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Home ARTÍCULO, HISTORIA60 años de espera: cómo Paraguay se convirtió en el último país sudamericano en otorgar el voto a las mujeres. LAS ÚLTIMAS CIUDADANAS DE AMÉRICA DEL SUR.

60 años de espera: cómo Paraguay se convirtió en el último país sudamericano en otorgar el voto a las mujeres. LAS ÚLTIMAS CIUDADANAS DE AMÉRICA DEL SUR.

November 30, 2025• byadministrador

Por Mary Monte de López Moreira.

Doctora en Historia. Investigadora del CONACYT. Presidenta de la Academia Paraguaya de la Historia durante dos periodos.

Reseña histórica de la lucha por la obtención de los derechos civiles y políticos de las paraguayas.

La historia de los derechos civiles y políticos de las mujeres en el Paraguay, como en casi todo el mundo, ha tenido un largo transitar en las diversas etapas de su historia. La lucha de las paraguayas por eliminar su discriminación y obtener su ciudadanía tiene un sólido respaldo histórico en el protagonismo que la mujer ha ocupado desde los mismos inicios de nuestra nacionalidad. Su accionar, con pequeños avances y grandes retrocesos, irrumpió ya en el período prehispánico, seguido por el colonial y el independiente, y fue precisamente en este último que, a partir de los albores del siglo XX, se empiezan a vislumbrar gestiones más decisivas por la obtención de igualdad de derechos, sin distinciones de sexo, clase, estado civil o creencia. Actividad que por esa misma etapa abrió el debate en todo el mundo y, si bien las argumentaciones revistieron caracteres diferentes según los países, también presentaron rasgos comunes que permiten identificar al feminismo como sinónimo del sufragismo.

El tema en cuestión no solamente interesó a mujeres, sino también a hombres, quienes pretendían otorgar a la mujer paraguaya la ciudadanía plena, pese a que el imaginario colectivo y el discurso nacionalista la habían posicionado —y aún la posicionan— en un sitial privilegiado, simbolizando su virtud y coraje en la guerra y su capacidad e inteligencia en la reconstrucción del país, en tiempos de paz; imagen que constituye la idealización femenina en el Paraguay. Ideal que da responsabilidades, pero no derechos.

Las primigenias luchas, tímidas al comienzo e iniciadas tras la guerra contra la Triple Alianza, se sucedieron por espacio de casi un siglo, en donde se bregó de distintas maneras por las reivindicaciones femeninas. En sus primeras etapas tuvieron severos y crueles antagonismos a través de los medios de prensa y de los sectores sociales conservadores que desarticularon sucesivamente los intentos por constituir y expresar los intereses específicos de las mujeres. No obstante, al principiar la segunda década del siglo XX, ciertos referentes de la legislatura, política y docencia cuestionaron el sistema vigente y promovieron iniciativas en defensa de una democracia social y política con relación al tema jurídico feminista.

En el decurso de la guerra del Chaco se estructuraron ciertas bases organizativas de mujeres, experiencias que coadyuvaron posteriormente en la creación de instituciones políticas y de género con el firme propósito de luchar por sus derechos en un plano de igualdad con los hombres.

Sin treguas ni rémoras, desde sus diversos espacios y en medio de escenarios y coyunturas políticas propicias o adversas, las mujeres no menguaron con las actividades sufragistas hasta lograr sus objetivos. En 1954, obtuvieron los derechos civiles, aunque con graves discriminaciones para las casadas. No obstante, este revés hizo acrecentar la tenacidad de las organizaciones con importantes diligencias que acompañaron el proceso de cambio de mentalidades que definitivamente implicó su inclusión en el pacto social ciudadano en 1961, con la promulgación de la Ley que les otorgaba los derechos políticos, convirtiéndose así, en la últimas ciudadanas de Sudamérica.

1. Primeras experiencias sufragistas en el Paraguay

Sabido es que el sufragio es el derecho y el deber que tienen todos los ciudadanos de emitir su voto para la elección de representantes del país. En el Paraguay, esta institución —aunque no en su acepción universal y moderna— tiene sus antecedentes en el periodo prehispánico. Los indígenas guaraní, agrupados en asamblea, elegían a un jefe guerrero -el Mburuvichá-, para casos de guerra, con facultades más prominentes que las ostentadas por el propio cacique, tanto en poder como en mando. Mientras que en las parcialidades nativas del Chaco, también se elegían a los jefes guerreros y políticos, lo cual indica que los cargos no eran hereditarios; inclusive en algunos grupos, las mujeres ejercían el derecho de sufragar. Este código se expresaba más fuertemente entre los chorótis, cuyas mujeres, probablemente por encontrarse en minoría, ocupaban una posición muy independiente y respetada y más aún cuando ejercían la función de cacicas, electas por los miembros de su nación.[^1]

Con la llegada de los españoles, se procedió a la primera elección de gobernador en el Río de la Plata, gracias a la Real Provisión del 12 de septiembre de 1537, dictada por el monarca al conocerse la muerte del Adelantado Pedro de Mendoza. En virtud de la misma, se establecía que, si el Adelantado no hubiese nombrado sucesor y si eventualmente éste hubiera fallecido, en tal caso y no en otro alguno se juntasen los dichos pobladores para elegir según Dios y sus conciencias, a la persona que conviniese al servicio de España.[^2] Como es de suponer, los electores fueron todos los funcionarios reales y no los soldados de inferior jerarquía ni las pocas mujeres españolas que arribaron con Mendoza. La elección recayó en Domingo Martínez de Irala, quien quedó como jefe supremo de la provincia por espacio de diez y siete años.[^3]

Fue precisamente, bajo este gobierno en que el protagonismo femenino empezó a irrumpir en los anales históricos; en un mismo escenario coexistían españolas e indígenas compartiendo las faenas cotidianas y la crianza de los niños; aquellas en carácter de esposas y estas en calidad de concubinas y braceras en las labores agrícolas, ocupaciones heredadas por las mestizas y/o paraguayas en años posteriores. Todas han sido las protagonistas tácitas en la historia oficial, y, aunque ellas hayan estado presentes en los diversos sectores del quehacer nacional y hayan participado activamente al lado del hombre en construir el Paraguay, su desempeño fue soterradamente omiso, no por la falta de méritos, sino porque los espacios del mundo público siempre han estado ocupados por los hombres.

