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Home CUENTODel sótano de una iglesia al pasaporte americano: la historia del reverendo que no era de este mundo.

Del sótano de una iglesia al pasaporte americano: la historia del reverendo que no era de este mundo.

December 31, 2025• byadministrador

Por Ronnie Camacho Barrón.

EL ILEGAL

Llevo horas encerrado en esta sala de interrogatorios; la potente luz blanca de la bombilla sobre mi cabeza me causa migraña, y mis manos esposadas a una fría mesa de metal hace tiempo que se han entumecido.

Por si fuera poco, me gruñen las tripas, me siento sucio y no he vuelto a ver a mis hijos desde que esos hombres me separaron de ellos. Dios quiera que se encuentren bien.

Sé que debí sacarlos cuando pude, pero ¿qué más podía hacer? En aquel momento estábamos entre la espada y la pared. Creí que hacía lo correcto al confiar en él; después de todo, era nuestro amigo, nuestro líder, nuestro pastor.

Mientras me hundo aún más en mi frustración, la puerta de la sala se abre y un hombre vestido completamente de negro entra.

Lleva un café en la mano, silba alegremente y su rostro se encuentra cubierto por un sombrero fedora y unas oscuras gafas de sol.

—Buenas noches, señor… ¿Marines?

—Es Martínez.

—Discúlpeme —sonríe con una falsa amabilidad mientras se sienta frente a mí—. Señor Martínez, ¿podría decirme qué fue lo que pasó?

—No, no voy a responder ninguna de sus preguntas hasta que sepa dónde están mis hijos.

—Sus niños se encuentran bien, los hemos alimentado y nuestro personal médico se asegurará de que no tengan ningún tipo de daño. Usted, tranquilo. Ahora responda a mi pregunta, por favor.

—Aunque se lo cuente, no me lo creería.

—Pruébeme —me desafía antes de dar un trago a su café.

—Como usted quiera —carraspeo la garganta antes de empezar—. Todo comenzó la noche del viernes pasado. Como siempre, después de que saliera del trabajo, junto a mis niños fui al servicio nocturno que ofrece la iglesia que se encuentra entre Boulevard Luther King y la calle quinta, ¿la conoce?

—Claro que la conozco. Después de todo el escándalo que se armó, toda Norteamérica sabe de ella —dice de forma burlona—. Por favor, prosiga.

—El encargado de dar la misa era el reverendo Swanson. El hombre era nuevo en la ciudad, pero rápidamente se ganó toda nuestra confianza; después de todo, su iglesia era una de las pocas que aceptaba con los brazos abiertos a gente en nuestra situación.

—¿Su situación? ¿Habla de su condición como ilegal?

—Así es —la cara se me cae de la vergüenza cada vez que escucho esa palabra.

—¿Hay algún problema? —supongo que por mi silencio nota mi inconformidad.

—Ninguno, señor. Como le decía, el reverendo Swanson era el responsable del servicio. Se encontraba dando los últimos anuncios parroquiales cuando de pronto el potente resonar de unas sirenas ahogó su voz. No fue difícil saber de qué se trataba; por la expresión en su rostro lo supimos al instante: era una redada. Los agentes de inmigración habían llegado por nosotros.

—Eso debió tomarlos por sorpresa.

—Sí y no. Semanas antes de la redada, muchos de mis compañeros del trabajo y otros miembros de la congregación que también eran ilegales habían desaparecido sin dejar rastro. Era más que obvio que migración se encontraba detrás de todo aquello y por eso el pastor ya había coordinado una estrategia con nosotros.

—¿O sea que lo de bloquear la entrada con las bancas fue idea suya?

—Dijo que eso sería lo más sensato; después de todo, si ellos querían separarnos de nuestros niños y sacarnos de este país, primero tendrían que llegar hasta nosotros.

—¿Cómo fueron los primeros días después de que se atrincheraran en la iglesia?

—Como es obvio, durante el primer y segundo día los agentes trataron de entrar en más de una ocasión, pero, como pudimos, evitamos que tumbaran las barricadas. Nos apoyamos entre todos e incluso ciudadanos como usted, aun estando en contra de la ley y sin haber formado parte del plan del pastor, nos ayudaron a resistir cada una de las incursiones.

Algunos hasta subieron videos denunciando la situación y expresando la indignación que sentían al ver cómo su gobierno trataba a personas como nosotros igual que a criminales.

—Esos videos fueron los que hicieron que toda la nación pusiera los ojos sobre ustedes. ¿Qué pasó después?

—Todo se fue al carajo. La gente tenía hambre; nos cortaron la luz, el agua y hasta tiraron la señal telefónica para impedir que siguiéramos comunicándonos con el resto del mundo. Pronto las disputas comenzaron y el compañerismo murió. Fue entonces cuando muchos quisieron abandonar la iglesia, pero no podíamos permitirles que abrieran las puertas o, de lo contrario, los agentes entrarían por todos nosotros.

—¿Qué fue lo que hicieron con ellos?

—El reverendo ordenó que los encerráramos en el sótano del templo. Nos dijo que no estarían ahí mucho tiempo, que él hablaría con ellos y los haría recapacitar.

—Supongo que cuando vio los cuerpos se dio cuenta de que no fue así. ¿Cuándo los encontró?

—Los encontré durante la última y quinta noche. Para entonces, hasta nosotros habíamos perdido la fe en que los agentes de inmigración se fueran. Además, nuestros niños ya estaban muy cansados y hambrientos como para continuar. Así que, después de una votación, fui el designado para ir a decirle al pastor que abriríamos las puertas.

—Entonces fue al sótano —intuye.

