Por Claudio Velázquez
Cada marzo que transcurre es imposible no rememorar aquellos episodios fugaces e impactantes del Marzo Paraguayo, el terrible magnicidio que despertó desde frustraciones más profundas del pueblo hasta olas de teorías sobre el episodio. Habían pasado tan solo 10 años de la caída de la dictadura; el periodo democrático propiamente dicho era demasiado joven y nos veíamos envueltos en hechos de tan gran envergadura. Muchos se detenían a pensar si nos encontrábamos de vuelta, camino a alguna dictadura.
Lo claro y concreto es que el asesinato del vicepresidente Luis María Argaña, aquella fatídica mañana del 23 de marzo, nos marcó para siempre. Es ese el episodio que recordamos, cuando nos preguntan sobre hechos históricos que nos marcaron. Y fue increíble la ola enorme de reclamos que sobrevinieron a la muerte del vicepresidente. No había redes, no había WhatsApp, solo algunos pocos contaban con la posibilidad de algún celular, con llamadas carísimas que requerían cargas costosas. Aun así, la gente se autoconvocó, y fue increíble la manera en la cual hicieron los reclamos. Era momento de exigir la construcción de una verdadera democracia. Sorprendió el espíritu de aquellos jóvenes; muchos incluso llegaron al punto de engañar en sus casas para poder salir a reclamar. Tal vez la icónica foto de Sergio González se volvió tan famosa porque representaba no solo a Sergio, sino a cientos de jóvenes que estuvieron presentes en esas jornadas de protesta.
Es cierto, nunca queremos repetir lo acontecido ese terrible viernes 26 de marzo, donde en medio de las protestas fallecieron 7 jóvenes. Todos víctimas de proyectiles salidos de miserables seres que apuntaban a la turba. La muerte de estas personas no debe ser olvidada jamás, no debe quedar solo en aquellas calles de Loma Pyta, que hoy las recuerdan silenciosamente. Y más de uno me dirá que aquellas protestas finalmente fueron manipuladas en jugarretas de políticos, que vilmente sacaron provecho a cada una de las situaciones para beneficiarse propiamente; aun así, no me canso de mencionar que aquellos jóvenes estuvieron a la altura de la República.
No podemos atribuirles la responsabilidad de lo acontecido después, sin llevar el mayor recuerdo de la gesta en la cual estuvieron presentes.