Las primeras españolas que arribaron al Río de la Plata y que ulteriormente se establecieron en el Paraguay, llegaron con la expedición de Pedro de Mendoza (1536). Algunas vinieron en calidad de criadas de los oficiales de alto rango, otras como esposas, hijas o familiares de los conquistadores. La mayoría de ellas no figuraba en la lista de la tripulación,[^4] pues casi nunca se las nombraba y tampoco se las consideraba para este u otro tipo de registros o padrones, salvo notables excepciones. Doña Isabel de Guevara fue una de ellas, que en 1556, cuando el gobernador Irala, realizó las reparticiones de indios en encomiendas, tanto ella como su esposo, no recibieron dichos beneficios, por pertenecer al bando político contrario del gobernante. Por esa omisión, escribió una extensa carta a la reina gobernadora en la cual expresaba que las mujeres de la expedición tenían el mismo derecho a recibir todos los privilegios concedidos a los hombres.[^5] Sin embargo, su petición no fue escuchada, como también, las reclamaciones de los indígenas con relación a la saca[^6] de mujeres nativas de sus hábitats. Varios fueron los testimonios que inculpaban a los conquistadores de “tomar a las mujeres y a las hijas de los indios para su beneficio”.[^7] Estas mujeres hacían las veces de criadas, de agricultoras y de concubinas de sus amos.

Las denuncias por la saca indiscriminada llegaron a la corte y, a ese efecto, el monarca nombró como adelantado a don Juan de Sanabria con la misión de traer consigo un centenar de jóvenes casaderas. Antes de partir al Río de la Plata, el adelantado murió y, en consecuencia, su esposa doña Mencía Calderón se encargó de la expedición, embarcando un considerable número de mujeres[^8] con el propósito de establecer familias españolas y cristianas en el Paraguay. Pese a los buenos propósitos de la corona, los españoles prosiguieron con la práctica de cohabitar, al mismo tiempo, con sus esposas hispanas y con sus muchas concubinas indígenas, hecho que favoreció la procreación masiva de mestizos, modalidad que prosiguió durante todo el siglo XVI.

La nativa procreó hijos mestizos de los españoles y estos con sus esposas europeas, hijos criollos; que en el Paraguay casi no hubo diferencias entre ambos grupos, pues se consideraba a los descendientes de peninsulares como criollos paraguayos, cuya tez era bastante más clara frente a la de los indígenas, pardos y mestizos del primer cruce.[^9] Todas estas mujeres desempeñaron un papel muy importante, ya que fueron las verdaderas actoras de la vida cotidiana de la inicial provincia paraguaya.

El arribo de doña Mencía Calderón y su grupo animó la polémica sociopolítica asuncena, que juntamente con las criollas y mestizas ya establecidas, esposas de los conquistadores y de los oficiales reales, formaron tres clanes femeninos que se disputaron la supremacía política de la provincia,[^10] con voz y voto implícitos, pero sagaces e inteligentes, emitidos en la penumbra de las recámaras matrimoniales.

Los acontecimientos sociopolíticos vinculados a los derechos de mujeres en las siguientes centurias fueron muy esporádicos. El XVII fue un siglo de cese de inmigración, de crecimiento vegetativo, de encomiendas, de pueblos de indios y de establecimiento de reducciones religiosas. Situación prolongada hasta la segunda mitad del XVIII. Con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y la apertura del puerto de Buenos Aires, se propició en gran medida la inmigración de comerciantes españoles y extranjeros que se afincaron en la región y formaron familias con las jóvenes provincianas, cuyas descendencias tuvieron notables realizaciones durante el proceso independentista.

La primera experiencia del sufragio en el período independiente data de las elecciones de 300 diputados asistentes al Congreso del 17 de junio de 1811, asamblea que decidió romper con la dependencia española y establecer la Junta Superior Gubernativa, como primer gobierno nacional. Es de advertir que, los sufragistas fueron todos hombres que ejercieron el voto bajo el carácter censitario. A pesar de estas circunstancias, algunas mujeres de la sociedad escribieron mensajes relativos a la libertad, soberanía y compromiso de donativos en defensa de la patria.[^11] En setiembre de 1813, se eligieron a 1.000 representantes de todo el país para conformar una asamblea que decidiría la instalación de un nuevo gobierno: el Consulado; y si bien estos fueron electos en sus localidades de manera menos restringida, a las muchas mujeres que acompañaron a los hombres en esta gestión, ni siquiera se les otorgó el derecho de asistir a las deliberaciones.

Durante el gobierno de la dictadura del doctor Rodríguez de Francia (1814-1840), las disposiciones sociales coercitivas suscitaron la generalización del concubinato y las uniones libres sin responsabilidades por parte del hombre y por ende, su aceptación social en una clase que hasta entonces había vivido conforme a los cánones católico-europeos. De acuerdo a datos estimativos, las unidades familiares en este período presentaban un porcentaje elevado en cuanto a las dirigidas solo por mujeres en contraposición a los hogares constituidos por matrimonios legales. Situación que promovió la construcción de una sociedad cimentada en valores concebidos más por mujeres que por varones.

En esta etapa, algunas mujeres lucharon por los derechos igualitarios sin distinción de sexos o clases. Una de ellas fue Josefa Facunda Speratti viuda de Yegros,[^12] quien en 1828, escribía a su hijo Rómulo José, una misiva relacionada con la manumisión de esclavos, opinando que “…todas las personas fuimos creadas iguales y que al nacer recibimos de nuestro Creador, ciertos derechos indiscutibles y que nadie puede arrebatarnos, entre estos, el de vivir, ser libres y buscar la felicidad…”,[^13] expresiones basadas en uno de los fines esenciales de la Revolución de la Independencia. Otra mujer, digna de mencionar fue doña Petrona Rodríguez de Francia. Con un permiso restringido del gobierno, pretendió, a través de la educación, enseñar a las niñas de Asunción y sus alrededores los principios de libertad e igualdad.[^14]

En el siguiente período, don Carlos A. López fue electo para ocupar la presidencia de la república en tres ocasiones: de 1844 a 1854, de 1854 a 1857, de 1857 a 1862, con la anuencia de 300 diputados que no elegían, sino simplemente votaban al único candidato, y donde las mujeres no figuraban en el estamento oficial del país porque las leyes españolas concernientes al Derecho Público y Privado tenían aún cierta vigencia, y en ese contexto, la condición sociojurídica femenina de la etapa colonial, no sufrió modificaciones. Siguió adscrita a la posición del varón. Es decir, la mujer no podía comprar ni vender, ni iniciar demanda alguna sin consentimiento del esposo, si era casada, o del padre, si era soltera. Con todo, las viudas o solteras de la clase alta poseyeron tierras, esclavos y fueron mayordomas de capillas. Empero, gracias a la venida de los técnicos extranjeros, se abrieron instituciones para ambos sexos y las jóvenes tuvieron la posibilidad de instruirse de manera oficial, sin dejar de ocuparse de los servicios tradicionales.