—Sí. Después de no haberlo encontrado ni en su despacho ni en el salón, decidí ir ahí. Supuse que todavía estaría hablando con aquellos que querían irse, así que no toqué la puerta, simplemente entré. Y con cada paso que daba al bajar por las escaleras, una tenue luz verdosa se hacía más intensa.

—¿Una luz verdosa?

—Sí. Con cada escalón que bajaba, esta se hacía más intensa y, cuando llegué al último, me encontré con la fuente de la que emanaba.

—¿De dónde provenía?

—La luz salía de unos enormes cristales verdes, similares a esmeraldas, que se encontraban incrustados en el piso y techo de una cueva excavada donde alguna vez estuvo el sótano.

Fue una sorpresa encontrarme con aquello, pero el asombro desapareció tan pronto como vi la decena de cuerpos mutilados esparcidos por cada rincón del sitio.

—¿Eran ellos?

—Sí, eran todas las personas que habíamos encerrado. Todas estaban muertas, pero sus rostros aún mostraban un terror indescriptible. Además, a cada uno le faltaba algo: un ojo, un brazo e incluso el corazón. Pero a pesar de que sus órganos y extremidades fueran extirpados de sus cuerpos, estos no se encontraban muy lejos de ellos. Alguien los había metido dentro de jarras de vidrio llenas hasta el tope de un viscoso líquido transparente que parecía estarlas conservando frescas.

—Ya veo —el hombre de negro se muestra tranquilo a pesar de todo lo que le he contado—. ¿Dónde estaba el pastor?

—Horrorizado, comencé a retroceder hasta que mi espalda chocó con algo muy duro. Cuando me di la vuelta para ver de qué se trataba, por fin lo encontré.

Antes de que siquiera pudiera decir algo, el reverendo me tomó por el cuello con una sola mano, me levantó del suelo y luego, con una voz cavernosa, me dijo:

«No debiste ver aquello, pero que de todos modos ya no faltaba mucho para que llegara la hora de cosecharte». Entonces comenzó a azotar mi cabeza contra una de las paredes de la caverna.

—¿Cómo fue que escapó?

—Estaba por asesinarme cuando, de la nada, una explosión sacudió el piso de arriba. Eso lo distrajo lo suficiente como para que pudiera alcanzar una de las urnas de cristal que terminé estrellando sobre su cabeza.

El golpe hizo que me soltara y, mientras me reponía, vi cómo las esquirlas de vidrio desgarraron la mitad izquierda de su rostro, dejando expuesta una segunda piel de color negra y escamosa que se escondía debajo.

—¿Qué hizo al percatarse de aquello?

—Lo que toda persona en sus cabales haría: apenas pude incorporarme, salí corriendo en busca de mis hijos. Ya no me importaba si migración me separaba de ellos; lo único que tenía en mente era sacarlos de ahí.

Cuando llegué hasta la sala donde se auspiciaba cada servicio, me encontré con la sorpresa de que nuestra barricada había sido derrumbada por explosivos y que varios agentes ya se encontraban sacando a mis niños y a todos los demás.

Al percatarse de mi presencia, un par de ellos corrió hacia mí y, al ver sus armas, por instinto me tiré al suelo y levanté las manos. Pero en lugar de esposarme, sacaron un cuchillo e hicieron un corte en mi mejilla, luego estiraron la piel de la herida y comenzaron a ver en su interior con una linterna.

En ese momento lo comprendí: si buscaban a alguien, no era a nosotros.

—¿Qué pasó después?

—Les dije dónde estaba esa cosa y de inmediato fueron directo al sótano, donde, tras un siseo amenazante, lo último que escuché fue el sonido de sus armas al disparar.

—Ya veo. Muy bien, ¿es todo lo que recuerda?

—Es todo lo que he querido olvidar.

—Perfecto —sonríe complacido.

—¿Podría decirme qué era él? Sé que ya no tiene sentido, pero debo saberlo.

—Escuche, solo le diré que, a diferencia de usted, el «Reverendo Swanson» no era de ningún lugar de este mundo… Bueno, es hora de que me encargue de usted —se levanta de su silla y mete la mano en su saco.

—¡Por favor, no me mate! Solo regréseme a México junto con mis hijos y le juro que jamás le diré nada a nadie.

Al escuchar mis súplicas, el hombre solo arquea una ceja confundido.

—Señor Martínez, tranquilo. No le mentiré; a veces hacemos uso de la violencia y la intimidación, pero en su caso haremos algo distinto —sonriente, saca la mano de su traje y pone sobre la mesa un pequeño cuadernillo de cuero negro con el escudo de los Estados Unidos grabado en la tapa.

—¿Qu… qué es eso? —el azúcar se me ha ido hasta los suelos al pensar que iba a sacar un arma.

—Su pasaporte. Bienvenido a Norteamérica, señor Martínez.

—¿Por qué me entrega esto?

—Después de todo por lo que pasó, se lo ganó. Además, preferimos tenerlo cerca y vigilarlo que lejos y hablando de más, ¿comprende?

—Lo… lo comprendo.

—Es bueno que nos entendamos —me da unas palmaditas en el hombro para luego, con una llave, abrir las esposas que retienen mis manos—. En breve lo sacaremos a usted y a sus hijos de aquí. Le deseo buena suerte y que sea muy feliz.

—Gracias.

—Solo no lo olvide: lo estaremos vigilando —tras esa última advertencia y una intimidante sonrisa, el hombre se retira y yo me quedo solo en la habitación esperando a que vengan por mí.

RONNIE CAMACHO BARRÓN
Matamoros, Tamaulipas, México

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