Por Delfina Acosta.
Todas las noches entierro a la misma muerte.
Cierro sus ojos,
coloco un rosario entre sus dedos
y beso su cruz de madera.
Pero al día siguiente, se levanta,
sube y baja de las veredas,
se pierde en cualquier esquina;
con el puño cerrado me saluda
sabiendo que yo también cierro mi puño.
«Una mañana te levantarás para siempre,
patria mía», le digo.
Y nos vamos juntas,
vagando por las lejanas calles,
envueltas con la misma polvareda.
Visited 3 times, 3 visit(s) today