Con la llegada de Alicia Elisa Lynch, la pareja irlandesa de Francisco Solano López, se transformaron ciertos aspectos de la sociedad paraguaya y algunas mujeres obtuvieron más autonomía en el campo laboral y, en este escenario, las kyguá-verá,[^15] mujeres libres de sujeción masculina, tuvieron un rol importante en el comercio local.[^16]

En el transcurso de la guerra contra la Triple Alianza,[^17] la historia oficial presenta a la mujer con el rol tradicional de abastecedora de alimentos, enfermera en los hospitales de sangre y acompañante del soldado en la travesía emprendida por el ejército. Una actuación relevante digna de mención en esta etapa fue la realización de un interesante ejercicio de ciudadanía al dirigir asambleas y convocar a reuniones, pronunciar discursos y lograr que cerca de 25.000 mujeres se inscribieran en los padrones con la intención de donar sus joyas por la causa nacional, aunque todo lo recaudado no se pudo invertir en la adquisición de armamentos, como se había pretendido inicialmente.[^18] Salvo pequeñas alusiones, se nombran también a las traidoras que por razones políticas fueron destinadas a remotas comarcas porque sus familiares habían exteriorizado algún desafecto contra el presidente Solano López.[^19] Empero, en este lapso se detectan algunas demostraciones político-patriotas, como los intentos efectuados por ciertas mujeres de solicitar su inclusión en la lista de combatientes y, si bien la oferta fue rechazada por el gobierno, unas 20 mujeres de Areguá vestidas de blanco con gorras escocesas recorrieron las calles de Asunción, cantando himnos patrióticos y alentando a sus compañeras a enrolarse como soldados. Otras propuestas de similar conducta se repitieron en 1866 y a finales de 1867. De hecho, gran número de mujeres, por la necesidad preexistente, integraron varias armas en el ejército. En la logística ayudaron a transportar la pesada artillería; en el cuerpo de zapadores, construyeron trincheras y en la vanguardia de las tropas batallaron a la par que los hombres. Dignas de mención fueron las mujeres que cayeron durante la evacuación de Humaitá (24-30-VII-1868), vestidas de soldados, varias de ellas con niños de pecho en los brazos o aquellas que valientemente pelearon en las últimas campañas de la guerra.[^20]

La reconstrucción de la patria tuvo nuevamente a la mujer, como el eje central para la repoblación y por mucho tiempo estuvo al frente de la actividad productiva para lograr los alimentos básicos, en forma anónima pero muy significativa. Esta es en realidad la imagen de la mujer que es capaz de salir sola adelante y constituye la idealización femenina en el Paraguay. Ideal que da responsabilidades, pero no, derechos.

2. La autonomía de la mujer a través de la educación

La Constitución nacional promulgada en 1870, declaraba la igualdad de todos los habitantes ante la Ley[^21] y establecía la figura jurídica del ciudadano con derechos y obligaciones, con la institución del sufragio para todos los paraguayos, desde la edad de 18 años cumplidos,[^22] pero las mujeres ni los indígenas podían votar.

Carentes de este derecho, algunas mujeres con cierto grado de instrucción intentaron incursionar de alguna manera en el campo político. Varias referencias sobre el tema se hallan en las últimas décadas del siglo XIX, como las manifestaciones por la destitución del jefe de la iglesia católica, remoción de algunos miembros del gabinete presidencial, a favor de las leyes sobre el matrimonio civil, etc., exposiciones y declaraciones que motivaron el repudio de casi toda la sociedad conservadora. Periodistas, políticos, teólogos y docentes consideraban que la mujer no debía meterse en política, sino dedicarse a sus labores domésticas y hogareñas,[^23] “…es un despropósito aceptar tan impertinentes y descabelladas ideas y ridículas las pretensiones de quienes se manifestaban a favor de los derechos políticos de las mujeres por más educadas que estas fuesen”, argumentaba una crónica de la época y calificaba que el sexo femenino tenía derecho a desarrollar sus facultades intelectuales, pero “alguien tiene que lavar y planchar la ropa. Ni en leyes ni en medicina, ni en oratorios hace falta la mujer. Sí son estos ramos difíciles para el hombre, ¡cómo esperar éxito en la mujer”![^24] No obstante, en el transcurso de los siguientes años de alguna u otra manera, las mujeres lidiaron para instalar el debate ciudadano sobre su participación en asuntos públicos.

La ocasión propicia para intervenir en el contexto político se presentó en 1901, con motivo de las elecciones parciales para senadores y diputados[^25] que habitualmente generaban disputas entre los sufragantes. En esa coyuntura, valiéndose del resultado de unas votaciones fraudulentas efectuadas en Concepción, unas 36 mujeres de esa ciudad se manifestaron en contra de la falsa victoria oficialista y, en consecuencia, enviaron un telegrama al Congreso, fechado el 25 de mayo de 1901, cuyo texto expresaba lo siguiente: “Damas paraguayas que suscriben envían sentido pésame por incorporación de senador traidor José Segundo Decoud. Dios proteja destino patria”. Con estas palabras, las mujeres concepcioneras demostraron cierta desesperanza, pues las ciudadanas sin reconocimiento legal consideraban que ante la corrupción electoral no podían esperar nada bueno de las instituciones. Optaron entonces, por expresar su duelo y pedir a Dios que proteja al Paraguay. El envío del comunicado causó una verdadera conmoción nacional. Durante varias semanas fue tema de extensas controversias en mesas y corrillos. Todos los periódicos coincidían en que la mujer no estaba preparada para la política, sino para tareas domésticas y el cuidado de los hijos, y si pretendía incursionar en el campo laboral fuera de las paredes hogareñas, solo le estaba permitido el noble ejercicio del magisterio. Sin embargo, esta sencilla manifestación suscitó el inicio del primer debate feminista en el Paraguay en defensa del derecho a la participación pública de las mujeres. A ese efecto, dos intelectuales de gran valía como Cecilio Báez y Arsenio López Decoud expresaron sus opiniones al respecto a través de la prensa asuncena.[^26] Es de advertir que, Báez fue el candidato que perdió su escaño en la argucia eleccionaria de Concepción.

