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Home CUENTOLa última carta que nunca llegó: así era repartir amor y esperanza en tiempos de guerra.

La última carta que nunca llegó: así era repartir amor y esperanza en tiempos de guerra.

December 31, 2025• byadministrador

Por Lita Pérez Cáceres

CARTERO DE GUERRA

La tarea que Augusto se impuso a sí mismo, desde que fue rechazado para ir al frente, la consideraba valiosísima. Era ya un flamante cartero, el puente entre dos personas soñadoras: una que escribía y otra que leía. Tenía apenas 16 años y él también soñaba. Su rutina diaria estaba interrumpida y envuelta en sueños; recorría las calles desde su casa hasta el correo para enfrentarse con la cara adusta de Recalde, su jefe, que no soñaba con nada. Recalde controlaba la llegada del personal y la hora en que firmaban la planilla. Ante Recalde, sentado como un Buda inclemente, los jóvenes temblaban y sus firmas salían temblorosas con letras que imitaban las huellas del arrastrarse de una lagartija sobre la arena.

Luego de esa prueba de resistencia, tanto Augusto como Recalde se miraban fijamente. El muchacho hacía una media firma, ilegible por cierto, y se despedía amablemente del jefe para ir a su sección, en el sótano de la antigua mansión convertida en correo del Estado paraguayo. Allí sacaba de su casillero, con las iniciales ARB, la chaqueta del uniforme. Se la ponía con movimientos parsimoniosos porque temía que en cualquier momento pudiera deshacerse en el aire, convertirse en un encaje y volar como una pandorga; su imaginación no tenía límites.

Después colocaba las cartas sobre una mesa larga para ordenarlas por tamaño, de paso se fijaba en las direcciones. Comprobaba cuál era la chica linda que recibiría noticias de su ahijado de guerra y cuál de las madres lo convidaría con mandioca recién hervida para festejar la llegada de unas letras del hijo que había acudido al llamado de la patria.

Cada cartero tenía una zona designada para recorrer y Augusto iba cada mañana caminando por las frescas calles de tierra de barrios nuevos, bordeadas por casitas sin revoque, con latas de leche que oficiaban de macetas colgantes y ostentaban malvones y geranios rojo pasión. Eran casitas de suburbios cuyas paredes sin revocar se modificaban a cada golpe de suerte de sus dueños, casitas cargadas de habitantes ilusos y esperanzados en mañanas venturosas.

Al llegar a una casa, Augusto golpeaba las manos. Si lo recibía una mujer mayor, con canas en la cabellera, él adivinaba que la mujer se pondría muy feliz con la misiva y esperaba no solo la mandioca, sino también un abrazo cariñoso y emocionado. Las buenas noticias tenían premio.

En cambio, si la destinataria era una mujer joven y agraciada, Augusto la fichaba como madrina de guerra. Si la joven era bella, el cartero trataba de entablar una conversación con ella, le decía piropos y la comparaba con las flores más bellas de su jardín. Augusto era joven, apenas tenía 16 años, tenía ansias de amar y estaba dispuesto, como todo paraguayo, a dar amor a todas, sin discriminación alguna. Fue así que, escuchando sus palabras, jugando y sin jugar también, Lucrecia se enamoró de él.

Augusto trataba de terminar su recorrido antes de llegar hasta el jardín de Lucrecia, allí donde hablaban de amor los dos jóvenes, sobre un viejo banco de madera corroído por las lluvias y los soles.

Él le prometía hacerla la diosa de su vida, la única; le prometía dedicarse a su culto todas las horas y los días y los meses… Nunca dijo los años…

Una ardiente mañana, la rutina de Augusto se vio interrumpida en el momento en que vestía su gastada chaqueta de cartero. Recalde, con un dejo de satisfacción indisimulable, le entregó un sobre dirigido a él cuyo remitente decía EJÉRCITO DEL PARAGUAY. Augusto lo tomó y lo guardó con mucho cuidado en su bolsón.

—No va a leer su correspondencia… —preguntó Recalde.

—No me hace falta, ya sé lo que dice —respondió Augusto.

Salió caminando lentamente, sus pasos orientados hacia la casa de su diosa, a quien rogaría que lo hiciera volver vivo del frente.

Lambaré, 19 de abril de 2025

LITA PÉREZ CÁCERES

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