Los lobos aullaron toda la noche. Era imposible conciliar el sueño con esos cánidos malhumorados subiendo al techo, arañando la puerta y dando vueltas alrededor de la casa todo el tiempo. Tomé mi viejo Winchester: eran ellos o yo. Pero eran dos: un macho y una hembra. Debería tener la infalibilidad de los religiosos, algo que solo puede albergar la ficción. Tal vez podría matar a uno, pero no a los dos… ¿A qué hora habría de pasar el camión quitanieves?
Abrí un poco la ventana y me apoyé en la reja para disparar mejor, pero la loba saltó como un demonio. La reja soportó el embate y mi humanidad salió ilesa. Cerré la ventana y me recosté en el sillón de cuero de ciervo, fumé un cigarro y pensé: ¿qué carajos hago en este pueblo de leñadores? Una pérdida de tiempo, sin duda alguna, esto de querer estar en medio de una naturaleza hostil con gente que no tiene y no quiere tener futuro. Pero… ¿Y Amanda? Una chica simple que nunca será compleja, pero que solo será parte del paisaje si se queda acá. Le voy a decir que se venga conmigo esta misma tarde, lejos de aquí. Me quedé dormido.
Me desperté y miré nuevamente: la loba ya no estaba, pero sí el lobo, con su mirada inquisidora y esperando poder dar cuenta de mí cuando finalmente tuviera que salir de esta choza de palos a pique. Tal vez si abro la puerta y disparo rápidamente, salga del atolladero, pero es un riesgo muy grande. Me senté nuevamente, tomé mi teléfono celular y llamé al sanatorio. Me atendió el doctor Fairbanks; le dije que iba a autorizar mediante un mail la eutanasia de mi tío William. Me contestó que apenas la recibiera iba a dar trámite al procedimiento. Preparé el mail y lo envié. Después de todo, aunque mi tío siempre hubiese sido un crápula, merecía al menos una muerte digna.
Me sentí aliviado, me levanté del sillón y miré por la ventana: los lobos, al igual que mis dudas, se habían ido. Me dirigí al garaje, puse en marcha mi Harley Davidson y tomé la calle principal. Llegué a la casa de Amanda y esperé un tiempo. Ella salió; le dije que me iba a una gran ciudad y que viniera conmigo. Me preguntó cuándo volveríamos a este pueblo y yo le respondí que nunca. Miró hacia su casa: sus padres con rostros adustos observaban la escena. Ella se subió al asiento del acompañante y yo puse la moto en marcha. Nunca me sentí más feliz.