Por otra parte, antes de finalizar el siglo XIX, se crearon en el Paraguay las escuelas normales, ofreciendo nuevas oportunidades educativas para la mujer y, al mismo tiempo, una actividad laboral más lucrativa. Las maestras constituyeron la primera generación de mujeres con educación formal en el país y más aún cuando en 1909 se otorgó la obligatoriedad de la enseñanza para las niñas.[^27] Fueron las maestras quienes integraron los primeros grupos feministas que modularon severas críticas contra las desigualdades jurídicas y políticas de la mujer. Por ese tiempo, una egresada de la Escuela Normal, Ramona Ferreira, invadió el campo periodístico, ámbito vedado para las mujeres de entonces, con la publicación de “La Voz del Siglo”, órgano aparecido en 1902. Sembrando vientos de libertad, esta osada mujer se convirtió en una transgresora social por cuestionar las tradiciones patriarcales y conservadoras y por señalar la enorme ascendencia del clero en las esferas sociopolíticas del país. Debido a sus diatribas y a su mordaz pluma, el periódico tuvo una efímera existencia, pues a los dos años de su aparición, su imprenta fue quemada, por la incomprensión de un sector mayoritario de la sociedad.[^28]

En agosto de 1904, estalló una guerra civil y, al inicio de la contienda, otra maestra normal, Serafina Dávalos se inmiscuía en terrenos netamente masculinos. Al frente de una Comisión denominada Pro-Paz e integrada por una veintena de mujeres y unos cuatro hombres, se presentó ante el jefe revolucionario, Benigno Ferreira, a solicitar el fin de la contienda, oportunidad en que pronunció un elocuente discurso manifestando las fatídicas consecuencias para la patria si proseguía la conflagración.[^29] Como era de esperarse, su petición fue desoída y el conflicto continuó por espacio de cuatro meses, que culminó con el derrocamiento del Partido Republicano en el gobierno.

En medio de este desconcierto político, por paradoja, la educación y la cultura cobraron un auge inusitado. Unos 45.000 alumnos asistían a 483 instituciones, con gran asistencia femenina a las aulas. La Universidad Nacional albergaba unos 200 alumnos y gran parte de la población asuncena empezó a leer obras literarias y asistía a las tertulias convocadas por los intelectuales de entonces. Merecen especial atención tres escritoras nacionales: Teresa Lamas de Rodríguez Alcalá, Serafina Dávalos y Ercilia López de Blomberg, quienes por medio de sus obras, estimulaban la inclusión de más mujeres a la actividad cultural. En esta etapa, Serafina Dávalos fundó la Escuela Mercantil de Niñas, institución creada con el propósito de ofrecer, fuera del magisterio, otra profesión que optimizase la actividad laboral femenina en las empresas que por ese tiempo funcionaba en el país.

En 1907, Serafina Dávalos obtuvo el grado de doctora en Derecho, con la presentación de su tesis “Humanismo”, constituyéndose de esta manera, en la primera universitaria del Paraguay en culminar sus estudios. Abogó fervientemente por la defensa del feminismo, hecho que se puede constatar en las páginas de su trabajo, a más de una crítica al sistema cultural, educativo, político y jurídico de ese entonces. En uno de sus capítulos expresaba que “Si queremos construir un país verdaderamente democrático en que la libertad, la justicia y la igualdad, sean hermosas realidades, debemos empezar por organizar el hogar sobre la base de una perfecta igualdad”. En toda la obra, su autora defendía los derechos de la mujer y proponía la capacitación profesional como un hecho fundamental para la liberación femenina y su igualdad con el hombre en todos los aspectos.[^30] En 1908, fue electa para ocupar el cargo de Miembro del Superior Tribunal de Justicia, el organismo de más alto rango en el Poder Judicial. Fue la primera mujer en conquistar dicha función, siendo que para ser integrante de dicha corporación, debía “ser ciudadano paraguayo, tener veinticinco años de edad y ser de una ilustración regular”.[^31] Ella cumplía con las dos últimas exigencias, pero no era ciudadana. Obviando este requisito, varios magistrados propiciaron su nombramiento por sus altas dotes profesionales y así, sin tener derecho al sufragio, ejerció la magistratura con gran solvencia jurídica. Dos años más tarde, fue reconocida internacionalmente. Invitada como delegada oficial del Paraguay al Congreso Internacional Femenino celebrado en Buenos Aires. Presidió la Comisión de Derecho y, a pedido de las organizadoras, clausuró el evento con un elocuente discurso. Además, en dicho acto, fue nombrada Miembro del Comité Ejecutivo de la Federación Panamericana de Mujeres.[^32]

Sin derechos civiles y políticos, las paraguayas fueron apartadas de toda intervención en los temas públicos. No obstante, con la creación de varios establecimientos educativos y la profesionalización académica, a principios del siglo XX, debatían con sus pares rioplatenses temas sobre los derechos civiles y políticos de las mujeres.

3. Breve reseña histórica de la lucha por la obtención de los derechos civiles y políticos de las paraguayas

El primer paso para la obtención del sufragio femenino sucedió en 1911, cuando el candidato del partido republicano, el doctor Ignacio A. Pane, en vista de las próximas elecciones para diputados, pronunció un discurso que patrocinaba el Derecho Electoral activo y pasivo de las mujeres en los sufragios internos de su agrupación política, con limitaciones relacionadas a su estado civil, instrucción y moralidad.[^33] Era la primera vez que se mencionaba este derecho para las mujeres y, si bien Pane obtuvo los votos necesarios para la diputación, se eludió el tema relativo a la participación electoral femenina.

Ese mismo año, se promulgó la Ley que introducía el voto secreto y escrito, anulando el tradicional voto cantado. Se estipuló también el uso de urnas y de un registro permanente de electores, donde podían inscribirse los hombres mayores de 18 años. Dicha legislación fue modificada en 1916, estableciendo que cada elector debía escribir en un papel o boleta los nombres de los candidatos de su preferencia.[^34] El nuevo régimen electoral no contempló en ninguno de sus artículos el sufragio femenino, ni siquiera en elecciones internas partidarias.

