• Facebook
  • Instagram
  • TikTok
Skip to content
Visit Sponsor
Parnasus
  • Inicio
    • Sobre Parnasus
    • Servicios Editoriales
  • Sobre Parnasus
  • Calendario Paraguayo
  • Editores y colaboradores
  • Servicios Editoriales
  • Nuestros autores
  • Edición Actual
  • Archivo Jerry Wilson Cooney
Home ENSAYO, Uncategorized1973: Lo que un joven estadounidense aprendió del pitogüé cuando nadie más estaba escuchando.

1973: Lo que un joven estadounidense aprendió del pitogüé cuando nadie más estaba escuchando.

January 31, 2026• byadministrador

Por Thomas Whigham

El canto del pitogue.

Era 1973. Un joven norteamericano de dieciocho años—yo mismo—había pasado el mes anterior en la campiña paraguaya administrando vacunas contra la difteria, el tétanos y la tos ferina (DPT) y el sarampión para el Ministerio de Salud. El trabajo era intensamente social, pues implicaba compartir labores con decenas de enfermeros y trabajadores de la salud y con miles de niños beneficiarios de la campaña de vacunación. También podría decirse que era una experiencia compartida para el joven, ya que siempre sentía el dolor indirecto de las inyecciones que tantos chiquilines paraguayos tenían que soportar por el bien de su salud.

Como es lógico, uno puede sentirse abrumado por la interacción social al participar en una campaña tal. Llegó un momento en que este joven norteamericano deseó tener un poco de tiempo a solas. Se disculpó con sus anfitriones, quienes comprendieron su sensibilidad, y salió a caminar durante varias horas para despejarse. Partió de la pequeña compañía de Caagüycupé, cerca de Ybycuí, y se dirigió hacia el este, donde a lo lejos vislumbró una hilera de verdes colinas salpicadas de árboles. Se dijo que regresaría después de explorar los collados y conocer el terreno más al este.

El joven creía que estaría completamente solo. Y esto le venía como anillo al dedo. Entonces, tras apenas unas decenas de pasos, se dio cuenta de que la naturaleza le brindaría compañía durante su breve excursión a un Paraguay muy diferente. Y así fue. Los árboles lo saludaban a su paso. Sonreían y se inclinaban en su dirección, cediendo a las cálidas brisas de la tarde y a su gesto de amistad. Y cada uno de sus pasos parecía dejar huella al hundirse en la tierra blanda.

El joven nunca imaginaba que estaba a punto de aprender una lección que lo acompañaría hasta la vejez, pues la naturaleza tiene una forma de guiar nuestros pensamientos, por mucho que nos resistamos a aprender de ella. Al acercarse a un pequeño promontorio, un pitogue gritó vívidamente. Y a cien metros, como un eco, llegó el sonido de un segundo pájaro desde una percha oculta.

A su parecer, el lastimero intercambio de cantos sugería algo a la vez romántico y melancólico, como una especie de interpretación aviar de las Lamentaciones del Pobre Werther. O al menos así le pareció al joven. En aquella extraña soledad, su carácter humano había decidido conectar con el resto de la naturaleza. El pitogue, conocido en Argentina y Uruguay como benteveo, tiene una amplia distribución, habitando toda la cuenca del Plata, desde Paraguay hasta Montevideo y Buenos Aires, donde es muy común. El naturalista clásico W.H. Hudson nos cuenta que vive en parejas, y que cada pareja permanece unida de por vida. Con su cabeza y pico grandes, y sus colores contrastantes, marrón y amarillo sucio, el pitogue muestra una mirada penetrante mientras gira la cabeza de un lado a otro para observar a cualquier visitante, a cualquier intruso. Es un ave ruidosa y locuaz, con un amplio repertorio de sonidos, desde chillidos metálicos y estridentes hasta un canto largo, claro y casi melodioso. Es imposible ignorarlo.

El pitogue tiene una bonita costumbre que resalta su agradable carácter y que el joven ahora percibía con toda su majestuosidad. Aunque el macho y la hembra están muy unidos, no salen a cazar juntos, sino que se encuentran a intervalos durante el día. Uno de los dos regresa al árbol donde acostumbran encontrarse y, al cabo de un rato, impaciente o ansioso por la demora de su pareja, emite un largo y claro canto. Aunque se encuentre a unos cuatrocientos metros de distancia, su compañera oye el canto y enseguida responde con uno de igual insistencia. Luego, quizá durante media hora, a intervalos de medio minuto, los pájaros se responden mutuamente, aunque el potente canto de uno de ellos interfiera con la caza de ranas e insectos, del mismo modo que el mundo, a través de aquellos dos pájaros, le devolvía la conexión con él.

Finalmente, la pareja regresa, y las dos aves, ahora posadas muy cerca la una de la otra, con sus pechos amarillos casi rozándose, las crestas erguidas y batiendo las ramas con las alas, emiten sus graznidos más fuertes al unísono: un sonido jubiloso que resuena por todo el campo.

Su alegría por reencontrarse es palpable y se asemeja casi exactamente al cálido abrazo de una pareja humana enamorada.

