El Buen Pastor. Entre la fe, el castigo y la memoria.
Por más de un siglo, el edificio del Buen Pastor tuvo una presencia silenciosa en el corazón de Asunción. Sus muros altos, sus patios cerrados y su vieja capilla contaban una historia de mujeres: mujeres privadas de libertad, mujeres que rezaban, mujeres que trabajaban en talleres, mujeres que soñaban con salir. En octubre de 2025, cuando se cerraron sus portones por última vez, también se clausuró una parte profunda de la historia social paraguaya.
Los orígenes: una cárcel nacida del rezo
La historia del Buen Pastor en Paraguay comienza mucho antes de la existencia de la cárcel en sí. A mediados del siglo XIX, la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, fundada en Francia por Santa María Eufrasia Pelletier, ya se había expandido por varios países de América Latina. Su objetivo era “rescatar” y “reeducar” a mujeres consideradas “descarriadas”, especialmente aquellas condenadas por delitos menores o por transgredir las normas morales de la época.
En 1915, Sor Josefa Bourdette, Hija de la Caridad de San Vicente de Paul, escribió al obispo Juan Sinforiano Bogarín pidiendo la creación de una casa del Buen Pastor en Asunción. En su carta explicaba el deseo de ofrecer asistencia espiritual y moral a las mujeres encarceladas. “Se desea muchísimo tener una casa de esa comunidad —decía—. Se trata de la cárcel de mujeres que se desea muchísimo confiarles.”
La propuesta fue bien recibida. Desde Buenos Aires, la Superiora Provincial de la Congregación, María Mónica de la Cruz Peñalba, gestionó la aprobación de la Casa Madre en Angers, Francia. En 1917, el Congreso paraguayo aprobó oficialmente la creación de la Cárcel Correccional de Mujeres.
Al año siguiente, las primeras hermanas —María del Tránsito Jorquera y María de Santa Catalina Romero— desembarcaron en Asunción y comenzaron la ardua tarea de limpiar y habilitar la quinta destinada al establecimiento, ubicada en la Recoleta, cerca del cementerio.
El Buen Pastor se inauguró oficialmente en 1918, y desde entonces su historia quedó ligada a la de la ciudad y al destino de sus mujeres.
Fe, disciplina y encierro
El modelo impuesto por las hermanas combinaba trabajo, oración y silencio. Las internas debían aprender labores domésticas —costura, cocina, lavandería— y asistir a misas diarias. El objetivo declarado era la reinserción moral; el resultado, muchas veces, era el aislamiento social.
El sistema penal paraguayo del siglo XX delegó en la Iglesia una función que el Estado no podía o no quería asumir: la administración del castigo femenino. Mientras los hombres eran recluidos en cárceles estatales, las mujeres pasaban por instituciones religiosas, donde la frontera entre la fe y la represión era difusa.
Durante décadas, el Buen Pastor mantuvo su carácter de “correccional”, pero con el tiempo se transformó en una prisión estatal. A mediados del siglo XX, su población aumentó drásticamente y el edificio comenzó a deteriorarse. En dictadura, algunas presas políticas también pasaron por allí. Lo que había nacido como refugio espiritual terminó convertido en símbolo del encierro femenino.
El cierre de 2025: fin de un ciclo
El 7 de octubre de 2025, el Ministerio de Justicia anunció el cierre definitivo del penal. Las internas fueron trasladadas al nuevo complejo penitenciario de Emboscada, diseñado para albergar a mujeres en condiciones más dignas.
El antiguo edificio del Buen Pastor, con sus 106 años de historia, quedó vacío.
Las imágenes del cierre recorrieron el país: celdas despintadas, pasillos húmedos, altares cubiertos de polvo. Muchos lo interpretaron como un avance institucional, otros como una pérdida patrimonial. Detrás de la decisión administrativa, se esconde una historia de fe, sacrificio y control, de una época en la que el poder eclesiástico y el poder estatal se unían en nombre de la redención.
De prisión a memoria
El futuro del edificio aún no está definido. Hay voces que proponen convertirlo en un espacio de memoria para recuperar las historias de las mujeres que allí vivieron y trabajaron. No solo las reclusas, sino también las religiosas que dedicaron sus vidas a lo que entendían como una obra de misericordia.
El Buen Pastor, en su larga trayectoria, fue espejo de la sociedad paraguaya: reflejó su moral, su desigualdad y su fe. Hoy, al cerrar sus puertas, deja una herencia compleja, hecha de silencios, oraciones y cicatrices.
Quizás la mejor manera de honrar esa historia no sea olvidarla, sino recordarla en toda su dimensión humana: como un lugar donde el rezo se mezcló con el encierro, y donde, detrás de cada muro, sobrevivieron miles de vidas que esperan ser contadas.