Esta situación determinó que el diputado republicano Telémaco Silvera presentase al Congreso el 28 de mayo de 1919, dos proyectos de Ley, sobre los derechos civiles y políticos de la mujer, relacionados con el empadronamiento y la edad de 18 años sin distinción de estado civil o instrucción. Una parte de su extensa fundamentación expresaba que: El proyecto responde en parte a una deuda de gratitud y a reparar la injusticia de la legislación vigente, ofreciéndole el puesto al que es acreedora por sus patrióticos sacrificios y labores educativas, por su mentalidad superior, revelada en la agudeza de su ingenio… ( ) Si nosotros hemos tenido la moral de la servidumbre, la de la caballerosidad y la de la generosidad, tengamos ahora la moral de la justicia”.[^35]

En apoyo a esta iniciativa, un artículo periodístico destacaba que: “la mujer, como miembro de nuestro organismo social, ocupe el verdadero sitio que le corresponde al lado del hombre; no queremos verla en ese segundo término a que se halla relegada injustamente.[^36] Pese a todas las buenas iniciativas del diputado Silvera, la aprobación del proyecto no prosperó por la resistencia de sus pares congresistas. Sin embargo, su tentativa tuvo resonancia nacional e continental. Con respecto a esta última, el Consejo Nacional de Mujeres del Uruguay envió una nota adhiriéndose a la presentación parlamentaria y, con relación a la primera, en 1920, se fundó el Centro Feminista Paraguayo, institución considerada en los anales feministas como la primigenia organización de género del país. El principal motivo de su creación radicaba en la necesidad de que las mujeres se organizaran para luchar por sus derechos y así contribuir con ideas al Congreso Internacional de la Alianza para el Sufragio Femenino que se celebraría en el mes de mayo de ese año en Madrid. Suscribieron el acta fundacional 25 mujeres, en su mayoría profesionales, y algunos hombres que apoyaron la iniciativa.

Por ese tiempo, la connotada docente María Felicidad González también abogó por la paridad de los derechos entre hombres y mujeres y, en 1922, participó en el Congreso Internacional de Mujeres celebrado en Baltimore, donde pronunció un discurso acerca del tema, el cual fue reproducido en la revista Feminismo Internacional con un elogioso acápite hacia la persona de su autora.

El feminismo. La causa de la mujer en el Paraguay, se titula la tesis presentada en 1925 por Virginia Corvalán con la que logró su doctorado en Derecho. En sus nueve capítulos, la autora fundamenta la condición de la mujer y su capacidad de sufragar al manifestar que “La equidad o el sentimiento natural de lo justo impone que se otorgue a la mujer todos los derechos civiles y políticos de que el hombre goza“.[^37]

En los siguientes años, políticos preocupados por el tema en cuestión, presentaron al Congreso sendos proyectos de Ley a ser considerados por sus pares. En junio de 1929, el senador republicano,[^38] doctor Antonio Sosa, expuso ante el Congreso un proyecto de ampliación de los Derechos Civiles de la Mujer. En esa coyuntura, para apoyar el programa presentado por el doctor Sosa se creó la Asociación Feminista, cuyas integrantes eran conocidas luchadoras de los derechos cívicos y políticos de la mujer. Luego de arduas discusiones a nivel, no solo parlamentario, sino también universitario, el proyecto quedó archivado por dos años. En 1931, Sosa volvió a proponer a dicha Cámara la modificación de la legislación vigente, pero la citada consideración quedó interrumpida por los sucesos luctuosos del 23 de octubre de ese año.[^39]

En tanto, la Declaración de Principios del Partido Colorado reiteró la propuesta de la “Reforma de la legislación civil para mejorar la condición jurídica de la mujer”. En consecuencia, se proclamó que la mujer tenía pleno derecho para votar y ser inscripta en el registro electoral, por no existir ningún impedimento en las leyes vigentes.[^40] Para el cumplimiento de estas disposiciones, las mujeres fueron inscritas en los registros de la citada entidad y se inició una activa promoción para intensificar su participación en los comicios internos y en las actividades políticas del país.[^41] A ese efecto, la Comisión Especial Republicana, elaboró el proyecto de Reforma Electoral, auspiciando el voto de la mujer, que bien lo merecen, ya que “en muchos países de avanzada cultura democrática se ha llegado a reconocer la igualdad de los derechos políticos sin distinción de sexo”.[^42] El proyecto fue aprobado recién por la Convención Partidaria, años más tarde debido al interregno ocasionado por la Guerra del Chaco.

Así como en Europa, la Primera Guerra Mundial se constituyó en un factor muy importante en la historia del proceso de autonomía femenina gracias al valioso concurso de mujeres en las fábricas y en las oficinas ante la evidente escasez de mano de obra masculina; en el Paraguay, después de la contienda chaqueña[^43] se produjo una situación similar, ya que la guerra representó para las paraguayas una experiencia emancipadora en los campos laborales, culturales y jurídicos. La apertura de nuevas posibilidades de trabajo en profesiones femeninas no usuales y el aprendizaje de oficios que hasta el momento de la guerra, le eran ajenos,[^44] posibilitó que un porcentaje elevado de mujeres lograse una independencia económica, circunstancia que coadyuvó de manera categórica para que diversos sectores deliberasen sobre sus derechos. A fines de 1935, con la intención de conseguir los derechos civiles y políticos de las mujeres, un grupo de adherentes al Partido Liberal, creó el Centro Cívico de Mujeres, de efímera duración, pues el nuevo gobierno de tendencia socialista posesionado en febrero de 1936,[^45] exilió a la mayoría de los dirigentes liberales y las integrantes del centro también debieron abandonar el país.[^46]

No obstante, otras mujeres vinculadas a los partidos políticos tradicionales, además de varias comunistas e independientes, se unieron para formar una institución denominada la Unión Femenina del Paraguay (UFP), siendo la primera organización de género que contó con estatutos y un programa de 27 puntos. La UFP publicó un periódico llamado Por la Mujer, para las mujeres que trabajan y piensan. Considerado el medio de comunicación feminista más combativo que se haya editado en el país. El mismo era dirigido por la señora María de Casati, una argentina que llegó al país en 1919 y fundó una institución de Corte y Confección, cuyo currículo incluía un método propio de enseñanza —el cual sigue vigente en la actualidad—, conocido como el “Sistema Casati”, con el objetivo de promover a la mujer con diversas opciones laborales, estimulando su independencia económica.[^47]

En 1940, asumió la presidencia de la República el general José Félix Estigarribia, quien promulgó una nueva Carta Magna de tendencia totalitaria. Se disolvió el Parlamento, que pasó a llamarse Cámara de Representantes. Se suprimió el cargo de vicepresidente y se creó el Consejo de Estado, compuesto por los Ministros y otros nueve miembros. En relación a la ciudadanía, el art. 39, expresaba que “Todos los ciudadanos, sin impedimento, tienen el deber del sufragio desde la edad de dieciocho años cumplidos”, pero excluyendo de este derecho a las mujeres.[^48] La nueva afrenta motivó la creación del Consejo Nacional de Mujeres con el propósito de unir esfuerzos por la dignificación femenina, bajo el lema “Todo por la mujer y el bien de la mujer”.[^49]

En 1943, se instituyó la Comisión de Damas Coloradas con la firme convicción de luchar por el reconocimiento de sus derechos cívicos no solo a nivel partidario, sino para las mujeres de todo el país. Al año siguiente de su creación, las asociadas pertenecientes a este organismo se manifestaron en las calles de la capital reclamando la igualdad ante la Ley.

