn ciertamente no lo fue.

[18] La velocidad con la que este ficticio Charles Ames Washburn ascendió y cayó en diversas profesiones debió parecer creíble a muchos paraguayos conocidos por Bliss, quienes tenían un conocimiento limitado del panorama norteamericano. Pero habría sido casi imposible para Washburn proceder como se sugiere en la Historia secreta. Escribiendo sobre sí mismo en tercera persona, y siguiendo el relato de Bliss, el exministro escribió más tarde que el «”genio maligno del Paraguay” [se convirtió] en maestro de escuela, luego en abogado, luego en médico, profesiones en todas las cuales alcanzó una distinción similar. Como abogado no tenía clientes; y como médico, sus pacientes encargaban sus ataúdes antes de consultarlo». Ver Washburn, The History of Paraguay with Notes of Personal Observations and Reminiscences of Diplomacy under Difficulties (Boston: Leas and Shepard, 1871), 2: 521. Pensar que una persona así pudiera convertirse en representante de Estados Unidos ante una potencia amiga solo tiene sentido si tomamos el ejemplo comparativo del gobierno de López, que, durante la década de 1860, ofreció altos cargos a algunos sinvergüenzas evidentes cuya mera notoriedad les valió el respeto del mariscal.

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