Excepto durante la época de cría, el pitogue es un ave pacífica que nunca ataca sin motivo a individuos de su misma especie ni de otras; sin embargo, en la caza de sus presas es astuta, audaz y feroz. Se alimenta principalmente de insectos grandes cuando estos abundan en la estación cálida, y con frecuencia se le ve atrapándolos en pleno vuelo.

El pitogue tiene el dorso marrón y las partes inferiores de color amarillo azufre, una cresta en la cabeza y la cara notablemente barrada de blanco y negro. La cara del pájaro y su largo pico le dan una mirada peculiarmente conocedora o astuta, y el efecto se ve realzado por su largo canto trisilábico. El escritor gaucho Ricardo Güiraldes hizo esta observación: “Es omnívoro como el hombre, pero mucho más bonito. Ha descubierto que el sol cabe en su garganta e incansablemente grita. Tiene, en disponibilidad, un copete de oro, que solo reviste cuando el amor lo asciende de rango”. [“Benteveo” (1925), en Obras completas (Buenos Aires: Emecé, 1962), p. 555]

Por supuesto, el joven no sabía nada de toda esa palabrería. Había oído un rumor tonto de los campesinos: que cada vez que el pitogue cantaba, era señal de que otra muchacha en el campo lejano pronto daría a luz. Sin embargo, a pesar de su ignorancia sobre lo que novelistas, ornitólogos y folcloristas pudieran decir sobre el ave, comprendió que aquel pájaro alado tenía algo poderoso, algo casi mágico. Al menos para él.

Había supuesto que su paseo lo llevaría a la quietud, donde encontraría un respiro momentáneo. Pero los dos pitogue no tenían intención de permitirle definir la tranquilidad de esa manera. Exigían su atención. Y ahí radicaba la lección para el joven: la naturaleza no es un vacío absoluto, sino que rebosa de vida, efervescente.

Esta repentina comprensión le dio sentido al día del joven. Ya no necesitaba huir del contacto humano. Podía sentir la fuerza de la vida fluyendo en su interior. En ese momento, el joven se dio la vuelta y regresó caminando entre los árboles en dirección a Ybycuí. Nunca les mencionó a sus amigos a los pitogüé, pero tampoco los olvidó jamás.

Visited 5 times, 1 visit(s) today
Previous: La última carta que nunca llegó: así era repartir amor y esperanza en tiempos de guerra.
Next: Poesía trilingüe: cuando el amor suena igual en inglés, español y guaraní. Por Penny Noah. Traducido al español por Thomas Whigham y al guaraní por Lilian Aliente.

Leave a Reply Cancel reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Recent Posts

  • Veinte minutos, una hoja en blanco y Roa Bastos de jurado: así fue el concurso donde todo podía cambiar. Por Lilian Aliente.
  • El 13 de enero de 1947: lo que realmente pasó en la fecha más malinterpretada de la historia paraguaya. Por Claudio Velázquez.
  • Un domingo en Paraguay: lo que un cineasta de Los Ángeles descubrió sobre la felicidad. Por Bill Cody.
  • Los lobos están afuera: la ficción donde lo peligroso no es lo que acecha desde afuera. Por Martín Venialgo.
  • La cárcel del Buen Pastor cerró después de 106 años: la historia entre la fe, el castigo y la memoria. Por Juan Marcos González G.

Recent Comments

  1. CECILIA RODRIGUEZ BAROFFI on En plena pandemia, este poeta paraguayo escribió la reflexión más hermosa sobre la naturaleza: así nació “Yvága ku’i rekove”
  2. Ferrob Marest on De Francia a Francisco: la dramática historia de supervivencia de la Iglesia Católica en el Paraguay independiente.
  • Facebook
  • Instagram
  • TikTok

Archives

  • January 2026
  • December 2025
  • November 2025
  • October 2025
  • September 2025
  • August 2025
  • July 2025
  • June 2025

Categories

  • ARTÍCULO
  • CARTA EDITORIAL
  • CUENTO
  • ENSAYO
  • ENTREVISTA
  • FÁBULA
  • GACETILLA
  • GUARANI
  • HISTORIA
  • OCTUBRE 2025
  • POESÍA
  • Septiembre 2025
  • Uncategorized

Categories

  • ARTÍCULO 85
  • CARTA EDITORIAL 1
  • CUENTO 18
  • ENSAYO 12
  • ENTREVISTA 56
  • FÁBULA 1
  • GACETILLA 1
  • GUARANI 1
  • HISTORIA 14
  • OCTUBRE 2025 8
  • POESÍA 36
  • Septiembre 2025 7
  • Uncategorized 1

Recent Comments

  • CECILIA RODRIGUEZ BAROFFI on En plena pandemia, este poeta paraguayo escribió la reflexión más hermosa sobre la naturaleza: así nació “Yvága ku’i rekove”
  • Ferrob Marest on De Francia a Francisco: la dramática historia de supervivencia de la Iglesia Católica en el Paraguay independiente.
Copyright © 2014 - 2022 BlockMagazine Theme
  • Inicio
  • Sobre Parnasus
  • Calendario Paraguayo
  • Editores y colaboradores
  • Servicios Editoriales
  • Nuestros autores
  • Edición Actual
  • Archivo Jerry Wilson Cooney
Close Search Window
↑