En junio de 1946, los oficiales jóvenes del Ejército se sublevaron solicitando las libertades públicas. El gobierno dominó la situación y propugnó una apertura democrática permitiendo el retorno de los políticos exiliados en el exterior, situación que alentó a las mujeres pertenecientes al Partido Liberal a fundar la Unión Democrática de Mujeres, dirigida por una ilustre docente, doña Beatriz Mernes de Prieto. Gran parte de las adherentes pertenecía al liberalismo. Sus principales objetivos fueron: conseguir la libertad y la democracia en el Paraguay y una amnistía amplia que permitiese el regreso de todos los exiliados políticos.

En ese lapso, se abrieron centros culturales y de formación profesional como la Escuela de Humanidades (1944) y la Facultad de Filosofía (1948), instituciones que albergaron en sus aulas a cientos de mujeres, quienes prontamente se incorporaron a la vida profesional académica y permitieron su incursión a los espacios públicos.

El 7 de junio de 1951 se fundó la Liga Paraguaya pro Derechos de la Mujer, promovida por Isabel Arrúa Vallejos y mujeres pertenecientes a la A.N.R.[^50] Su primera presidenta fue la doctora Concepción Rojas Benítez. En ella participaron numerosas líderes feministas como Serafina Dávalos y Mercedes Sandoval de Hempel, que intervinieron en carácter de Consejeras de la Organización. La Liga incluyó entre sus fines la lucha por la igualdad de derechos y diversos aspectos de la promoción de la mujer; además, coadyuvó firmemente con los proyectos presentados en la Cámara de Representantes por los miembros del partido oficialista. Prueba de ello fue la manifestación de mujeres realizada el 25 de agosto de ese año, cuando el doctor Hipólito Sánchez Quell, presentó el tercer proyecto de igualdad legal para hombres y mujeres en alusión a la ratificación efectuada por dicha corporación sobre la “Convención Interamericana sobre la Concesión de los Derechos Civiles de la Mujer”, suscrita por Paraguay en la IX Conferencia Internacional Americana celebrada en Bogotá, en 1948. A pesar de haber sido recibida con un “estruendoso aplauso”, la citada propuesta no fue sancionada.[^51]

Un año más tarde, otro representante del oficialismo, el doctor Manuel B. Mongelós, volvió a insistir sobre el tema y el 21 de agosto de 1952, presentó el cuarto proyecto de “Igualdad jurídica del hombre y la mujer en el ejercicio de sus derechos” en la Sesión Ordinaria de la Cámara de Representantes.[^52] La Liga Paraguaya por los Derechos de la Mujer, agradeció dicha presentación, dando por hecho la promulgación de la ley. Empero, la dilación en concretar estos proyectos exteriorizados en el transcurso de más de tres décadas motivó a la ciudadanía interesada en el tema a manifestarse a través de la prensa y en los círculos académicos; incluso desde el exterior se auspiciaba favorablemente para que el voto femenino fuese una realidad en el Paraguay.[^53]

En 1953, inició sus trabajos la Comisión de Juristas encargada por la Cámara de Representantes con miras a materializar la quinta propuesta presentada nuevamente por el doctor Manuel B. Mongelós y otra del doctor J. Augusto Saldívar, sobre la tan ansiada igualdad de derechos entre hombres y mujeres.[^54] El mismo pasó a la Comisión de Legislación y Codificación para su correspondiente estudio.[^55]

En ese transitar de acontecimientos, apareció el periódico El feminista, vocero de la Liga, siendo su primera jefa de redacción la conocida escritora Elsa Wiezell. Posteriormente, circuló bajo la dirección de otra luchadora incansable por los derechos femeninos, Isabel Arrúa Vallejo. El medio se convirtió en el representante por antonomasia de todas las mujeres que en la extensa e histórica lucha por conquistar sus derechos seguían bregando para obtener una legislación civil y política más paritaria con respecto al varón. En relación al marco ideológico general del rotativo, este se definía partidario de la democracia, pero con un tinte fuertemente anticomunista, hecho enfatizado a partir de la dirección de Arrúa Vallejo. Incluso, sus redactoras participaron en manifestaciones anticomunistas propiciadas por el nuevo gobierno regido por Alfredo Stroessner[^56] y publicaron extensos artículos sobre supuestas infiltraciones de ideología izquierdista en algunos sectores de la sociedad paraguaya, especialmente en el cultural.

Sin lugar a dudas, una de las más firmes luchadoras por la obtención del sufragio femenino fue Carmen de Lara Castro, afiliada al Partido Liberal. Sus primeras lidias las emprendió poco después del golpe de Estado que llevó al poder a Alfredo Stroessner, etapa en que se inició en la política, pero no partidaria, sino de género, lanzando sus diatribas contra el dictador por la situación precaria en que se encontraba el país en todos los aspectos y por la condición de las mujeres en general y en particular, las madres solteras que vivían en total desamparo. Junto a otras mujeres de su partido, doña Carmen se propuso prestar asistencia, desde apoyo jurídico hasta material, a través de una asociación denominada Instituto Cultural de Amparo a la Mujer, fundado en 1953 y proscrito tres años después de su creación, bajo el régimen dictatorial.

Entre tanto, la Comisión de Juristas concluyó sus trabajos, presentó su informe y aconsejó la aprobación del citado proyecto de Ley.[^57] Después de varias postergaciones y arduos debates, la Cámara se avocó a considerar finalmente el tema. En consecuencia, el 30 de setiembre de 1954, Alfredo Stroessner promulgó la Ley 236 de los Derechos Civiles de la Mujer, que si bien significaba un avance extraordinario para la igualdad jurídica, mantenía graves discriminaciones para la mujer casada.

Ese mismo año, se fundó la Asociación de Paraguayas Universitarias, que al igual que las demás organizaciones fundadas en las últimas décadas, cimentaron sus objetivos en la obtención de los derechos políticos de la mujer.

4. Las últimas ciudadanas de Sudamérica

La insistente cruzada propugnada por las organizaciones sufragistas y en especial por la Liga Paraguaya Pro Derechos de la Mujer no tuvo rémoras ni treguas. Es así que, el 31 de mayo de 1961, la Cámara de Representantes recibió un mensaje del Poder Ejecutivo, rubricado por el Presidente de la República, Alfredo Stroessner y el Ministro del Interior, doctor Edgar L. Ynsfrán, en el que se propiciaba la consagración de los derechos políticos de la mujer. Una parte de la argumentación expresaba lo siguiente:

El Poder Ejecutivo cree que ha llegado el momento de consagrar en el campo del derecho político el principio de la igualdad de ambos sexos, consagrada por la Constitución Nacional y vigente en la mayoría de los países civilizados. La sanción de una ley que acuerde a la mujer los mismos derechos y obligaciones de que goza el hombre, se impone no solamente como una realidad de nuestros tiempos sino una justa rectificación del criterio que ha venido primando sobre esta materia, y que ha servido de base para la exclusión de los derechos cívicos, privándoseles en esa forma de su participación en la vida y destinos de la Nación.[^58]

En consecuencia, la secretaría de la Cámara de Representantes informó sobre la decisión adoptada por el Ejecutivo, pero debido a ciertas dilaciones, recién un mes más tarde, el cuerpo legislativo dio inicio a la histórica sesión ordinaria sobre el tema en cuestión. Tras extensos debates y alegatos, los asambleístas acordaron unánimes conceder el derecho al sufragio a todas las mujeres paraguayas mayores de 18 años. Esta decisión marcaría “el inicio de una efectiva era de progreso en nuestro sistema jurídico dentro de los cánones de una democracia que permita a cada individuo, sin distinción de sexo, alcanzar dentro de la sociedad la posición que sus condiciones y aptitudes le han reservado”,[^59] concluía uno de los alegatos.

Finalmente, el 5 de julio de 1961, el presidente Alfredo Stroessner promulgó la tan ansiada Ley Nº 704, de los Derechos Políticos a la mujer, siendo el Paraguay el último país sudamericano en lograr esta conquista legal.

Las mujeres inscritas en los padrones pudieron por primera vez ejercer el derecho al sufragio en las elecciones generales del 10 de febrero de 1963. En esa oportunidad fueron habilitados unos 714.000 ciudadanos y ciudadanas. Los escrutinios dieron ganador a Alfredo Stroessner con 438.043 votos por el Partido Colorado y al candidato del Partido Liberal, doctor Ernesto Gavilán, con 40.313 votos.[^60] Porcentaje que se repetiría en los siguientes años de 1968, 1973, 1978, 1983 y 1988, con diferentes opositores eleccionarios, otorgando repetidamente la victoria al dictador y a sus colaboradores, quienes ocuparían en mayoría los escaños en el Congreso. Lastimosamente, se desconocen las cifras exactas por sexo de los votantes en 1963; sin embargo, los diarios de la época comentaban la gran afluencia de mujeres a las urnas que por primera vez ejercían sus derechos políticos. No obstante, cabe advertir que si bien, a partir de aquellas primeras elecciones, las mujeres empezaron a sufragar, en la práctica —durante todo el proceso eleccionario— no fueron nominadas para cargos de importancia y en igualdad de condiciones con respecto al varón. Para el periodo Legislativo de 1963-68 fueron electas dos representantes de los 60 escaños parlamentarios, es decir, el 3,54 % frente al 96,46 ejercido por los hombres. Cifra que crecería muy lánguidamente en las siguientes elecciones. En la actualidad,[^61] solamente 9 senadoras de las 45 bancas y 11 diputadas de las 80, fueron electas como representantes de la ciudadanía. Circunstancia que ha dificultado, en cierta medida, la construcción más equitativa de la ciudadanía en el Paraguay.

5. Conclusión

La concesión de los derechos civiles y políticos a las mujeres paraguayas, demorado en el transcurso del tiempo por resabios primitivos y por la incomprensión de una sociedad trabada en sus prejuicios morales, postergaron por larga data esas facultades que por justicia le correspondían y que finalmente fueron materializados en 1961, gracias a los integrantes de los diversos movimientos sufragistas, quienes a partir del siglo XX, dejaron su impronta con argumentos irrebatibles que se constituyeron en los fundamentos más conspicuos a favor de esta equidad incuestionable.

El reconocimiento formal de la ciudadanía a las mujeres paraguayas fue un hito, pero no marcó el final del camino. El ejercicio del voto llevó más tiempo; —incluso en la actualidad—, para muchas personas, no solo para las mujeres, sigue limitado debido a diversas formas de fraude electoral que tienen como trasfondo la pobreza, la corrupción de algunos sectores políticos y la larga tradición autoritaria que impidió y aún reprime el uso libre del voto como la libre expresión de ciudadanía.[^62]

El acceso a la representación, que inicialmente fue excepcional, se fue constituyendo en reclamo colectivo y en objeto de propuestas legislativas recién a partir de la última década del siglo XX. Las llamadas cuotas de participación de mujeres ocuparon un primer plano entre las demandas de las políticas y de ciertas legisladoras, lográndose inicialmente que en algunos partidos se las fuera incluyendo con un porcentaje mínimo de presencia en las listas de candidaturas, mientras que en otras agrupaciones de menor cuantía de afiliaciones, se amplió la norma a porcentajes mayores e incluso casi paritarios.

En 1992, la Constitución Nacional incluyó varios artículos referentes a la igualdad y a la no discriminación, especificando que el Estado debe promover mecanismos adecuados para que ese paralelismo sea real y efectivo, en cuanto a la participación en los asuntos públicos. En 1996, el Código Electoral paraguayo, en su artículo N° 32 estipuló un 20 por ciento de participación mínimo de mujeres en las listas primigenias de los partidos políticos, a razón de al menos una mujer por cada cinco lugares; es decir, en las listas elaboradas por los sectores internos para postularse a elecciones partidarias.

En la actualidad, existe una diversidad de organizaciones de género que trabajan desde sus diversos ámbitos para instaurar elementos que valoren y posibiliten el acceso de más mujeres a los espacios públicos con el propósito de transformar el escenario cívico y así lograr una mayor presencia femenina, no solo en la política, sino también, en las esferas decisivas de poder afianzando una legítima construcción ciudadana y democrática en el Paraguay.


BIBLIOGRAFÍA

Libros

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Catálogo de pasajeros a Indias. 1942. Vol. II y III. Editorial de la Gavidia. Sevilla.

Cerqueira, Dionicio. 1910. Reminiscencias de la Campaña del Paraguay. Río de Janeiro. Biblioteca del Ejército.

Corvalán, Virginia. 1925. El feminismo. La causa de la mujer en el Paraguay. Asunción, Imprenta Sudamericana.

Chaves, Julio César. 1968. Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata y Paraguay. Asunción. Ediciones Nizza.

Dávalos, Serafina. 1907. Humanismo. Asunción.

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Periódicos y revistas

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El Tiempo, 12-I-1911

El Diario, 23-IV-1922.

La Opinión, 8.III.1928

Entrevistas

Entrevista al Dr. Washington Ashwell. Junio 2011.


NOTAS

[^1]: Métraux, 1996. 160/166

[^2]: Real Provisión del 12 de setiembre de 1537 En: Velázquez, R. 1970. 42/43

[^3]: D.H.G. Tomo II. Actuaciones de Alonso Cabrera en Asunción, en 1539, 273.

[^4]: Con la expedición de Mendoza arribaron unas 23 mujeres, pero solo figuraron los nombres de 7, todas esposas de los oficiales reales. Catálogo de Pasajeros a Indias. Vol. II. 1942.

[^5]: Carta de Isabel de Guevara a la Reina Gobernadora, 2-VII-1556, en Cartas de Indias. 1877.

[^6]: Manera peculiar utilizada por los conquistadores españoles durante el siglo XVI en el Paraguay para apropiarse de mujeres indígenas.

[^7]: C.B.G. Relación de Gregorio Acosta al Rey y al Consejo de Indias. 1545. 11.

[^8]: En principio fueron embarcadas unas cincuenta mujeres, pero las peripecias del viaje hizo que muchas de ellas perecieran durante la travesía.

[^9]: Velázquez. 1970. 29.

[^10]: Chaves. 1968. 233.

[^11]: Archivo Nacional. Vol. 3407. Nueva Encuadernación (N.E.) Fo. 62 y 67. 16-VII-1812

[^12]: El esposo de Josefa Facunda Speratti fue Fulgencio Yegros, opositor al régimen del doctor Francia, fusilado en 1821, por orden del Dictador.

[^13]: Cartas del Archivo familiar de Margarita Yegros Marc.

[^14]: Monte de López Moreira, 2000. 545.

[^15]: Significa peineta dorada.

[^16]: Potthast-Jutkeit. 1996, 139.

[^17]: Contienda que sostuvo el Paraguay contra la alianza formada por la Argentina, Brasil y Uruguay desde diciembre de 1864 hasta marzo de 1870.

[^18]: Después de 1867, el Paraguay quedó totalmente bloqueado por el asedio de las fuerzas aliadas.

[^19]: Rodríguez Alcalá. 2007. 16/17.

[^20]: Cerqueira. 1910. 398/400.

[^21]: Constitución de 1870. Capítulo II, art.26.

[^22]: Ibídem, Capítulo III, art. 38.

[^23]: El Pueblo.15.IX.1871, p.3

[^24]: El Pueblo. 19. III.1870, p.2.

[^25]: De acuerdo a la Constitución de 1870, los congresistas eran electos por bienio y para la segunda legislatura se realizaba un censo general, eligiéndose un diputado por cada seis mil habitantes y un senador por cada doce mil. Los diputados duraban cuatro años y los senadores seis.

[^26]: Martínez-Monte. 1999. 33/89.

[^27]: En 1812 se decretó la Instrucción Primaria gratuita y obligatoria para varones, precepto refrendado por otro del mismo tenor en 1887, modificado y ampliado en 1909, por el de la obligatoriedad para las niñas.

[^28]: Monte de López Moreira. 2009.9.

[^29]: Bareiro-Soto-Monte. 1993. 273/275.

[^30]: Dávalos. 1907. 21.

[^31]: Constitución Nacional de 1870.

[^32]: Bareiro-Soto-Monte. 1993. 69.

[^33]: El Tiempo, 12-I-1911. p. 3

[^34]: Ley Electoral N° 223. 30-XI-1916. Desde 1870 hasta 1917, las votaciones se realizaban a viva voz, generalmente en las parroquias.

[^35]: Silvera. 1992. 204/211.

[^36]: Ashwell. 2010. 173.

[^37]: Corvalán. 1925, 32.

[^38]: El Partido Republicano era más conocido como Partido Colorado.

[^39]: El 23 de octubre de 1931 ocurrió un incidente frente al Palacio presidencial, en donde la guardia disparó contra un grupo de estudiantes y obreros que se manifestaron en protesta por la indefinición del gobierno ante el avance boliviano en territorio chaqueño. A raíz de este hecho se promovió un juicio político al presidente José P. Guggiari.

[^40]: La Opinión, 8.III.1928, p.3

[^41]: Ashwell. 2010. 174.

[^42]: La Opinión. 8.III.1928, p.3

[^43]: El Paraguay y Bolivia lidiaron por la posesión del Chaco entre 1932 y 1935.

[^44]: Gran cantidad de mujeres trabajaron en los talleres del Estado como talabarteras, fundidoras, herreras, etc. En las empresas industriales ocuparon sitiales destinados solo a los hombres.

[^45]: El 17 de febrero de 1936, una revolución derrocó al presidente Eusebio Ayala, perteneciente al Partido Liberal.

[^46]: Entrevista al Dr. Washington Ashwell. Junio 2011.

[^47]: El Diario, 23-IV-1922, p. 1.

[^48]: Constitución de 1940. Promulgada por el Decreto-Ley del 10 de julio, sometida a un plebiscito el 4 de agosto y jurada el 15 de agosto de 1940.

[^49]: Monte-Bareiro-Soto. 2011, 83.

[^50]: La Asociación Nacional Republicana o Partido Colorado accedió nuevamente al poder de la República en 1948.

[^51]: El Feminista. Edición Extraordinaria. 15-VIII-1962, p. 8.

[^52]: Cámara de Representantes. Sesión Ordinaria. 21-VIII-1952. Acta N ° 28.

[^53]: ALBA SACI. Buenos Aires. 30-IX-1952.

[^54]: Cámara de Representantes. Sesión Ordinaria. 21-V-1953. Acta N ° 10.

[^55]: Cámara de Representantes Sesión Ordinaria. 26-VIII-1953. Acta N ° 6.

[^56]: El 4 de mayo de 1954, el presidente en ejercicio, Federico Chaves fue depuesto por un golpe militar liderado por Alfredo Stroessner, quien ascendió al poder el 15 de agosto de ese año e impuso al país un régimen dictatorial.

[^57]: Cámara de Representantes. Sesión Ordinaria. 5 de agosto de 1954. Acta N ° 26.

[^58]: Proyecto de Ley del Poder Ejecutivo N° 435. 31-V-1961.

[^59]: Cámara de Representantes. Sesión Ordinaria. 30-VI-1961. Acta N ° 22.

[^60]: Diario Patria. 17. II.1963, p.3

[^61]: Elecciones Generales en el Paraguay para el período 2018-2023.

[^62]: Soto, 2011.24

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